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Ayuda a Afganistán |
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El diseño de una compleja operación humanitaria |
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En los siete pisos del edificio azul y amarillo
de la sede central del ACNUR en Ginebra, el personal miraba absorto.
"El vídeo de los aviones chocando contra el World
Trade Center de Nueva York parecía más irreal que
impactante; el horror era demasiado abrumador para ser digerido
de buenas a primeras", recuerda un veterano de la organización.
"Pero luego empezamos a oír palabras como 'Bin Laden,'
'talibán' y 'Afganistán' y supimos que nos íbamos
a ver implicados en la crisis". Sin embargo, cuando las tropas extranjeras se retiraron, las grandes potencias perdieron interés en lo que habían contribuido a convertir en un atrasado pedazo de tierra en medio de Asia Central. Los donantes tradicionales se volvieron recelosos ante un país identificado cada vez más con una guerra interminable, el terrorismo internacional y la más absoluta degradación de su población femenina. Aunque se seguía proporcionando una asistencia básica, el problema de los refugiados de Afganistán se transformó en una crisis "sin fin" u "olvidada" para gran parte del mundo exterior. "Los ataques contra Estados Unidos fueron una llamada de aviso", dice Pierre François Pirlot, un experto en la región, nombrado máximo responsable del equipo que, dentro del ACNUR, se hace cargo de esta crisis. "Volvieron a poner a Afganistán y sus refugiados en primera plana de la actualidad". Una operación compleja Desde el principio, estaba claro que ésta iba a ser una de las operaciones más complejas a las que el ACNUR ha tenido que enfrentarse en sus 51 años de historia. Se trataba de una guerra civil entre distintas alianzas muy poco estables que, desde hacía años, habían destruido prácticamente todas las infraestructuras del país. Para complicar aún más la situación, Afganistán sufría una devastadora sequía y un tercio de sus 25 millones de habitantes necesitaba con urgencia alimentos y otras ayudas para sobrevivir. Al igual que en Kosovo, la crisis humanitaria de Afganistán estaba muy politizada. Estados Unidos no era sólo el mayor donante del ACNUR, sino también el protagonista de la última oleada de combates. Paquistán e Irán, que, entre los dos, albergaban a cerca de 3,5 millones de refugiados afganos, no habían perdonado a la comunidad internacional que se desentendiera del problema años atrás. Esta vez, cerraron oficialmente sus fronteras, como también hicieron los otros cuatro países limítrofes, y dejaron bien claro que los nuevos refugiados no eran bienvenidos. El ACNUR se planteó entonces numerosos interrogantes. ¿Cómo enfrentarse enérgicamente a esta crisis sin comprometer otras muchas ya activas entonces y, sobre todo, en un periodo en que la agencia acababa de sufrir un importante recorte de personal? ¿Hasta qué punto podía llevar a cabo una política de fronteras abiertas para permitir a los civiles ejercer su derecho fundamental de buscar asilo con países que estaban decididos a mantenerlas cerradas? ¿Dónde y cómo podía ayudarlos en caso de que salieron de Afganistán? ¿Cómo iba a equilibrar las necesidades de los refugiados con las de más de un millón de personas desplazadas internamente en el país, que no entraban dentro de su mandato? Desde el punto de vista del ACNUR, en la primera fase de la crisis, el problema no era nuevo. El personal de las principales agencias internacionales había salido de Afganistán al comenzar la campaña de bombardeos. Como antes en Kosovo, el país estaba cada vez más aislado del exterior, con poca información precisa sobre lo que allí ocurría y pocos refugiados cruzando las fronteras, oficialmente cerradas. "No podemos entrar. Y ellos, los civiles, no pueden salir", decía entonces el portavoz jefe del ACNUR, Ron Redmond. "Estamos en un punto muerto". |
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