Apatridia: Canadá ayuda a un ex ciudadano danés a salir del Triángulo de las Bermudas

martes 20. marzo 2012 08:00 Antiguedad: 2 yrs

© ACNUR
A primeros de año, Jens Hansen prestaba juramento para obtener la ciudadanía en Hamilton, Canadá, observado por su mujer y sus dos hijos.

BEAMSVILLE, Canadá, 20 de marzo (ACNUR) – A principios de año, observado con orgullo por su mujer y sus dos hijos, Jens Hansen prestó juramento para obtener la ciudadanía en una oficina del Gobierno en la ciudad canadiense de Hamilton, a orillas del Lago Ontario. Pero había una gran diferencia entre él y las otras personas que prestaron juramento ese día, y es que, Jens Hansen, de 47 años de edad había sido oficialmente apátrida durante más de 20 años. Nacido en los Países Bajos, de madre holandesa y padre danés, Hansen tomó la nacionalidad de su padre, pero en 1989, cuando tenía 25 años, el joven descubrió que había perdido su nacionalidad. Terminó yéndose a la Isla Bermuda, un territorio británico de ultramar, donde conoció a Carolynn y se casó con ella. Posteriormente se trasladaron al Canadá, el país de origen de ella, donde obtuvo derechos de residencia, pero hasta el 10 de enero estuvo sin una nacionalidad, una situación compartida, según las estimaciones,  por 12 millones de personas en todo el mundo. El nuevo ciudadano canadiense no ha sufrido mucho por su condición de apátrida, pero para muchas personas en el mundo ser apátrida significa no tener acceso a muchos de los derechos que la mayoría de las personas dan por supuestos. Para celebrar el 50 aniversario de la Convención de 1961 para reducir los casos de apatridia, a lo largo de 2011 el ACNUR puso en marcha una campaña con el objetivo de reducir el número de personas apátridas en todo el mundo y animar a los países a suscribir las dos convenciones de las Naciones Unidas sobre apatridia. Mientras tanto, Hansen hablaba de su situación por correo electrónico desde su hogar, en Beamsville, con Gisèle Nyembwe, miembro de la Oficina de Información Pública del ACNUR en Ottawa. Ofrecemos algunos extractos de esta conversación:

¿Cómo llegó usted a convertirse en apátrida?

Me convertí en apátrida porque no había renovado la ciudadanía danesa al cumplir 22 años. Yo no sabía que tenía que renovar la ciudadanía, aunque así constaba al dorso de mi pasaporte. El problema era que yo no había vivido nunca en Dinamarca y no hablaba danés. Solo había pasado allí un fin de semana en Navidad cuando tenía 7 años. Nací en Dordrecht, Holanda, pero tomé la nacionalidad de mi padre, que era danés. El tampoco pasó mucho tiempo en Dinamarca, ya que fue un expatriado toda su vida. Vivimos en Nigeria, Irán, Holanda e Inglaterra.

¿Cómo se enteró usted de que era apátrida?

Me enteré en 1989, cuando conseguí un trabajo en una empresa de servicios de impresión en la isla Bermuda. Entonces yo tenía 25 años y estaba viviendo en Inglaterra y fui a la Embajada danesa en Londres para asegurarme de que no había ningún problema  antes de empezar mi nueva vida en Bermuda. Me dirigí a la oficina de información y mostré mi pasaporte a la señorita y le pregunté si tenía que hacer algo. Ella empezó a hablarme en danés, pero yo enseguida la interrumpí y le dije que no entendía una palabra. Me miró sorprendida e inmediatamente buscó mi expediente y a los pocos minutos me explicó que ya no tenía derecho a la ciudadanía porque no había solicitado la renovación al cumplir 22 años.

