Sin dormir en Sittwe pero soñando con la paz

Displaced people in western Myanmar are living in varying conditions with different needs but a shared hope for peace and a home to go back to. [for translation]

Sorteando la brecha generacional en el campo de Ma Gyi Myaing para desplazados internos en Sittwe, en el oeste de Myanmar.  © ACNUR/V.Tan

SITTWE, Myanmar, 18 de diciembre (ACNUR) – Hace seis meses, Misho, de 55 años, estaba contemplando una jubilación anticipada. Hoy, todo lo que quiere es tener un techo sobre su cabeza. Es una de las decenas de miles de cuyas vidas han quedado desarraigadas desde que comenzó la violencia intercomunal el pasado mes de junio en el oeste del estado de Rakhine, en Myanmar.

"Estaba cocinando por la tarde cuando la gente empezó a gritar: ¡fuego! ¡fuego!" recuerda de aquel fatídico día. "Corrí hacia fuera sin zapatillas y me corté los pies en un campo con cristales rotos. Pasamos la noche en una mezquita. Pensé que iba a morir de miedo".

Por la noche, esta viuda musulmana perdió su empleo como cocinera y asistenta de una familia rakhine local, en el que llevaba ocho años. También perdió el puesto de comida que también tenía y las gallinas que tenía que le abastecían de huevos. Ahora sus posesiones más valiosas consisten en una manta y una esterilla para dormir, y su hogar es una tienda que comparte con su hija en el campo de The Chaung, a las afueras de la capital del estado, Sittwe.

"Es una noche fría y no tengo más ropa" dice Misho, antes de añadir: "fuimos afortunados por venir pronto, porque si hubiésemos llegado más tarde no quedaría espacio".

Entre los recién llegados se incluye a los que han huido de los nuevos disturbios ocurridos en octubre, así como a desplazados que han estado viviendo con familias de acogida que no podían seguir manteniéndoles. Aquellos que ya no tienen espacio en los campos existentes han estado levantando refugios improvisados a los lados de los caminos.

Como organización líder de protección, refugio, coordinación y dirección de campos en el Plan de Respuesta interagencial para esta emergencia, ACNUR ha estado trabajando con el gobierno para encontrar un terreno adecuado para levantar tiendas para este grupo de personas.

"La primera prioridad es asegurarse de que hay refugio para todos" dijo Maeve Murphy, que dirige la oficina de ACNUR en Sittwe. "Y como se están levantando campos, trabajamos con las autoridades para intentar y asegurar que se adhieren a las normas internacionales, particularmente desde la perspectiva del refugio".

Además de los campos con tiendas alrededor de Sittwe, ACNUR está construyendo este año 263 refugios temporales utilizando bambú y tejados de metal ondulados. Cada refugio grande puede acomodar a ocho familias.

Kyaw Hla, de 58 años, es la administradora de campo en el campamento de Hpwe Yar Kone y vive junto a 20 de sus parientes en una casa grande construida por el gobierno. Aunque el refugio es adecuado, otros servicios son insuficientes en este asentamiento a 45 minutos en coche desde Sittwe. A Kyat le gustaría que las raciones de comida se pudiesen distribuir más cerca del campo y lamenta el hecho de que su familia no haya comido carne o pescado desde junio.

Esta mujer dice que necesitan zonas adecuadas para el aseo, materiales de higiene y cacerolas para las cocinas que se están usando comunitariamente en estos momentos.

Consciente de que parte del personal de las ONGs están impacientes por trabajar en lugares específicos donde las tensiones comunitarias son continuas, Murphy, de ACNUR asegura que "estamos continuamente abogando por conseguir mejores fuentes para el agua, más servicios de saneamiento con casas que tengan baños individuales para mujeres y clínicas móviles que ofrezcan atención sanitaria".

En otro campo con refugios grandes llamado Ma Gyi Myaing, los servicios básicos están en orden, pero Ngine Saw Htet, de 61 años, sigue sin poder dormir. Se lamenta por su casa carbonizada, donde sólo se mantienen cuatro pilares, y la pérdida de su tienda en la que cargaba baterías y donde atendía a clientes musulmanes e indígenas rakhine.

"Los primeros diez días no pude dormir" dice con el ceño fruncido. "Ahora me estoy recuperando, pero todavía tengo miedo cuando hay silencio. Y me preocupo por el futuro. No tengo trabajo, ni ganancias. Sin apoyo financiero, no puedo abrir un negocio. Mi familia depende completamente de la asistencia".

En el campo de tiendas de The Chaung, Misho comparte las mismas preocupaciones. "Paso la mayoría del tiempo rezando" dice. "Rezo para poder irme a casa lo antes posible, para tener seguridad y un alojamiento adecuado, para poder trabajar de nuevo. Rezo para que haya paz con la gente rakhine, para vivir en paz con mis vecinos".