Indígenas procedentes de Venezuela transforman un albergue en Roraima por medio de iniciativas ecológicas

Pequeñas acciones están provocando grandes cambios en la rutina y los hábitos de higiene de la comunidad indígena Warao en un albergue de la ciudad fronteriza de Paracaraima, en el norte de Brasil.

Joven Warao ayuda a mantener uno de los huertos verticales distribuidos por el albergue.
© ACNUR/Allana Ferreira

Hortalizas, plantas medicinales y ornamentales le dieron un nuevo colorido al albergue Janokoida, que acoge personas refugiadas e inmigrantes indígenas procedentes de Venezuela en la ciudad fronteriza de Pacaraima, en el estado de Roraima.


BOA VISTA, Brasil – El albergue, en cuyas instalaciones viven más de 440 personas venezolanas de etnia Warao, está implementando iniciativas ambientales y mejoras en la rutina de higiene de sus habitantes, con técnicas de reciclaje, jornadas de limpieza colectiva y la instalación de huertos verticales y horizontales que aprovechan el espacio disponible y la motivación de jóvenes y adultos para trabajar juntos.

Desde el inicio de la pandemia se vienen mejorando muchos hábitos de higiene para evitar la propagación del nuevo coronavirus. Con estos cambios adicionales, la comunidad retomó la tradición Warao de recurrir a medicinas naturales y solicitó la creación de un pequeño huerto en el albergue.

En este contexto, Gabriel Tardelli, coordinador del albergue y antropólogo de Fraternidade – Federación Humanitaria Internacional (FFHI), y Lis Viana, asistente de terreno de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), vieron una excelente oportunidad no solo para crear un pequeño jardín, sino para desarrollar un proyecto verde dentro del albergue y en sus alrededores.

“Ahora puedo meter las manos en la tierra otra vez”

El proyecto está generando un gran cambio en la rutina del albergue Janokoida a través de pequeñas acciones. Los jóvenes fueron los primeros que se interesaron en participar y organizaron un comité de medio ambiente. Con la motivación de este liderazgo joven, niños, niñas y adultos se sumaron también y comenzaron a colaborar en el proceso.

“Los huertos fueron la primera iniciativa que se puso en marcha. Sin embargo, dado el interés que mostró la comunidad y el apoyo que se recibió por parte de instituciones gubernamentales y privadas, se fueron sumando otras iniciativas al proyecto tales como conferencias, talleres y estaciones de reciclaje”, explica Gabriel.

  • Jóvenes y adultos ponen en práctica las técnicas de reciclaje y los consejos de limpieza que recibieron durante los talleres sobre medio ambiente.
    Jóvenes y adultos ponen en práctica las técnicas de reciclaje y los consejos de limpieza que recibieron durante los talleres sobre medio ambiente. © ACNUR/Allana Ferreira
  • Romélio Lopes, de 21 años y uno de los líderes del comité de medio ambiente, durante la actividad de plantación en el huerto horizontal.
    Romélio Lopes, de 21 años y uno de los líderes del comité de medio ambiente, durante la actividad de plantación en el huerto horizontal. © ACNUR/Allana Ferreira
  • Participantes del comité de medio ambiente y trabajadores de ACNUR trasplantan unas plantitas del semillero a la cama de cultivo.
    Participantes del comité de medio ambiente y trabajadores de ACNUR trasplantan unas plantitas del semillero a la cama de cultivo. © ACNUR/Allana Ferreira
  • Menores y adultos durante uno de los talleres de reciclaje: madre enseña a su hija a trabajar la paja de moriche para la creación de objetos de artesanía.
    Menores y adultos durante uno de los talleres de reciclaje: madre enseña a su hija a trabajar la paja de moriche para la creación de objetos de artesanía. © ACNUR/Allana Ferreira

Romélio Lopes, de 21 años, es uno de los líderes del comité de medio ambiente del albergue Janokoida. Para él todas las actividades son una oportunidad de luchar contra la añoranza del hogar, ya que en Venezuela también trabajaba plantando frutas y verduras. Además, el joven Warao percibe en este proyecto una posibilidad para perfeccionar un oficio, con un conocimiento que podrá utilizar para conseguir introducirse en el mercado laboral brasileño.

“En Venezuela trabajaba plantando tomates, aguacates y piñas. Ahora puedo meter las manos en la tierra otra vez”, dice el joven con nostalgia mientras carga una caja de plantones. Romélio lleva más de año y medio en Brasil desde que salió de su casa en el estado de Bolívar junto a su familia, compuesta por ocho miembros entre padres y hermanos. “Tratamos de resistir la situación del país hasta que ya no pudimos más. Fue difícil, pero decidimos salir y unirnos a los parientes que ya teníamos aquí”, recuerda Romélio, cuyo grupo familiar alcanza las 31 personas.)

El proyecto desarrollado en el albergue contó con el apoyo de la Secretaría Municipal de Medio Ambiente de Pacaraima y de productores locales que donaron buena parte de los plantones utilizados. La Empresa Brasileira de Pesquisa Agropecuária (EMBRAPA) donó árboles frutales como copoazú, maracuyá o pitanga, así como plantas ornamentales. La prefectura de Boa Vista donó plantas medicinales como menta, boldo, melisa y cariaquito, muy utilizadas por el pueblo Warao. La tierra negra necesaria para la plantación fue donada por la comunidad indígena Taurepán, localizada en el municipio de Pacaraima.

Muchas de estas plantas son características de la cultura Warao, tal y como explica Luis Antonio Aguilera, indígena que vive en el albergue con su esposa. “Aquí tenemos plantas como el ‘ocumo chino’, un tubérculo muy importante en la nutrición de los Warao, y la planta medicinal ‘colombiana’, con sus hojas gruesas, que usamos como antibiótico”, describe Luis.

“Lo que más querían era poder volver a cultivar la tierra”.

“Nos alegró mucho que nos invitaran a participar en este proyecto. Este tipo de actividad es un paso para establecer una mejor conexión de la población local con las personas refugiadas”, dice Karynna Stael, Secretaria de Medio Ambiente del municipio de Pacaraima. En esta primera etapa estamos probando varios plantones para ver cuáles se adaptan mejor al suelo, y en la segunda etapa seguiremos plantando aquellas variedades que mejor se desarrollen, tanto para consumo propio como para venta.

Algunos meses después del inicio del proyecto, ya empiezan a aparecer los primeros frutos; Lis Viana, asistente de terreno del ACNUR, se alegra mucho de ver como se hace realidad el sueño de la comunidad de construir un pequeño jardín que transforme todo el albergue en un espacio verde y lleno de vida. “Conseguimos las donaciones necesarias para poner en marcha los huertos gracias al apoyo de varias contrapartes que creyeron en este proyecto”, nos cuenta Lis.

También resalta la importancia de que niñas, niños y jóvenes participen en estas actividades para ayudar a cultivar las costumbres del pueblo Warao, que pretende mantener su cultura aunque se haya visto forzado a abandonar su tierra natal. “La inclusión de los jóvenes resulta esencial para que no pierdan esa conexión con las actividades relacionadas con la tierra que los pueblos Warao llevan tantos años desempeñando. La respuesta del ACNUR siempre está enfocada en atender la demanda de la propia población refugiada. Y, en este caso, lo que más querían era poder volver a cultivar la tierra”.