Una comunidad del País Vasco acoge con los brazos abiertos a una familia siria

Un grupo de voluntarios ayuda a una familia de refugiados a reponerse de la dura experiencia vivida y a empezar una vida nueva en el País Vasco.

Javier Hernández, estudiante y sponsor de 24 años, lleva a caballito a Adnan, de 9, durante una excursión al museo Guggenheim de Bilbao.
© ACNUR/Markel Redondo

Begoña Herrero no sabía que la decisión de ofrecerse como voluntaria para ayudar a una familia refugiada a asentarse en su ciudad le cambiaría la vida.


Begoña trabajó como enfermera hasta los 78 años y ahora, jubilada, vive en un piso con su hermana.

La familia de refugiados, formada por Minwer, su mujer Wafaa y sus hijos Adnan, Sidra, Mashael y la pequeña Sham, llegaron a España en abril desde Jordania y fueron trasladados a Portugalete, cerca de donde vive Begoña. Ella se unió a un grupo de sponsors locales y muy pronto empezó a acompañar a la familia en su día a día. Va a su casa, cuida a los niños mientras que sus padres están en clases de español y les ayuda a moverse por la ciudad. Lo que empezó como un voluntariado se convirtió muy pronto en una amistad.

“La gente me pregunta ‘¿pero qué haces tú por ellos?’ y yo les digo pues que más bien la pregunta es ‘¿qué hacen ellos por mí?’ Conocerles te transforma y te ayuda a pensar de una forma distinta”, cuenta Begoña.

“Cuando llegamos nos recibieron con los brazos abiertos”

Begoña forma parte de un grupo de sponsor en un programa piloto de patrocinio comunitario que busca ofrecer una atención integral a cinco familias refugiadas mientras se instalan en el País Vasco, en el norte de España. El proyecto cuenta con el apoyo de Cáritas y de la Fundación Ellacuría. Las familias reciben ayuda para aprender el idioma, ir al médico, llevar y recoger a los niños del colegio y familiarizarse con el vecindario. El objetivo es que se sientan parte de la comunidad.

“Cuando llegamos nos quedamos muy sorprendidos por el recibimiento que nos dieron”, dice Minwer.

Los programas de patrocinio comunitario se están arraigando en otros países europeos, pero esta iniciativa en el País Vasco es la primera de este tipo que se desarrolla en España. Nace de la colaboración entre organizaciones de la sociedad civil, el Gobierno central, el gobierno autonómico, y la Agencia de la ONU para los Refugiados, ACNUR.

Karmele Villarroel trabaja en la Fundación Ellacuría, que brinda asistencia técnica a los sponsor locales del programa. Ella destaca que para que pueda replicarse el programa en otras comunidades, lo importante es que se pueda establecer una buena relación entre la familia y el vecindario.

“La integración de la familia en el barrio, va bien… y otras familias que reciben apoyo también de sponsors en sus comunidades se benefician de esta experiencia y los pueden tener como referentes”, explica Karmele.

En el País Vasco, como en otras muchas regiones, se vivió la dura realidad de la Guerra Civil española (1936-1939). Pablo Picasso inmortalizó los horrores del conflicto en su obra Guernica, pintada en mayo de 1937, poco después del bombardeo de la pequeña ciudad de mismo nombre. “La obra del pintor ayudó a que mucha gente tomara conciencia sobre la importancia de acoger a las personas que huyen de la guerra”, dice Villarroel.

La experiencia vivida por Wafaa y Minwer muestra cómo la guerra puede destrozar una familia. Nos recuerda el sufrimiento de las personas refugiadas, pero también nos enseña que ser recibidos con los brazos abiertos puede ayudar a empezar de cero.

“Vivía atemorizado, me daba miedo dormir por las noches”

Antes de que empezara la guerra, Minwer, de 36 años, y Wafaa, de 34, vivían con sus cuatro hijos en la ciudad siria de Homs. Él trabajó primero como obrero y después en repostería siria. Su vida cambió un día de septiembre de 2011. En medio de fuertes protestas en la calle, un proyectil impactó en una de las habitaciones de la planta de arriba de su casa. Su hijo de 3 años murió en el acto y su hija, aún bebé, resultó gravemente herida, falleciendo poco después. La familia huyó, temiendo por sus vidas.

