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El sector privado colombiano abre sus puertas a las personas venezolanas

Historias

El sector privado colombiano abre sus puertas a las personas venezolanas

Más allá de un gesto caritativo, las empresas colombianas están descubriendo que contratar personas refugiadas y migrantes venezolanas tiene sentido comercial.
14 November 2019
César Jiménez Martínez, de 18 años, quien nació con discapacidad auditiva y se comunica a través del lenguaje de señas, trabajando en la hamburguesería Sierra Nevada, en Bogotá, Colombia.

El venezolano César Jiménez Martínez tiene una discapacidad auditiva y del habla desde su nacimiento y ahora, es también refugiado. Sin embargo, Sierra Nevada, una empresa colombiana de comida rápida vio más allá de los desafíos y reconocieron en él a un buen empleado.


“Cuando llegué a Bogotá, imprimí muchos currículos y los repartí compañía por compañía, buscando cualquier tipo de trabajo. Pero nadie me contrataba”, dijo César, en lenguaje de señas y a través de un intérprete. “Así que cuando me entrevisté con Sierra Nevada y me pidieron que empezara al día siguiente, me sentí muy bien”.

La cadena nacional de hamburguesas y batidos es parte de un pequeño, pero creciente, grupo de actores del sector privado colombiano que han empezado a abrir sus puertas a las personas refugiadas y migrantes venezolanas, ofreciéndoles un empleo estable, lo que según los expertos es uno de los principales indicadores del éxito futuro de una persona refugiada.

Varios meses después de que César llegara a Bogotá desde su casa en la ciudad de Maracay, en el norte de Venezuela, un amigo le contó sobre una lista de trabajos que había visto en Facebook específicamente para personas refugiadas y migrantes, la comunidad LGBTI y quienes como él, tienen necesidades específicas.

“Descubrimos que nuestros trabajadores venezolanos son algunos de nuestros mejores empleados”.

La gerencia de la compañía había tomado la decisión de adoptar prácticas de contratación inclusivas, estableciendo incluso cuotas para cada uno de los grupos. Ha valido la pena, dicen los ejecutivos de la compañía.

“Descubrimos que nuestros trabajadores venezolanos son algunos de nuestros mejores empleados”, dijo Marcela Covelli Escobar, directora de recursos humanos de Sierra Nevada. “Han pasado por mucho y están tan felices y agradecidos de tener un trabajo que realmente van más allá”.

Las personas refugiadas y migrantes venezolanas ahora representan aproximadamente el 20 por ciento de la fuerza laboral de 160 miembros de Sierra Nevada, y César es uno de los 17 empleados sordos.

Trabaja principalmente en la parte trasera, en la estación de freír y en la parrilla, su favorita, y sus ganancias cubren el modesto departamento donde vive con su esposa y su hijo pequeño, así como todos los demás gastos de la familia. Incluso puede enviar ocasionalmente dinero a su madre y a otros familiares que se continúan en Venezuela.

Se estima que 4,5 millones de venezolanos han huido de la escasez, la inflación desenfrenada, la inseguridad y la persecución, principalmente a otras naciones sudamericanas, desde la vecina Colombia, en el norte, hasta Argentina y Chile en el extremo sur del continente.

Esta semana, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) lanzaron un plan de 1.350 millones de dólares para responder a las crecientes necesidades de las personas refugiadas y migrantes venezolanas en América Latina y el Caribe, así como las de las comunidades que les acogen.

En Colombia y más allá, muchos luchan por obtener documentos de trabajo, a veces aceptan salarios que están considerablemente por debajo del salario mínimo por desesperación, lo que finalmente perjudica a los trabajadores venezolanos y locales por igual. E incluso quienes logran obtener el derecho al trabajo a menudo cuentan historias de haber sido despedidos de las entrevistas de trabajo tan pronto los reclutadores supieron su nacionalidad.

Aun así, César no es el único con una historia de esperanza en un nuevo trabajo.

Laura Espinosa*, de 37 años, también se mantiene a sí misma y a su familia gracias a la decisión explícita de otra empresa privada de contratar personas refugiadas y migrantes venezolanas. Anteriormente era una funcionaria pública en Venezuela, pero Laura abandonó una carrera profesional de más de una década para comenzar de cero en Colombia.

Poco después de huir, escuchó que el exportador de flores Sunshine Bouquets estaba contratando a cientos de refugiados y migrantes venezolanos para trabajar durante la temporada alta previa al Día de San Valentín. Los seleccionados serían transportados en autobús desde Cúcuta, la ciudad a lo largo de la frontera oriental de Colombia con Venezuela, que es el punto de entrada para muchos refugiados y migrantes, a Tabio, al norte de Bogotá, donde Sunshine Bouquet tiene algunos de sus enormes invernaderos, así como sus instalaciones de fabricación de ramos de flores.

“Todos los días, estoy agradecida de que me hayan abierto las puertas aquí".

A los trabajadores se les proporcionaría comida y alojamiento, en filas ordenadas de remolques equipados con agua caliente y otras comodidades, durante el contrato de un mes, permitiéndoles guardar el cien por ciento de su paga, equivalente al salario mínimo mensual de Colombia de aproximadamente 250 dólares, más horas extras.

“Siempre había tenido trabajos administrativos y nunca había hecho ningún trabajo manual”, dijo Laura, que trabaja en los invernaderos, cuidando las hileras de rosas y también construyendo los ramos de flores que se envían diariamente a los minoristas estadounidenses como Walmart. “Pero estaba tan feliz por esta oportunidad que me arremangué y lo di todo”.

Laura cautivó a sus jefes y se le ofreció un puesto a largo plazo una vez que terminó el contrato de temporada alta. Ella mudó a sus padres y a su hija de 7 años a un departamento y está apoyando a toda la familia solo con su salario.

“Todos los días, estoy agradecida de que me hayan abierto las puertas aquí, porque a pesar de lo difícil que fue para nosotros salir de Venezuela, fue mucho más fácil que para muchos otros, gracias a mi trabajo”, dijo.

El empleo es un componente clave de la protección de las personas refugiadas, solicitantes de asilo y migrantes en sus países de acogida, y los medios de vida son uno de los pilares del Pacto Mundial sobre los Refugiados, un acuerdo histórico de 2018 para forjar una respuesta más sólida y justa a los movimientos de refugiados.

El Pacto Mundial es la base del próximo Foro Mundial sobre los Refugiados, que reunirá a gobiernos, organizaciones internacionales, autoridades locales, sociedad civil, sector privado, miembros de la comunidad de acogida y refugiados. El Foro tiene como objetivo aliviar la carga de las comunidades de acogida, impulsar la autosuficiencia de los refugiados y aumentar las oportunidades de reasentamiento. El Foro inaugural se celebrará en Ginebra del 17 al 18 de diciembre.

*El nombre fue cambiado por razones de protección.