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¿Ya es seguro volver a casa?

Sólo ahora, una década después del genocidio de Ruanda, algunos refugiados se enteran de que pueden volver

Por Kitty McKinsey

La fecha está grabada firmemente en la mente de Antoine Butera: 4 de enero de 2004. Ése es el día. Más de siete años después de que huyera del caos sistemático y de las matanzas del genocidio ruandés, cuando a este carpintero de 56 años le llegó finalmente la noticia de que era seguro volver a casa y buscar a su familia, tanto tiempo perdida.

Butera había pasado todos esos años de exilio escondido en las profundas junglas de la cuenca del río Congo, malviviendo solitariamente con trabajos esporádicos, aislado literalmente de cualquier suceso a no ser que se produjese en el claro de la aldea más próxima, temiendo que el baño de sangre en su país no hubiera cesado.

Una emisión casual desde una estación de Naciones Unidas, Radio Okapi, recogida por un vecino a principios de este año, alertó a Butera que las cosas habían cambiado radicalmente en Ruanda.

“Fue la primera vez que oí hablar de paz”, explicaba recientemente este hombre de pelo gris y barba salpicada de canas mientras esperaba pacientemente subir a un camión para volver de su largo exilio. “Estaba muy contento. Rogué a Dios que me enseñara el camino de vuelta a casa” para buscar a la esposa y a los nueve hijos que permanecieron en Ruanda cuando partió en 1996 y de quienes “no sé si están vivos o muertos”.

Más de 2,3 millones de personas huyeron del pequeño país en los momentos críticos de la matanza generalizada de 1994, seguidas por decenas de miles más en años posteriores mientras continuaba la inestabilidad política y militar. La gran mayoría había regresado a su país para finales de 1996, pero entre 60.000 y 80.000 permanecen actualmente esparcidos en varios estados vecinos. La mayoría vive en campos de refugiados oficiales o su existencia es conocida por las autoridades locales y se espera que hayan sido repatriadas a finales de 2005.

Sobrevivientes de la selva

Pero quizás las historias más conmovedoras son aquellas sobre los “sobrevivientes de la selva” que, como Butera, desaparecieron en el interior de la enorme Ruanda, o en la República Democrática del Congo, y de los que no se volvió a saber nada hasta que, como los soldados japoneses que salieron tambaleándose de las junglas filipinas décadas después del final de la Segunda Guerra Mundial, emergieron repentina e inesperadamente de la triple cubierta de follaje.

Los supervivientes cuentan historias parecidas sobre huidas angustiosas hacia la selva en los años 90 cuando escaparon de sus ciudades y pueblos, sobre existencias al filo de la navaja, aparentemente perdidos para el mundo durante muchos años y cuando finalmente recibieron la noticia de que había paz en Ruanda, incluso cierta renuencia, a veces de años, de volver a un país donde podrían ser acusados de complicidad por asesinato en masa.

Muchos de los que ahora están siendo repatriados huyeron al principio a campamentos fronterizos del Congo, pero luego, en 1996, se adentraron a pie, sufriendo todo tipo de penurias, en la cuenca del Congo, perseguidos por las fuerzas armadas ruandeses y de diverso origen resueltas a vengarse de los interahamwe y sus seguidores. Miles de personas fueron asesinadas o murieron de agotamiento y enfermedad en una sangrienta cacería a lo largo de la franja central de África.
Después de años en el exilio, retornan desde el Congo y Uganda.
ACNUR/B.HEGER/DP/RWA•2004

 


Algunos hicieron miles de kilómetros a pie y tras meses de viaje cruzaron el continente entero de este a oeste hasta alcanzar el Océano Atlántico. La mayoría se estableció en el interior, donde las mujeres daban a luz sin ayuda en medio de la selva o se casaban con congoleños que podían proporcionarles refugio y evitar que fueran violadas. Muchos refugiados trabajaron ocasionalmente como jornaleros para los aldeanos del lugar. Otros se quedaron en la selva en cabañas caseras hechas de ramas y hojas, sobreviviendo a base de bayas y otros frutos silvestres. Hasta que llegó hasta sus oídos la noticia que las cosas habían cambiado en Ruanda.