Lo que aconteció después fueron tiempos duros en los que la familia tuvo que lidiar con la inseguridad, el hambre, la pobreza, las heridas pero, sobre todo, el dolor y la pena.

  • Karmele Villaroel (izq.) de la Fundación Ellacuría y Begoña Herrero, sponsor, se divierten con Wafaa y los niños durante una visita al museo Guggenheim de Bilbao.
    Karmele Villaroel (izq.) de la Fundación Ellacuría y Begoña Herrero, sponsor, se divierten con Wafaa y los niños durante una visita al museo Guggenheim de Bilbao. © ACNUR/Markel Redondo
  • La voluntaria Nagore recoge a los niños en su escuela cerca de Bilbao (de izda a dcha: Mashael, de 5 años, Sidra, de 6, y Adnan, de 9).
    La voluntaria Nagore recoge a los niños en su escuela cerca de Bilbao (de izda a dcha: Mashael, de 5 años, Sidra, de 6, y Adnan, de 9). © ACNUR/Markel Redondo
  • Begoña Herrero, una sponsor local mira a los niños mientras juegan fútbol en un parque en Portugalete, España.
    Begoña Herrero, una sponsor local mira a los niños mientras juegan fútbol en un parque en Portugalete, España. © ACNUR/Markel Redondo
  • Wafaa, Mashael, Adnan, Sidra y Minwer delante del museo Guggenheim de Bilbao, durante un paseo con un grupo de voluntarios comunitarios.
    Wafaa, Mashael, Adnan, Sidra y Minwer delante del museo Guggenheim de Bilbao, durante un paseo con un grupo de voluntarios comunitarios. © ACNUR/Markel Redondo

“Vivía atemorizado, me daba miedo dormir por las noches. Pasaron dos años y parecieron cien”, cuenta Minwer.

Con el tiempo lograron cruzar la frontera con Jordania. Cuando el personal de ACNUR vio el estado en el que se encontraban, les remitió directamente al hospital. Pasaron tres años en el campo de refugiados de Za’atari y luego vivieron en un piso en la ciudad de Mafraq, con asistencia de ACNUR. El año pasado les comunicaron que habría la posibilidad de irse a España.

El reasentamiento en terceros países resulta crucial para algunas personas refugiadas que pueden no encontrar la seguridad o estabilidad en el país al que huyeron inicialmente. El reasentamiento es una de las soluciones a largo plazo que tratarán los gobiernos de países de todo el mundo como una de las prioridades, en su encuentro en el Foro Mundial sobre Refugiados que se celebrará en Ginebra en diciembre. Pero en la práctica el reasentamiento es poco frecuente y depende de la generosidad de los países de acogida.

“Siento que en España tengo otra familia”

El Foro llega tras el impulso generado por el Pacto Mundial sobre Refugiados aprobado por la Asamblea General de Naciones Unidas el año pasado, y busca mejorar el nivel de compromiso internacional con los más de 70 millones de personas en el mundo que se han visto forzadas a abandonar sus hogares. Este exitoso programa de patrocinio comunitario será una de las buenas prácticas que se presentarán en el Foro, un ejemplo de las contribuciones positivas que pueden surgir de la sociedad civil a la hora de encontrar soluciones para las personas refugiadas.

Los gobiernos tienen un papel que desempeñar, pero las personas son siempre importantes.

Minwer cuenta que el recibimiento que les dieron en Bilbao es mucho más de lo que habrían esperado. Sus hijos más mayores se han apuntado a un grupo local de scouts, y en su vecindario ya no se siente extraño ni ajeno; siente que pertenece a la comunidad.

“Tenía un gran dolor y una gran herida abierta”, dice Minwer. “Ese dolor no se puede olvidar, pero hay personas que te ayudan a sobrellevarlo, con sus acciones y la forma en que nos ayudan para integrarnos. Por eso cuando conocí al grupo sentí que en España ya contaba con otra familia”.

Gracias a los sponsor, los niños están adaptándose a su entorno con mucha energía y entusiasmo. Ya hablan español y están aprendiendo euskera. Cuentan ya con lo que sienten como una familia nueva.

Cuando Begoña va a su casa, la llaman abuela.