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Soy Ana, tengo 14 años, soy hondureña

y soy refugiada.

 

A mí siempre me gustó mucho ir a la escuela. Me iba muy bien. Incluso saqué mención honorífica por tener el mejor promedio. Pero en Honduras, hasta ir a la escuela representa un riesgo, pues las pandillas (maras) siempre están detrás de ti.

 

Tenía que tener cuidado si llegaba a cruzar un territorio de una mara rival a la que controlaba el lugar donde vivía; al ir a la escuela, a la tienda o a la casa de un familiar. Los rivales pueden pensar que uno va espiarlos y la mara de dónde vives también puede pensar que uno es un soplón. Para poder ir a la escuela tenía que tener mi uniforme puesto. Aun así, cuando me tocaba pasar por donde los mareros estaban, sentía un escalofrío que me recorría todo el cuerpo. Uno sabe cuándo lo están observando y uno trata de no demostrarles temor, pero es como si lo olieran.

 

Mis tías se escondían en sus casas con sus hijos, no podían tomar el transporte público. Cada vez había menos cosas que podían hacer nada. Dejaban de  salir de sus casas para ir al trabajo o a la escuela por las balaceras.

 

Un día de camino de regreso de la escuela, un marero me dijo que quería que fuera su pareja.

Yo no quería estar cerca de él, pero no sabía qué hacer. Me amenazaron con matar a mi familia y dejarme al último para que viera todo si no accedía a irme con él.

 

Cuando mi mamá supo lo que me pasaba, decidimos irnos a otro barrio donde vivía un familiar. Pero en Honduras, los arboles tienen ojos y las paredes hablan.  Por temor a represalias de las maras, el familiar que nos estuvo albergando nos sacó de su casa. Así que seguimos moviéndonos dentro de Honduras, entre casas de amigos o familiares que nos recibieron, hasta que finalmente salimos del país.

 

No sabíamos a dónde ir, qué hacer, o a quién pedir ayuda. No teníamos papeles y tuvimos que cruzar la frontera de manera irregular. En el trayecto, nos robaron el dinero que pudimos juntar y traer con nosotros. Tuvimos mucho miedo, pues nunca imaginamos que tendríamos que dejar nuestra casa, nuestros amigos, mi escuela y todo lo que teníamos.

 

Aunque el camino estuvo lleno de miedos y peligros, finalmente llegamos a otro país donde solicitamos protección. Hoy somos refugiados en Costa Rica y estamos intentando comenzar una nueva vida en este país.