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Me llamo Juan, tengo 16 años, soy salvadoreño y soy refugiado.

 

En mi país, las “maras” o pandillas nos acorralan en todo momento.

 

Al principio, un vigilante del barrio que trabaja para la mara nos dijo que debíamos pagar una “renta” (extorsión), y establecieron cuánto debíamos pagarles cada semana. Poco a poco la renta subía y subía, y todos en la familia teníamos que trabajar para poder pagar la renta. Llegó un momento en que no alcanzábamos a cubrir la cuota que esperaban de nosotros. Esa no es forma de vivir.

 

Luego, aumentaron sus exigencias, demandando que me uniera a la mara. Ellos se han llevado a muchos niños a trabajar para ellos desde muy chicos. Comienzan obligándoles a cobrar la extorsión a alguna otra familia, o llevarle un mensaje a alguien del barrio. Para los chicos más grandes, como yo, estar con la mara significa hacer cosas que yo no quiero hacer: lastimar, maltratar, herir, robar, extorsionar, matar.

 

Yo siempre buscaba una forma de negarme. Les decía que tenía mucho trabajo en la panadería, el negocio de mi familia. Pero otro muchacho del barrio no corrió con la misma suerte que yo, pues cuando unos mareros le pidieron que fuera su “bandera” pero como les dijo que no, ellos le dispararon en las rodillas. No pudo volver a caminar. Su familia se lo llevó para otro país.

 

Para los muchachos que no han sido reclutados por las maras, pero que viven en territorios controlados por ellos, es muy difícil poder evitar entrar en contacto con la mara. Y nos preocupa ser confundidos por miembros de otras maras.

 

En El Salvador hay ciertas formas de vestirse para los hombres. Usamos las camisas metidas en el pantalón con correa para que no piensen que escondemos armas. Y tampoco se puede saludar con los dedos abiertos, porque es la forma como las maras se saludan en El Salvador, dependiendo cómo colocan sus dedos, les sirve para mostrar a qué mara pertenecen cuando saludan a otro en la colonia.

 

Hasta que un día uno de los mareros me fue a buscar a la escuela para decirme que en algún momento se me terminarían todas las excusas. Yo sabía que no podría seguir negándome a hacer lo que la pandilla me pedía, así que un día decidí dejar mi país, porque sabía que si me iba a alguna otra colonia en El Salvador, ellos me encontrarían, como lo han hecho con otras personas. No hay forma de escapar de ellos. Supe de unos amigos que se habían ido antes, y decidí seguirlos.

 

Llegué hasta México a un albergue para extranjeros, que como yo llegan sólo con lo que traen puesto. Aquí me enteré que podía pedirle protección a México para que no me regresaran a El Salvador, porque si vuelvo, tengo miedo de lo que puedan hacerme.