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Sobrevivientes de violencia sexual reconstruyen sus vidas en la RDC

Historias

Sobrevivientes de violencia sexual reconstruyen sus vidas en la RDC

Más de 300 mujeres sobrevivientes de violencia sexual y de género están recibiendo capacitación y apoyo psicosocial para ayudarlas a reintegrarse en la sociedad.
1 December 2020
Una de las mujeres que enseña cocina en el centro sirve pasteles a la hermana Adolphine, que supervisa las actividades del centro de reintegración en Kananga.

Cientos de mujeres trabajan duro al final de un pasillo, en un edificio en una calle secundaria bordeada de bananos en la ciudad de Kananga, en la provincia de Kasai Central, en la República Democrática del Congo.


Fidèle, de 36 años, observa atentamente mientras su instructora muestra al grupo cómo mezclar la masa de la tarta. La capacitación le ayuda a centrarse en su recuperación después de haber sido violada mientras viajaba a Kananga con sus seis hijos para visitar a su marido en el hospital, después de que resultara herido en un accidente en la mina donde trabajaba.

“Algo terrible sucedió en el camino. Nos detuvo un grupo de hombres armados. Uno de ellos me llevó al monte y me violó varias veces”, recuerda.

Huérfana desde niña y analfabeta, Fidèle se enfrentó al segundo momento más difícil de su vida: fue rechazada por su marido y su comunidad y quedó sola en su trauma. Peor aún, fue abandonada y tuvo que valerse por sí misma y cuidar de sus hijos. Pero luego recibió atención médica de Médicos Sin Fronteras y fue remitida al Centro de Recuperación y Reintegración María Madre de la Esperanza, en Kananga, que cuenta con el apoyo de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados.

Aquí, grupos de mujeres están ocupadas tallando bloques de jabón con un cortaalambres, mientras otras se sientan al frente del salón en tres filas, cosiendo vestidos con tranquilidad y concentración. Un par de bebés de una semana duermen en mantas tejidas a los pies de sus madres. Otros, como Fidèle, se sientan alrededor de un cubo de mezcla para tortas escuchando a su capacitadora.

“Algo terrible sucedió en el camino. Uno de ellos me llevó al monte y me violó varias veces”.

En total, 300 mujeres sobrevivientes de violencia de género están recibiendo formación profesional, apoyo psicosocial y clases de alfabetización, como parte del proyecto de apoyo de ACNUR para ayudarlas a ellas y a otros miles de sobrevivientes a reintegrarse en la sociedad. El programa de capacitación de seis meses de duración también incluye mecánica, electrónica, tecnología de la información y gestión de pequeñas empresas para ayudar a las mujeres a ser autosuficientes.

En 2016, el conflicto entre las fuerzas gubernamentales y las milicias tribales azotó a la región del Gran Kasai, ya afectada por altos índices de pobreza y violencia de género. Según OCHA, casi 1,3 millones de personas están desplazadas internamente en la región del Gran Kasai y decenas de miles más han huido a la vecina Angola.

Si bien el conflicto terminó en 2019, la violencia sexual y las prácticas tradicionales nocivas siguen siendo un arma en la región hoy en día, sobre todo en relación con las disputas étnicas y de tierras. Sólo este año, más de 6.200 incidentes de violencia sexual fueron reportados de enero a septiembre en toda la RDC.

“Miles de personas siguen sufriendo abusos extremos de los derechos humanos y violaciones desgarradoras, siendo la más traumática la violencia sexual, que es un ataque directo a la esfera más íntima de cualquier persona”, dice Ali Mahamat, jefe de la oficina de ACNUR en la región de Kasai.

Añade que miles de mujeres perdieron a sus hijos, padres y parejas en los combates, lo que “ha dejado cicatrices y un sufrimiento inimaginable”.

“Miles de personas siguen sufriendo abusos extremos de los derechos humanos, el más traumático es la violencia sexual”.

“En una región en la que las costumbres tradicionales estigmatizan la violación y la agresión sexual, la mayoría de las sobrevivivientes son condenadas al ostracismo y relegadas a los márgenes de la sociedad sin medios de apoyo, quedando desesperadamente vulnerables”, explica.

Desde enero de este año, ACNUR ha ayudado a casi 10.000 mujeres como Fidèle en la región de Kasai. Psicólogos y trabajadores sociales están ayudando a las mujeres a superar sus traumas, asegurándose de que accedan a importantes servicios como la atención sanitaria y la educación. Se imparten clases de alfabetización para complementar la formación, mientras que ACNUR proporciona una subvención de emergencia en efectivo para ayudar con las necesidades más inmediatas.

“Ayudar a las sobrevivientes de estos terribles abusos a reconstruir sus vidas y a reintegrarse en la sociedad es una prioridad fundamental”, añade Mahamat. “Afortunadamente, vemos que nuestros proyectos están realmente mejorando las vidas de las beneficiarias”.

Christine, 45, es madre de nueve hijos y una sobreviviente. El año pasado, era una beneficiaria, pero este año ha regresado como capacitadora, compartiendo sus habilidades de pastelera con otras mujeres.

Una cicatriz en su cuello apunta a un pasado doloroso; una herida sufrida con una bayoneta, cuando fue violada por hombres armados durante los combates en la zona de Nganza, en la provincia de Kananga.

“No tuve nada en mi vida después de eso. No podía comer. Ahora, al menos puedo ganar algo de dinero para ayudar a mis hijos”, dice Christine con una voz baja pero decidida.

La hermana Adolphine, que supervisa el proyecto, se refiere al área de Nganza como “terre rouge” (tierra roja en francés) debido a las atrocidades que ocurrieron allí. Para ella, el valor del proyecto vocacional se extiende mucho más allá de las paredes del centro de recuperación.

“Este proyecto no sólo ayuda a las mujeres y a los comerciantes a los que compran los ingredientes primarios que necesitan”, explica. “Les está ayudando a reconstruir sus vidas y a añadir valor a su humanidad porque están contribuyendo al bienestar de la comunidad. No importa lo poco que sea”.

La hermana Adolphine añade que el proyecto valoriza a las familias y toda la comunidad se beneficia como resultado.

“Nos da una sensación de satisfacción ver cómo pueden ser impactadas tan positivamente por estas actividades”, añade.

“Les está ayudando a reconstruir sus vidas y a añadir valor a su humanidad”.

En el puesto de fabricación de jabón, Christiane, otra capacitadora, explica cómo la mezcla de aceite, agua y lejía se vierte en dos cajas de madera antes de que se solidifique y se corte en trozos. Los trozos se venden entre 13 y 50 centavos de dólar, dependiendo de los tamaños.

Detrás de ella hay una pizarra con las letras del alfabeto.

“Utilizamos esto para ayudar a explicar las letras y los números a las mujeres para ayudarlas a vender sus productos”, añade.

Cuatro de las mujeres se apartan de cortar el jabón. Una señala las letras de la pizarra antes de liderar el grupo en el canto y el baile.

“¡A! ¡Be! ¡Ce! ¡De!” ella canta en voz alta.

La hermana Adolphine sonríe mientras las mujeres se acercan.

“Esto es una familia”, afirma.