No obstante, observó que me habían dado un nuevo pasaporte cuando tenía 23 años y me dijo que había sido un error. Tomó mi pasaporte, lo perforó por varios sitios y eso fue todo. Me había convertido en una persona apátrida. Transcurridas unas semanas solicité un certificado de identidad británico al Ministerio del Interior en Londres, puesto que estaba viviendo en el Reino Unido, y gracias a eso pude viajar a Bermuda el año siguiente.

¿Cómo afectó a su vida el hecho de ser apátrida?

La vida en Bermuda fue fantástica pero no podía quitarme de la cabeza la cuestión de la apatridia. También sabía que mi certificado de identidad británico tenía una validez de cinco años, así que regresé a Londres en 1995 para renovarlo, pero rechazaron mi solicitud porque no residía en el Reino Unido. Entonces volví a Bermuda pero no pude marcharme de la isla en los seis años siguientes.

No tenía documentos de viaje y me encontraba aislado en una isla de 35 km de longitud por 3 km de anchura por el punto más ancho. Sus habitantes llaman a su isla “la roca” y realizan periódicamente viajes en avión para huir de su atmósfera claustrofóbica y evitar la “fiebre de la roca”, Yo no podía hacer lo mismo y mi único escape era practicar buceo. Mi mujer y mis dos hijos viajaban a veces al Canadá a visitar a su familia, pero yo no podía ir con ellos.

¿Qué hizo usted para intentar salir de esa situación?

Mi padre no paraba de hacer gestiones; escribió al Diputado de su distrito en el Reino Unido, a la Embajada danesa, al Ministerio del Interior e incluso a la Sociedad de Defensa de los Derechos Humanos en Londres, pero todo fue inútil. Yo no cumplía ninguno de los criterios exigidos. La ciudadanía danesa no era posible; hablé con el cónsul holandés en Bermuda, pero no conseguí nada. Descubrí que la legislación neerlandesa en materia de nacionalidad estipula que toda persona nacida antes de 1985 solo obtiene la nacionalidad de su padre. Tampoco podía solicitar la nacionalidad de Bermuda porque mis padres no eran de allí.

¿Pensó alguna vez que su situación no iba a cambiar nunca?

Estaba seguro de que la situación cambiaría cuando decidí abandonar Bermuda. Mi esposa es canadiense y, tras el nacimiento de nuestro segundo hijo, pensé que había llegado el momento de marchar. Solicité autorización para entrar en el Canadá sin pasaporte y tuve mucha suerte; el proceso solo tardó unos cuantos meses. Mi mujer y mis hijos salieron de Bermuda en la primavera de 2001 pero yo no pude reunirme con ellos hasta el mes de noviembre de ese mismo año, una vez que tuve en mi poder los documentos necesarios para marchar al Canadá con la condición de residente permanente.

Al llegar a Toronto, recuerdo la sorpresa reflejada en el rostro de los oficiales de inmigración canadienses cuando vieron que yo era apátrida. Nunca habían visto una situación como la mía y se preguntaban si habría infringido las leyes o si era un delincuente. Pues no, simplemente era un ex ciudadano danés.

¿Qué importancia tiene para usted tener una nacionalidad?

Antes de obtener la nacionalidad canadiense había sido toda mi vida un extranjero en todos los países en los que viví. Incluso en mi país de nacimiento seguía siendo extranjero. Por eso, que reconozcan mi derecho a ser ciudadano de un país es mucho para mí. Ahora tengo derechos que hasta ahora no había tenido. Por fin puedo votar por primera vez y cada vez estoy más interesado en la política y en los problemas  locales. Ser un ciudadano significa que tu voz cuenta. ¿Quién sabe adónde me conducirá mi nueva vida como ciudadano canadiense? También tengo libertad para viajar adonde quiera. Ni siquiera me iría a los Estados Unidos, que está solo a media hora de casa. Ahora soy ciudadano del Canadá y aquí está mi hogar. He tenido una gran suerte de poder vivir en este país. El Canadá se ha portado muy bien conmigo y yo quiero devolverle todo lo que me ha dado.

ACNUR


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