Lo material no importa cuando la vida está en peligro

Historias de personas refugiadas que tuvieron que dejar sus hogares aún durante la pandemia

Lo material no importa cuando la vida está en peligro

Alejandro* llegó a México en septiembre pasado huyendo de las amenazas que recibía de las pandillas en su pueblo natal en Honduras, acompañado de Daniel*, otro paisano suyo que vivía una situación similar que también lo forzó a huir. Ellos decidieron quedarse en Francisco León, Chiapas, una pequeña población entre la Selva Lacandona y la ciudad de Palenque, donde una familia ofreció acogerlos durante su proceso de solicitud de la condición de refugiado.

“Tuve que salir y dejar mi familia porque tenía problemas. A mí me amenazaban, me perseguían y de hecho unas de esas personas me asaltaron, me quitaron mis pertenencias y me amenazaban de muerte.

Tenía que salir del país. No tuve opción a quedarme más ahí. Peligraba mi vida y la de mi familia”, comenta Alejandro.

A pesar de que la pandemia de COVID-19 generó más restricciones y muchos países cerraron sus fronteras, las amenazas y el temor a que lo matarán las pandillas fueron los motivos que hicieron que Alejandro tomara la decisión de huir y emprender un largo y peligroso camino hacia México para buscar protección y tranquilidad.

El joven, que cumplió sus 20 años de edad ya en México, era oficial de seguridad en Honduras. Su empleo, señala, generaba envidia dentro de algunas personas en su alrededor. Empezó a recibir amenazas y tuvo que deshacerse de sus cosas poco a poco, incluso las personas que lo perseguían terminaron quitándoselas.

“Está complicada la situación en mi país y no queda más que salir. Las cosas materiales no importan, pero la vida de uno sí hay que tomarla más en cuenta”, relata.

Francisco León, Chiapas, una pequeña población entre la Selva Lacandona y la ciudad de Palenque.

Francisco León, Chiapas, una pequeña población entre la Selva Lacandona y la ciudad de Palenque.  © ACNUR

Siendo el menor de su familia, Alejandro acordó con sus padres que era mejor huir para protegerlos porque la situación se volvía cada vez más insoportable. Salió de su casa acompañado de Daniel, un amigo de su edad que había sido amenazado por miembros de las pandillas porque se negó a integrarse a las filas de las pandillas.

Daniel trabajaba en un autolavado para apoyar a sus dos abuelas, con quien vivía desde la adolescencia. Ambas fallecieron en un intervalo de un mes por cuestiones de salud.

"Me dieron dos opciones: de matar a alguien o me iban a matar a mí."

“Cuando pasó eso, ellos (las pandillas) comenzaron otra vez a amenazarme. Me dieron dos opciones: de matar a alguien o me iban a matar a mí. No lo conté a nadie más, pero tomé la decisión de salirme de ahí para no arriesgar a otra familia. No me puse en contacto con nadie. Solo me salí de ahí”, cuenta el joven.

Alejandro y Daniel caminaron desde Honduras hasta llegar a la frontera de México en septiembre pasado. Al llegar a Francisco León, Chiapas, conocieron a una familia, que, al contarles su historia, les ofreció refugio y los orientaron para que pudieran solicitar asilo ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR).

“Una familia me recibió y me está apoyando. Llegué y les comenté todo de mi vida, de dónde era. Gracias al señor me recibieron como si fuera un conocido. Me dieron un techo donde vivir, me sirvieron un plato de comida y todo bien. Hasta ahora me siguen brindando apoyo para yo poder hacer el trámite y tener los papeles. Estoy trabajando con ellos. Son excelentes personas”, dice Alejandro.

Solidaridad de la población

El mexicano Eleodoro Valdemar López González y su familia se ofrecieron a recibir a los dos jóvenes en su casa para que tengan un lugar seguro mientras estén llevando a cabo de los trámites ante la COMAR.

“La verdad uno no tiene otra salida que apoyarlos porque a veces en otros lugares en vez de ayudarlos, los roban. Les pasan muchas cosas en el camino”, afirma.

Camino al albergue.

Camino al albergue.  © ACNUR

Para el productor agrícola chiapaneco era importante ser solidario con Alejandro y Daniel, porque su esposa, igualmente hondureña, llegó a México hace 10 años con el mismo temor que los dos jóvenes. Sin embargo, ella no tuvo la misma oportunidad debido a que desconocía los procesos y las instituciones para poder solicitar asilo, aunque con el paso de los años pudo regularizar su situación migratoria en el país.

“Nos pusimos todos en conjunto con la familia que mientras ellos estuvieran luchando, les podíamos brindar apoyo aquí tanto como refugio donde dormir, ya que aquí podemos ver que el salario mínimo es muy poco. Días trabajamos, días no. Hay trabajo diario para el maíz, fumigación de los árboles que está en el programa, pero el pago es mínimo”, explica.

Alejandro y Daniel trabajan con la familia en la producción de maíz, frijol y árboles frutales en Francisco León.

Daniel comenta que prefiere quedarse en este pequeño pueblo que ir a Palenque, una ciudad más grande ubicada a unos 100 kilómetros al norte de Francisco León, porque se siente más seguro y puede trabajar.

“Es más seguro aquí y estar trabajando. En Palenque uno no conoce a nadie y no sabíamos si podía conseguir trabajo ahí. Y también la situación económica y más por la pandemia, no estaban aceptando mucho en los albergues del caminante. Solo cuando salga uno podía entrar uno, pero solo podía estar un par de días. Entonces no podíamos estar ahí. Era mejor regresar porque aquí podíamos estar”, indica.

La carretera que pasa por Francisco León sirve como ruta para miles de personas que llegan a México, sea para solicitar la condición de refugiado o continuar su camino hacia el norte. La pandemia tampoco frenó la llegada de gente que cruza por este pequeño pueblo ubicado a casi 70 kilómetros de la frontera con Guatemala.

Alejandro y Daniel caminaron desde Honduras hasta llegar a la frontera de México.

Alejandro y Daniel caminaron desde Honduras hasta llegar a la frontera de México.  © ACNUR

Las necesidades de las personas han sido tantas, que hace cuatro años, el padre Alejandro de la Iglesia de Francisco León decidió conformar, en conjunto con las autoridades locales, un comité del migrante para apoyar a las personas que llegan a esta localidad.

Con el apoyo de la Agencia de la ONU para los Refugiados, ACNUR, se mejoró la construcción de un pequeño albergue, donde las personas pueden ducharse, descansar, comer y obtener información básica. Además, ACNUR ha venido realizando talleres formativos a la comunidad en general sobre las personas refugiadas y las rutas generales para obtener protección en la región, así como realizando intervenciones para el beneficio para toda la comunidad local.

“Aquí ofrecemos información y la ayuda que podemos dar es alimentación, que puedan asearse, sobre todo, bañarse, lavar su ropa y descansar. Eso es lo que podemos ofrecerles porque a veces no contamos con las despensas que da la comunidad”, dice Artemio Sánchez, del Comité del Migrante.

“La gente es muy solidaria. Ahora lo que se requiere es una orientación y mayor concientización para que la gente todo el tiempo esté más solidaria con ellos”, comenta José Manuel Hernández, Comisariado ejidal de Francisco León.

*Los nombres han sido cambiados para proteger su identidad.