Las personas refugiadas alzan su voz por la justicia racial

La brutalidad policial que provocó protestas en los Estados Unidos y más allá les recuerda a algunos refugiados la intolerancia de la que huyeron, y que a veces todavía se encuentran en los lugares que ahora llaman hogar. Estas son algunas de sus voces.

Linda kana, 28 años, estadounidense y ex refugiada de la República Democrática del Congo, vive en Lexington, Kentucky. Las protestas de Las Vidas Negras Importan revivieron en ella muchas emociones.  © ACNUR/Nina Niragire

Cuando estallaron las protestas en los Estados Unidos por el asesinato de George Floyd, el pastor Yves Kalala prometió dirigir su iglesia, en su mayoría blanca, en una aldea en Ontario, Canadá, en el abordaje del sesgo inconsciente en sus filas.


La decisión de Yves de abordar el tema con su congregación y sus compañeros pastores tomó valor. Él creció en la República Democrática del Congo (RDC) y llegó a Canadá en 2007 como refugiado. La intolerancia lo obligó a huir de su país de origen, dijo, y le dolió verlo en su tierra adoptiva.

"Ha sido difícil, pero finalmente... muchos pastores están dispuestos a tocar este tema", dijo.

La iglesia y su denominación han hecho un nuevo compromiso para combatir el racismo y acordaron producir nuevos videos de capacitación sobre el tema para los líderes.

Al igual que Yves, los refugiados en varias partes del mundo están aprovechando el momento para estimular el diálogo sobre la discriminación racial en las comunidades que ahora llaman hogar. Es un problema que muchos refugiados conocen muy bien.

La persecución basada en la raza es un importante motor de desplazamiento en muchas partes del mundo, y afecta a muchos refugiados incluso después de haber huido a otro país en busca de seguridad. La Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 reconoce explícitamente la persecución racial como base para la condición de refugiado.

Las protestas contra el racismo comenzaron a fines de mayo, cuando se hizo público un video que mostraba a un oficial de policía blanco arrodillado en el cuello de Floyd durante casi nueve minutos, mientras que otros agentes presenciaban. Floyd, que era negro, murió.

Las manifestaciones se extendieron rápidamente a cientos de ciudades en todo Estados Unidos, y fuera del país, llegado incluso a Alemania, Japón y Nueva Zelanda. Muchos refugiados de todo el mundo también están hablando, participando y reflexionando sobre sus propias experiencias, tanto en sus países de origen como en sus nuevos hogares.

Prudence Kalambay, de 39 años, huyó de la RDC y vive en Brasil. "Es muy importante que las personas sean conscientes del daño causado", dijo.   © ACNUR / Miguel Pachioni

Prudence Kalambay, de 39 años, se vio obligada a huir de la República Democrática del Congo después de convertirse en blanco de persecución política y ahora vive en São Paulo, Brasil. Prudence, ex trabajadora política y reina de belleza, solo había visto a Brasil en telenovelas antes de llegar en 2008. La realidad no se parecía en nada a lo que veía en la televisión, dijo. Como embarazada, refugiada y mujer negra, se enfrentó a la discriminación.

Después de unirse a Empowering Refugees, un programa apoyado por ACNUR Brasil y otros socios que defiende a las mujeres, se dio cuenta de que su propia historia podría ser una fuente de inspiración para otras refugiadas, madres y mujeres negras. Ahora trabaja como artista y oradora de derechos humanos y planea estudiar relaciones internacionales. Ella está agradecida por el movimiento Black Lives Matter.

"Es muy importante que todos sean conscientes del daño hecho... a los negros", dijo. “Para mí, el significado de este movimiento es... cambiar el sistema. Queremos equidad social, una garantía de nuestros derechos”.

Lourena Gboeah, de 32 años, huyó de Liberia con su familia cuando era niña. Cada vez que su hijastro sale de la casa, ella le dice que no use una "sudadera con capucha".  © ACNUR / Emir Lake

Lourena Gboeah, de 32 años, llevó a su hija de tres años a una manifestación de Black Lives Matter en su ciudad natal de Newark, Delaware, en los Estados Unidos (dijo que mantuvo su distancia de otros manifestantes debido a las preocupaciones por la COVID-19).

Como madre negra, se preocupa por su familia. Los tiempos inciertos, dijo, le hacen pensar en lo que sintió su propia madre cuando huyó de la guerra en Liberia en la década de 1990. Cada vez que su hijastro de 23 años sale de la casa, dijo, le dice que no use una "sudadera con capucha", la sudadera es un elemento que algunas personas asocian con la criminalidad, dependiendo de quién lo use.

