Blog de los refugiados y los desplazados

19.12.2014
19:00

Ruido

Lectura de los cuentos y la entrega del premio al ganador. ACNUR Villavicencio

En el marco de los 16 Días de Activismo, la Oficina de ACNUR en Villavicencio (Colombia) hizo un concurso de cuento en las comunidades. A continuación el cuento ganador:

Ruido

Después de 42 años de matrimonio, y a sus 70 años de edad, Marco murió. Los intensos dolores que le retorcían acallaron, su cuerpo envejecido se cansó de soportar y mientras dormía, la muerte se lo llevó en silencio. En medio de la oscuridad de la habitación Amanda lo contempla, al lado de la cama donde yace el cuerpo sin vida de su esposo, una a una guarda entre cajas y bolsas las pertenencias de aquel hombre, aún nadie llega, pero Amanda sabe muy bien lo que tiene que hacer ahora.

Mientras ella terminaba de organizar las cosas de su esposo y preparaba su traje de luto, sus hijos se encargaron de las exequias y los preparativos. Esa misma mañana ella los había llamado para comunicarles lo sucedido. En la tarde todo estaba listo; a las 6 en punto Amanda imperturbable se presentó en la ceremonia, consoló a sus hijos cuando fue necesario y recibió con fervor condolencias de familiares y amigos. Después de los 65 la muerte no es una historia, es una vieja conocida - decía Amanda a sus hijos consolándolos por la pérdida. Ella seguía tranquila, miraba como la sala poco a poco se llenaba, apenas si reconocía a quienes llegaban; por un momento le faltó el aire, bajó la mirada y apretó con su mano izquierda un pequeño bolso negro que le había regalado uno de sus hijos hace un par de meses; se levantó de su asiento y caminó de extremo a extremo, para secar lágrimas, servir café, saludar viejos conocidos y conversar con propios y extraños del difunto. Ella lo conoció muy bien, su enfermedad, sus miedos, sus golpes, los silencios de 42 años.

En un extremo del salón, sola y casi oculta entre ramos y desconocidos estaba Antonia, y aunque había jurado no estar en el funeral de Marco, Amanda se lo rogó con tanta ansia que le fue imposible negarse. ¡A esta edad!, ¡Un funeral más, un funeral menos! - se decía con desgano para disimular su incomodidad. Conocía bien a Amanda y sabía que no hubiera insistido de esa manera si no fuera por algo importante, por eso estaba allí, solo le interesaba Amanda, los demás para ella solo hacían parte de la decoración y el muerto ni vivo le interesó. Desde aquel lugar observaba a su amiga; de vez en cuando cruzaban miradas y Amanda seguía su camino, tal y como lo hicieron durante los últimos años en el asilo cuando Marco estaba cerca.

Antonia y Amanda se conocieron pocos años antes de aquel día, en el asilo donde sus hijos decidieron enviarlas. Antonia vivía sola en una habitación contigua a la de Amanda y Marco. Era una vieja excéntrica de carácter fuerte, 72 años, dos matrimonios, divorciada y viuda, incontinencia senil y un par de achaques más, amplia experiencia en póker, continental y hombres, le fueron suficiente para ganarse el desprecio de Marco y la admiración de Amanda. Marco intentó evitar que su esposa tuviera contacto con otros ancianos y especialmente con Antonia, sin embargo el cáncer le quitaba a este hombre cada vez más fuerza y movilidad y Antonia, por orgullo y convicción, no iba a permitir que se le vetara. Desde que Amanda llegó al asilo, Antonia escuchó los gritos sordos que salían de la escuálida figura de aquella mujer, la tristeza honda de sus ojos, los regaños y forcejos del otro lado de la pared. No tardaría en encontrar la manera de comunicarse con Amanda. Intentó primero enfrentar a Marco, pero el viejo era testarudo y solo le ocasionaba más problemas a Amanda; en otras ocasiones sencillamente gritaba desde su habitación ¡Amanda!, deja ese viejo infeliz y ven a jugar conmigo - Al otro lado de la habitación Amanda sonreía a escondidas, mientras Marco enfurecido le gritaba a su vecina que se callara. Días después Marco hizo que los cambiaran de habitación, pero hasta allí llegó Antonia, o mejor dicho, las cartas de Antonia, sin que el debilitado Marco se enterara y con la complacencia de enfermeras y otros compañeros del asilo, un pequeño daño en la mampostería de la nueva habitación se convirtió en el buzón de la relación entre estas dos mujeres.

Por cartas Antonia conoció la historia de Amanda, y por esa misma vía ella le replicaba preguntándole -¿Por qué aguantaste tanto? ¿Por qué te rendiste? – Amanda hablaba de sus hijos, del miedo y el señalamiento de su época, de la presión social y el silencio que todos guardaron. Las cartas iban y venían, Marco sospechaba, pero Amanda era muy cuidadosa, escribía sus cartas solo cuando estaba segura de que Marco dormía o mientras él estaba en alguna revisión médica. Toda la habitación tenía diferentes lugares en donde ella guardaba las cartas que recibía de Antonia, por miedo a que su esposo las encontrara y las destruyera todas.

Ellas solo se encontraban una o dos veces por semana cuando las enfermeras obligaban a Marco a salir o a dejar salir a Amanda. Cuando lograban verse, una sonrisa envolvía su rostro; su secreto las unía, sus cartas las hacía hermanas y amigas y el silencio y la vergüenza de los golpes y las humillaciones se fue convirtiendo para Amanda en palabras, y las palabras en ganas de vivir. Marco empezó a ver cómo su esposa fue levantándose, tenía más apetito, sonreía más y lo ignoraba y desobedecía cada vez con más frecuencia.

El velatorio estaba opaco y caluroso; las personas que asistieron poco a poco fueron tomando asiento; el silencio se fue tomando la sala, las miradas inquietas, los susurros comentando el partido de ayer, el equipo local que por fin había ganado y se evitaba el descenso; lo raro del clima y las intempestivas lluvias que no cesaban, la herencia y los recuerdos del difunto, lo grandes que estaban sus hijos. No había llantos escandalosos ni desmayos y Amanda pensó que era el momento indicado. De su bolso sacó un papel, caminó por entre la gente y pidió su atención. Cuando la tuvo saludó amablemente y agradeció; muchos de los que allí estaban ni siquiera conocían la voz de Amanda, que con esfuerzo ella intentaba levantar. Entre sus manos sostuvo la carta, ajustó sus gafas en su blanca frente e inició la lectura de aquel papel. Los minutos que duró frente al público parecieron horas, los hijos de Amanda se retorcían en su silla, los demás familiares se sonrojaban, se miraban perplejos los unos a los otros, las lágrimas se colmaban en los ojos de Antonia, otros despistados preguntaban entre susurros si realmente estaba hablando del difunto y algunos otros miraban hacia el suelo esperando que aquel discurso acabara pronto. Amanda terminó, levantó su mirada y a través de sus lentes repasó los esquivos rostros de los presentes. El silencio abrumador volvió, como en la madrugada de la muerte de Marco, aquella en la que Amanda decidió, que los golpes que ella recibió durante 42 años no morían con él.

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