La historia de Gebre: La odisea africana de un refugiado eritreo

domingo 06. mayo 2012 16:00 Antiguedad: 3 yrs

© ACNUR/ G.Beals
Gebre, Teka y su hijo Samuel en el Campamento en Mai-Aini, Etiopía.

CAMPAMENTO DE REFUGIADOS DE MAI-AINI, Etiopía, 4 de mayo (ACNUR) – Cruzaron la frontera a medianoche, desconsolados por la muerte de su hija el día anterior. Arsama, la hija de dos años de Gebre falleció por la gripe. La noche después de enterrarla, Gebre, de 28 años, y su esposa Teka, de 25, decidieron abrirse camino hacia Etiopía.

La muerte de Arsama fue solo una razón para escapar. Gebre estaba exasperado por los siete años en el ejército – parte del servicio nacional obligatorio de Eritrea que dura décadas – sin apenas dinero para pagar la comida para su familia. Parecía que no hubiera fin a la miseria, recordaba Gebre, aquí en Etiopía.

El cruce tuvo lugar en luna llena. El plan era ir primero a Sudán, quedarnos por un tiempo y después trasladarnos a Etiopía. Gebre tenía amigos que conocían los caminos que cruzan la frontera montañosa y les guiaron a través de ellos, evitando las patrullas eritreas. Al amanecer la familia caminó al campamento de refugiados Shagarab, en el este de Sudán, donde se reagrupó para el siguiente tramo de su viaje.

Gebre pidió indicaciones a residentes locales. Después de su conversación, otro grupo de hombres en una camioneta se acercó. Estos hombres, denominados raishida, eran de piel clara y llevaban rifles AK-47. Ordenaron a Gebre y a su esposa que se pusieran en la parte trasera del vehículo, que entonces fue cubierto con una lona. Los hombres informaron a la pareja de que serían trasladados al campamento de Shagarab. 

Cada año miles de refugiados eritreos intentan cruzar la frontera a Sudán y Etiopía. Muchos se dirigen a Egipto, Israel, Marruecos y Europa, pero para algunos el viaje termina en tragedia. En los campamentos de Mai-Aini y Adi-Hirush en Etiopía, hay más de 400 personas que han sido devueltas por las autoridades egipcias, incluyendo a Gebre y Teka.

ACNUR cree que muchos otros han muerto de hambre en el desierto, o murieron cruzando ríos, o han sido asesinados por bandas de traficantes. “Los afortunados son los deportados”, dice Michael Owor, jefe de la sub-oficina de ACNUR en el norte de Etiopía. “Estoy muy seguro de que muchos refugiados simplemente perecen”.

Los oficiales de ACNUR han expresado su alarma ante el número de refugiados que está intentando hacer el arriesgado viaje desde Etiopía a terceros países. Un informe reciente señaló que hasta un 80 por ciento de los recién llegados a Shagarab ha venido de campamentos de Etiopía. 

“Los que fracasan la primera vez, regresan a Etiopía solo para volverlo a intentar”, dice Benoit Hamanyimana, oficial de protección del ACNUR. “Sienten que lo han perdido todo y por lo tanto no tienen nada que perder. Necesitamos ofrecerles apoyo psicológico, pero también programas de medios de vida para que puedan descubrir su potencial y estabilizar su situación”.

Los traficantes de personas incluso intentan penetrar en campamentos de refugiados ofreciendo transporte a terceros países a cambio de un pago que a menudo es realizado por los familiares de los recién llegados. En un caso, las autoridades etíopes arrestaron a un grupo de cooperantes sospechosos de proporcionar ayuda a los traficantes.

En muchos aspectos el viaje de Gebre y Teka es típico. Una hora y media después de que fueron obligados a subir a la camioneta, la pareja se encontró en una propiedad de los traficantes, quienes pedían 45.000 nakfa de Eritrea (US$3.000) para garantizar su liberación. “Nos dijeron que si no conseguíamos el dinero, nos envolverían en plástico y nos quemarían”, dijo Gebre. “Me pegaron, pero no fue grave. Pegaron a mi esposa lo suficientemente fuerte como para dejarle una cicatriz en la espalada”.