“Mis padres eran refugiados mayores y no sabían cómo funcionan las cosas aquí. No pudieron educarme sobre el hecho de que tenía que trabajar extra, extra duro... Las escuelas no me enseñaban sobre el racismo inherente o contextual en este país", dijo Lourena, quien ahora se desempeña como delegada ante el Congreso de Refugiados, una organización de defensa con sede en los Estados Unidos. Ella espera inculcar en sus propios hijos la sabiduría que le faltaba al crecer. "Puedo ayudarlos a comprender qué problemas deben tener en cuenta".

Linda Kana, de 28 años, ciudadana estadounidense que vive en Lexington, Kentucky, recuerda sentirse bienvenida cuando llegó a los Estados Unidos como refugiada de la RDC. Todos sonrieron, recordó, lo que encontró encantador y nuevo. Pero ella experimentó tanto racismo sutil como manifiesto, dijo. Algunas personas le preguntaron si los africanos se duchan. Una paciente que cuidaba en su antiguo trabajo como asistente médica le dijo que su cabello podría usarse para trapear el piso. (Linda dijo que usa su cabello naturalmente en Estados Unidos, después de haber renunciado al relajante que usaba cuando era más joven, para mostrarle a la gente que ama su cabello).

Linda, quien también se desempeña como representante en el Congreso de Refugiados, dijo que ver videos de oficiales de policía que mataban a personas negras la hizo sentir que no estaba a salvo incluso después de que su familia huyera de la RDC. Ahora participa en las manifestaciones y espera hacer que el país sea seguro para sus primos, sobrinas y sobrino que también están aquí.

"Es bastante emotivo ver a alguien que se supone que debe protegerte matando a alguien que se parece a ti", dijo Linda, quien ahora trabaja como traductora para refugiados y presenta un programa de radio comunitario sobre música y cultura africanas. “Despertó la tragedia que vi en casa. Pasé 10 años huyendo. No estaba a salvo”.

Algunos refugiados dijeron que simpatizaban con el movimiento Black Lives Matter y querían mostrar su apoyo.

Heval Kelli, de 37 años, es un ex refugiado sirio que trabaja como cardiólogo en Atlanta, Georgia. Él ayudó a organizar una protesta de Black Lives Matter.   © ACNUR / Tomesha Faxio

Heval Kelli, de 37 años, es un ex refugiado sirio que trabaja como cardiólogo en Atlanta, Georgia. Ahora ciudadano naturalizado, organizó una protesta en el suburbio cercano de Clarkston. Señaló que el movimiento de derechos civiles estadounidense condujo a cambios legislativos que ayudaron a más refugiados e inmigrantes a reconstruir sus vidas en los Estados Unidos.

"Mi gente se enfrentó a la opresión debido a nuestra identidad kurda y creemos en las palabras de Martin Luther King: 'La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes'", dijo Kelli, quien se graduó de la Escuela de Medicina de Morehouse, que originalmente era parte de Morehouse College, la institución históricamente negra en Atlanta donde alguna vez estudió Martin Luther King. "Estoy de pie contra la injusticia porque quiero que mis hijos crezcan en paz y no sean juzgados por sus antecedentes o apariencia".

Amelie Fabian, de 24 años, huyó de Ruanda y se convirtió en ciudadana canadiense. "Una vez que llegamos al mundo occidental, ya no somos africanos, somos negros".   © ACNUR / Michelle Siu

Algunos refugiados dijeron que encontrar su lugar en el movimiento actual tomó tiempo. Amelie Fabian, de 24 años, huyó de Ruanda cuando era pequeña y vivió con su familia durante años como refugiada en la nación de Malawi, en el sudeste africano. Llegó a Canadá como estudiante cuando tenía 18 años, y fue allí donde escuchó por primera vez sobre el movimiento Black Lives Matter. Ahora está estudiando un año en París, donde se ha unido a las protestas.

"Mi primera reacción fue cerrarme", dijo. "Y la mayoría de mis amigos, eso es lo que estaban haciendo. Decían: ‘Somos africanos, esto no nos concierne’, pero la realidad es que nos concierne porque una vez que llegamos al mundo occidental, ya no somos africanos, somos negros”.

Amelie planea regresar a Canadá para terminar su maestría en políticas públicas y asuntos globales este verano. Su objetivo, dijo, es regresar a Canadá y trabajar en servicio o gobierno para hacer que el país sea más seguro y más equitativo para todos los que viven allí.

“Inicialmente, solo quería educarme, volver a África y tratar de resolver problemas en el continente, que sentía que era mi hogar. Pero desde que me convertí en canadiense, finalmente siento que tengo un hogar y me inclino a servir a la comunidad en Canadá ", dijo. Sobre convertirse en ciudadana, agregó, "simplemente te devuelve la dignidad humana, creo que al final del día es lo que la mayoría de los refugiados están buscando".

Escrito por Sarah Schafer en Nueva York y Matthew Mpoke Bigg en Londres. Con contribuciones de Kristy Siegfried en Oxford, Reino Unido, y Gabriella Reis en Brasilia.

Este artículo se publicó en su versión original en inglés en Medium.