Problemas mundanos
Tiendas de campaña y otros suplementos de urgencia son almacenados ante la eventualidad de nuevos influjos de refugiados en Paquistán.

Cuando la operación humanitaria se puso en marcha, los problemas más inmediatos eran: ¿cuántos refugiados iba a haber?, ¿qué clase de ayuda necesitarían?, ¿qué personal habría que desplegar y dónde?, ¿cuál sería el coste?
El "juego de los números" es una de las cuestiones más delicadas y sensibles en una emergencia desde el punto de vista político. Las vidas de los civiles huidos, la eficacia de los programas y la reputación de los gobiernos giran en torno a estos cálculos. En Kosovo, aunque prácticamente ningún país, agencia de inteligencia o grupo humanitario predijo el éxodo de casi un millón de personas en cuestión de semanas, el ACNUR, entre otras organizaciones, fue condenado por su "fracaso" en un hábil ejercicio de relaciones públicas sobre cómo encontrar chivos expiatorios.

Al principio de la crisis afgana, se había calculado que podrían huir hasta 1,5 millones de personas en el peor de los casos. El ACNUR llevaba 20 años trabajando intensamente en la región y Pirlot explicaba: "Utilizas tu experiencia, hablas con gente sobre el terreno, husmeas por todas partes, calibras el potencial de extensión de la guerra, miras mapas y estudias historia. Luego haces un cálculo teórico".

Ciertamente, si consideramos la historia como una guía, la cifra prevista no era una suposición sin fundamentos. En el clímax del anterior éxodo, habían huido 6,2 millones de personas. En un solo año, en 1991, 1,6 millones de afganos volvieron a casa durante un breve periodo de esperanza. El terreno puede ser duro e implacable, pero, incluso con el transporte más primitivo -los pies-, la gente puede cubrir enormes distancias con rapidez.

Tal como ocurrió después y según señalaban los frustrados trabajadores sobre el terreno, en los primeros meses, aquello se convirtió en "una crisis de refugiados sin refugiados". Incluso los civiles que consiguieron traspasar los porosos 2.400 kilómetros fronterizos con Paquistán fueron etiquetados como "refugiados invisibles" cuando se mezclaron silenciosamente con las comunidades afganas ya establecidas en ese país para evitar el hostigamiento oficial.


Para el mundo humanitario, Afganistán se había vuelto una especie de enigma antes de los acontecimientos del 11 de septiembre.

La razón más obvia de la "ausencia de éxodo" de refugiados fue la decisión de sus vecinos de cerrar las fronteras y poner a Afganistán en una cuarentena total, actos que fueron ampliamente anunciados para evitar huidas en masa. La gente, habituada a años de guerra, aceptó con naturalidad los amenazadores bombardeos "quirúrgicos" de los aliados, se mudó a las casas de familiares o amigos en el campo o simplemente estaba demasiado agotada por el conflicto y la sequía como para moverse.

"Las cifras son siempre un campo minado", declaró más tarde un responsable de planificación. "Es un juego muy arriesgado y en unas circunstancias en las que no se gana nunca".

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