ANA PAOLA RODRÍGUEZ
Sensibilizar es como abrir una puerta a nuevos pensamientos y perspectivas
Ibarra, Ecuador - ACNUR
Mi experiencia alrededor de la asistencia humanitaria se inició en el año 2006 colaborando con la población refugiada que ingresaba al Ecuador en busca de una nueva oportunidad para reiniciar sus vidas. Mi trabajo en ACNUR ha estado marcado por todas aquellas miradas de las personas refugiadas en donde he visto y sentido su dolor y confusión, pero a la vez, he logrado ver su esperanza y deseos de integrarse en un ambiente de paz.
Desde mi lugar de trabajo en el área de Programas en la oficina del ACNUR en Ibarra, he podido observar muy de cerca las tensiones que existen en los diversos actores locales respecto a la situación de los refugiados en el Ecuador, y por esta razón, considero que el trabajo de sensibilizar es parte del asistir y también la puerta de entrada para generar nuevos pensamientos y nuevas perspectivas en la sociedad.
Junto a las agencias socias del ACNUR, comparto actividades muy enriquecedoras para los refugiados y para mí, pues entre todos nos animamos cada día a continuar. Ésa es la parte de humanidad que permite que el asistir no sea sólo dar sino también recibir.
Una de las actividades más lindas e impactantes de mi trabajo fue elaborar un par de cuentos infantiles para intentar mitigar con las palabras y los dibujos, todas las inquietudes de los niños y niñas recién llegados. Los cuentos han sido y son una herramienta práctica y de mucha ayuda para esta parte de la población que es tan vulnerable e inocente.
ANA VARELA ESPONDA
Hay que aceptar y comprender la diversidad de vivencias que cada persona refugiada lleva consigo
en Montevideo, Uruguay- ex directora de la Agencia Implementadora SEDHUEl trabajo con las personas refugiadas requiere dedicación y compromiso, ya que cada una de ellas viene de una situación y cultura diferentes a las que encuentra en el país de acogida. Es necesario que quien realiza un trabajo humanitario esté dispuesto a aceptar y comprender la diversidad de vivencias que cada persona refugiada lleva consigo, y eso incluye el dolor por la separación de sus seres queridos, el sufrimiento por el desarraigo, el miedo por la persecución sufrida, el temor de que vuelva a repetirse, la falta del entramado social que la sustente y la contenga, y miles de pequeñas y grandes cosas que aprendemos a valorar cuando no las tenemos.
También el trabajo con las personas refugiadas requiere que, en determinados momentos, se les establezcan límites, como forma de impulsarlas en la comprensión del nuevo universo en el que tendrán que insertarse, promoviéndolas y aumentando su autoestima. Otro elemento que pude apreciar luego de mis años de experiencia, es que algunas personas refugiadas aprovechan de mejor manera que otras, las oportunidades que se les presentan en el país de acogida, no porque alguien sea mejor que otro, sino porque cada ser humano es diferente y posee distintos dones y posibilidades y por lo tanto, quienes trabajamos con ellos, debemos tener en cuenta que a todos no se les puede pedir lo mismo, siempre te sorprenden, te enseñan algo, te enriquecen.
La razón por la cual comencé mi trabajo con las personas refugiadas se debe a que, como creyente católica, mi compromiso en el mundo implica dar testimonio de que todos los seres humanos somos hermanos y que como tales, nos debemos respeto y compasión, y las personas refugiadas son de las que más necesitan apoyo y acogida.
Uno de los hechos más importantes que me gustaría destacar en mi labor con las personas refugiadas, es que tuve el privilegio de contar con un equipo conformado por diferentes disciplinas en el “Servicio Ecuménico para la Dignidad Humana” (“SEDHU”) con quienes compartí, el compromiso, la solidaridad y la entrega.
