El Terror de Septiembre: Un Impacto Global
La Agonía de Afganistán

Número 113 • 2001
ARTÍCULOS

Editorial

Las secuelas globales

Afganistán: un futuro muy incierto
El mundo nunca volverá a ser el mismo tras los sucesos del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.

Esto es una realidad no sólo para las víctimas inmediatas, sus familias y los gobiernos directamente implicados en los ataques terroristas, sino también para los millones de personas que formaban ya el colectivo más vulnerable del mundo: los refugiados y los solicitantes de asilo en cada rincón del planeta y casi la población entera de Afganistán.

Las últimas crisis del país fueron provocadas y perpetuadas por el mundo exterior. Primero, cuando el ejército soviético invadió el país, y luego, cuando la comunidad internacional ignoró cada vez más el triste estado en que quedó cuando partieron los soldados extranjeros.

Una sequía de años se había sumado a tanta miseria, causando estragos en la tierra, cuando cientos de miles de civiles pasaron a ser "daños colaterales" en la última ronda de bombardeos y combates. Algunos de ellos murieron, otros huyeron a aldeas y campamentos "más seguros'" y unos pocos escaparon por las fronteras, oficialmente cerradas, de los países vecinos.

Se ha producido un vuelco increíble en los acontecimientos en el campo de batalla, pero no está claro todavía qué efecto tendrá sobre la tambaleante población civil del país, especialmente cuando otro escalofriante invierno se ha cernido sobre la región y gran parte del país se halla en un estado virtual de anarquía.

Lejos de Afganistán, los países elaboran precipitadamente leyes antiterroristas, refuerzan sus controles fronterizos y miran cautelosamente a los extranjeros de una "cierta tonalidad".

El ACNUR comprende las legítimas preocupaciones en materia de seguridad. Pero le inquieta -como a muchos expertos legales- que cualquier "fiebre legisladora" pueda comprometer la protección duramente conseguida para las personas que no disponen de otra defensa y ayudar a la extensión de la xenofobia existente ya bajo la superficie de algunos países contra los "falsos" refugiados.

El Alto Comisionado, Ruud Lubbers, ha indicado repetidamente que la Convención sobre los Refugiados de 1951 ofrece suficientes garantías para evitar que los terroristas se infiltren en el sistema internacional de asilo, subrayando que los refugiados son normalmente las víctimas del terrorismo, no sus responsables.

"Los solicitantes de asilo son un blanco perfecto para quienes invocan los viejos prejuicios contra los extranjeros", asegura Lubbers. "Los solicitantes de asilo no pueden defenderse".

¿Es posible que al final de esta crisis concreta haya una luz de esperanza? El sufrimiento continuará durante algún tiempo, pero, con suerte y una renovación de los compromisos humanitarios, todo es posible.

Quizás la opinión pública, absorbida durante un tiempo por la crisis, acabe mirando más allá de los horribles titulares y descubra quiénes son los refugiados -gente como usted y yo- y quizás, esta vez, el mundo industrializado no se desentienda de Afganistán en el momento en que más lo necesita.