El final


Para acabar con los cabos sueltos de una de las crisis humanitarias más traumáticas y confusas de la historia, el ACNUR lanzó recientemente una campaña de información masiva para exhortar a los ruandeses que quedan a salir de la selva, del anonimato. Radio Okapi de la ONU transmite mensajes parecidos, que obviamente han influido en ruandeses como Butera, pero es poco probable que convenzan al núcleo duro de los interahamwe y sus seguidores, entre 17.000 y 30.000 personas, que siguen en libertad.

El ACNUR ha creado una serie de centros al borde de esta inaccesible franja interior para dar la bienvenida a los varios cientos de refugiados que llegan cada semana de la jungla. Son sobre todo mujeres y niños, la mayoría de estos últimos nacidos en el exilio y quienes no han visto nunca su “hogar”. Se les inscribe en el registro, se les ofrece ayuda básica y se les traslada a un tren logístico, perfectamente operativo en estas alturas, que los lleva hasta los centros de tránsito en Ruanda y de allí a sus antiguas comunidades.

Se separa a los antiguos soldados ruandeses y a las milicias de los interahamwe y se les envía durante varias semanas a un campo de reeducación, donde son adoctrinados en las normas de la “nueva” Ruanda, poniendo especial énfasis en que la separación de las etnias tutsi y hutu y su mutua hostilidad son cosas del pasado.

Según Brigitte Bampile, una enfermera de la ciudad congoleña de Bukavu que examina a los retornados, la dura vida que han llevado ha dejado su marca en muchas mujeres y niños, que padecen de malaria, infecciones respiratorias, problemas cutáneos, enfermedades de transmisión sexual y SIDA.

Y les esperan otras penurias en cuanto lleguen a su tierra natal. Ruanda es el estado con mayor densidad de población de África y uno de los países más pobres del mundo. El noventa por ciento de sus habitantes vive de la tierra, pero no hay bastante para todos. Decenas de miles de personas siguen necesitando casa. Muchos de los niños nacidos en el exilio hablan swahili en vez de la lengua local, kinyarwanda.

Un pequeño milagro

Y además la sombra del genocidio pende sobre todo el mundo. “Me dijeron que si volvía a Ruanda me encarcelarían, así que me quedé allí”, cuenta Sebastien Mazimpaka, un hutu de 32 años, hasta que por fin volvió a Buremera, en el suroeste de Ruanda, una aldea de tutsis y hutus.

“No hay problemas con la gente”, según Lorence Mwitende, una vecina tutsi. “Pero hay otras dificultades, el solo hecho de encontrar comida resulta complicado”. Puede que esta mujer gane el equivalente a 34 o 50 centavos de dólar por día como jornalera, y con eso debe alimentar a cuatro niños, a veces con nada más que hojas de las plantas de mandioca de un vecino. Otro niño murió hace poco porque su madre no podía permitirse un médico.

Volviendo a la frontera entre Ruanda y Congo, Antoine Butera acaba de cruzarla. En 1994 este destartalado puesto y el puente militar a lo largo del río Ruzizi se vieron colapsados por decenas de miles de frenéticos refugiados que intentaban escapar de la matanza.

En marcado contraste con aquellos tiempos, en este día concreto, el pequeño grupo de retornados es procesado en menos de una hora sin problemas ni retrasos. Una anciana tía de Butera ha dado la bienvenida al convoy del ACNUR con noticias increíbles. “No tengo ni idea de cuántos convoyes ha tenido que esperar, pero hoy estaba aquí buscándome”, comenta Butera. “Y mi familia ha sobrevivido y vive ahora en Kigali. ¡Mis nueve hijos y su madre están vivos, diez personas en total!”.

Con los horrores que vivió Ruanda, el hecho de que una familia entera haya sobrevivido puede considerarse con toda seguridad como un modesto milagro.

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