CAROLINA MATEOS
Ayudar en medio de la vulnerabilidad
en México- ACNURDesde noviembre de 2007 trabajo en el área de Protección del ACNUR en México. Anteriormente he trabajado en la República Democrática del Congo y desde México estuve de misión de emergencia en la República Dominicana y Haití. Elegí trabajar con el ACNUR porque me interesa y motiva mucho ayudar a la gente que se encuentra en situaciones de vulnerabilidad, fuera de sus hogares y en situaciones de desarraigo, pero luchando por restablecer las condiciones para una vida digna.
Una anécdota que continúa conmigo fue la relacionada con la organización de una repatriación masiva de refugiados sudaneses que vivían en la República Democrática del Congo. Fue muy interesante poder acompañar a los retornados desde el norte de Congo hacia el sur de Sudán y ver a miles de refugiados subirse a los camiones con grandes sonrisas. También pude presenciar el reencuentro con sus familias después de muchos años de separación, ver las lágrimas, los gritos de alegría, y sobre todo la felicidad de volver a casa y de sentir que ellos volvían para quedarse.
Actualmente, uno de los principales desafíos que encuentro en México es el desconocimiento de quién es un refugiado y cuáles son sus necesidades. Especialmente, se desconoce el contexto de cómo llegan a México, pues viajan dentro de una población migrante muy numerosa y pasan desapercibidos por estar indocumentados o encontrarse en tránsito. La principal preocupación es visibilizar a la población refugiada que viaja en esos movimientos migratorios. Dentro de esta población hay un reto muy importante que son los niños y niñas que viajan solos, quienes están en una situación de mayor riesgo al no estar acompañados por nadie que los proteja. También están las víctimas de trata y el desafío de detectar el hecho de que podrían necesitar algún tipo de protección internacional y de que podrían ser refugiadas, cosa que en muchos casos, las mismas víctimas desconocen.
ELBA LABRADOR
Tres décadas de vida en la vida de refugiados
en Buenos Aires, Argentina- Trabajadora Social de la Agencia Implementadora FCCAM
Cuántas historias a los largo de 31 años recorridos junto a los refugiados. En un comienzo acompañé los casos de las personas ancianas, refugiados provenientes de Europa del Este, trabajando en el Hogar Santa Rita creado para ellos, donde se alojaban húngaros, polacos, ucranianos, croatas, rusos, etc. Recogí sus testimonios de añoranza de sus tierras y compartí muchas actividades tratando de paliar la falta de familiares y amigos.
Al mismo tiempo tuve oportunidad de recibir y hacer el seguimiento de los casos de refugiados de países limítrofes (chilenos, uruguayos). Momentos difíciles para nuestro país también. Realizando un trabajo silencioso. Con ellos podría decir que pude compartir el cierre de una etapa, dado que participé en el proceso de las repatriaciones luego de la llegada de las democracias. Qué mejor momento para palpar todos esos sentimientos de ansiedad, alegría y temor por el regreso después de muchos años a sus países.
Algunos pasajes me traen recuerdos graciosos con las dificultades idiomáticas para interpretar algunas consignas. Lamentablemente, también debí vivenciar un sepelio con ellos. Con sus costumbres tan diferentes y un concepto de la muerte tan distinto al del pensamiento occidental.
Algunas familias tuvieron hijos a quienes llamaron, por ejemplo, Malvina Argentina. Los lectores se darán cuenta de la etapa histórica que vivíamos. ¿Qué pasaría por sus pensamientos, no?
Después fueron llegando los refugiados africanos. Los primeros como polizones. Me tocó entonces alojarlos, comprarles su primera comida. No puedo olvidar sus caras de asombro y esa mirada con mezcla de tristeza. Ofrecerles un abrigo y una taza de café porque llegaban a un país muy frío.
Escuchar, dar un abrazo, compartir un caramelo. Reír, lagrimear junto a ellos en los momentos más duros de sobrellevar. Oír cuando me llaman “mamá Elba”… Me siento privilegiada por haber podido compartir tantos años y observar en el tiempo, cómo después de los primeros momentos tan sufridos por el desarraigo, pueden encontrar su camino.