Durante 10 días las amenazas continuaron. Gebre dijo la verdad a sus captores, que no tenía el dinero para pagar el rescate. “No pensamos en nada más que en escapar o esperar a ver qué pasaba”, dijo Gebre.

Él y su esposa ni escaparon ni fueron asesinados. En cambio, fueron vendidos y llevados en otra camioneta a la Península del Sinaí en Egipto, donde fueron vendidos de nuevo – esta vez a beduinos.

Fueron llevados a un recinto cerrado donde les dieron de comer una pequeña cantidad de arroz y avena cocida. Había unos 35 otros prisioneros. Sudaneses, somalíes y etíopes permanecían sentados en silencio. Se hizo todo lo posible por aislarlos. Se le dijo a cada uno que si hablaban, serían matados.

Los beduinos supuestamente dijeron a Genre y Teka que debían conseguir US$6.000 de rescate o les matarían. La pareja les creyó. Dieron a Gebre un teléfono y le ordenaron que llamara a su familia en Eritrea.

Consiguió comunicarse, pero era más de lo que su pariente podía pagar y tuvieron que pedir ayuda a otros. Las negociaciones de pago duraron más de cinco semanas. Después de pagar el rescate, los beduinos dejaron a la pareja en el desierto.

“Nunca había querido ir a Egipto y nunca he querido ir a Israel”, dice Gebre. “Pero sabíamos a lo que nos enfrentaríamos si nos quedábamos en Egipto, así que pregunté al beduino cómo llegar a la frontera de Israel”. Los captores señalaron con sus dedos, y Gebre y su esposa se pusieron a caminar.

Pasaron solo unos minutos, cuando oyeron disparos al aire. Los hombres de la tribu habían dirigido a Gebre y Teka hacia una patrulla egipcia. Gebre recibió un disparo en la parte baja de la espalda, la bala salió cerca del estómago. Otro disparo arrancó parte del brazo de Teka.

Fueron llevados al hospital en Sinaí, donde una doctora curó sus heridas. Gebre la describió como la primera persona durante su viaje que los trató con amabilidad. Después de un mes, fueron llevados a una prisión egipcia. “Estaba bajo tierra y no se podía ver nada”, recuerda Gebre. “Estábamos separados – hombres y mujeres. No podía hablar con mi esposa”.

Gebre dice al describir la experiencia: “Sientes como si estuvieras perdiendo la cabeza”. De hecho, se le pasaron muchas cosas por la cabeza. “Pensé en mis padres y en cómo transfirieron sus vidas a los beduinos por mí”, dijo. “Pensé en que estaba inválido por la herida de la bala. Mi esposa había sido herida. ¿Cómo iba a cuidar de sí misma?”.

Los pensamientos de Gebre también iban dirigidos a su hija, Arsama. “Pensé en cómo falleció a tan temprana edad”, dijo. “¿Qué me habría dicho? Probablemente todavía habría sido muy pequeña para comprender lo que hemos perdido”.

Finalmente, la amable doctora vino a la cárcel a curar las heridas de la pareja. Les dijo que regresaría. Unos meses después regresó, esta vez con un representante de la embajada de Etiopía en El Cairo. El hombre tomó la foto y la dirección de la pareja. La doctora dijo a Gebre que ella pagaría su viaje en avión a Etiopía.

Un año después de su terrible experiencia, Gebre y Teka están viviendo en el Campamento de Refugiados en Mai-Aini y tienen un hijo llamado Samuel. “Pienso en mi hijo y siento que me queda algo de esperanza en mi vida”, dice el orgulloso padre con una sonrisa. “Espero que vaya a la escuela y sea responsable. Espero que un día, cuando sea mayor, cuide de mí”. 

Por Greg Beals en el Campamento de Refugiados de Mai-Aini, Etiopía

ACNUR


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