Azul y oro en el corazón: la singular historia de un refugiado africano en Argentina

Tres años después de llegar a Sudamérica, el refugiado ghanés Bayan Mahmud consiguió un trabajo con un futuro prometedor. jugando al fútbol para un equipo superior de Buenos Aires.

Bayan en el estadio de La Bombonera.  © Boca Juniors

BUENOS AIRES, Argentina, 7 de octubre de 2013 (ACNUR) – Hace tres años Bayan Mahmud se subió de manera clandestina a un barco que partía de Cape Coast, al sur de Ghana. No tenía ni idea de cuál era el destino, pero sentía miedo y lo único que deseaba era irse lo más lejos posible de su país.

Y así fue. Después de tres semanas, escondido como polizón, el joven de 16 años desembarcó del otro lado del océano Atlántico, en Argentina. Nunca imaginó que la suerte estaría de su lado y que sus habilidades futbolísticas le cambiarían la vida para siempre, en un país donde el fútbol es casi una religión.

Bayan había llegado a Cape Coast tras huir del resurgir de los enfrentamientos entre las tribus Mamprusi y Ksusasi, al norte de Ghana. Cuando se desató la violencia en 2010, él y su hermano Muntala se encontraban viviendo en un orfanato, ya que sus padres habían sido asesinados en una oleada previa de violencia, en 2005.

Ambos hermanos escaparon juntos, pero se separaron durante el trayecto de huida. Bayan llegó solo hasta el puerto con mucha incertidumbre. Pudo sobrevivir a aquel viaje trasatlántico gracias a la bondad de algunos miembros de la tripulación, que le dieron agua y comida sin despertar sospechas a bordo.

Cuando el barco finalmente llegó a un puerto en las costas argentinas, el joven tuvo que hacer frente a muchos desafíos. Las dos primeras noches durmió en las calles hasta que una persona lo ayudó a tomar un autobús que lo llevó hasta la capital del país, Buenos Aires.

Una vez en la gran ciudad, Bayan se cruzó con unos jóvenes senegaleses que le indicaron cómo llegar hasta la Comisión Nacional para los Refugiados (CONARE). Bayan fue reconocido como refugiado por las autoridades argentinas y, por ser un menor no acompañado, le fue asignado un tutor dependiente de la Defensoría del Pueblo de la Nación.

Pero su suerte cambió inesperadamente cuando fue descubierto por un ojeador de Boca Juniors, uno de los clubes de fútbol más populares de Argentina, mientras jugaba una pachanga con amigos en una plaza de Buenos Aires. Lo invitaron al club, donde le tomaron los datos y le hicieron una prueba deportiva. Hoy Bayan juega en las divisiones inferiores del club, donde continúa perfeccionando su destreza. Tiene talento y Boca augura un buen futuro futbolístico para este joven ghanés.

Boca Juniors lo hospedó en su tradicional Casa Amarilla, donde el club recibe a jóvenes futbolistas del interior del país, y también lo apoyó para que terminara su educación secundaria. Además, Boca lo ayudó a encontrar a su hermano Muntala a través de las redes sociales. Por su parte, ACNUR está ayudando con los trámites de la reunificación. "Es la única familia que tengo, sería muy feliz si él estuviera aquí conmigo", comenta Bayan.

Mientras tanto, Bayan entrena cada día y sueña con jugar en la primera división, usando la emblemática camiseta boquense "azul y oro" y deslumbrando como centrocampista en el estadio de Boca, conocido popularmente como La Bombonera. "Quiero ser el primer jugador negro en la selección argentina", dice.

Su inspiradora historia, su amplia sonrisa y su carisma han convertido a Bayan en un personaje muy querido y respetado por sus compañeros, y han generado el interés de varios medios de comunicación. Para el Presidente de Boca Juniors, Daniel Angelici: "Bayan es un chico fuerte, alegre, apreciado y lleno de esperanza. Para un club como Boca, un club de inmigrantes, es una enorme satisfacción tener a Bayan con nosotros".

Bayan, que es uno de los aproximadamente 5.000 refugiados y solicitantes de asilo en Argentina, no sólo ha sabido superar adversidades, también ha demostrado la importancia de la integración. Su historia destaca además el valor del deporte para los niños y niñas. Para los jóvenes refugiados, el deporte puede contrarrestar los problemas psicosociales, el estrés y la soledad que puede ocasionar el desarraigo.

También éste contribuye a mantenerse en forma, al bienestar mental y a la integración social.

Mientras sueña con un futuro brillante como futbolista profesional, Bayan recuerda a sus padres. "Siempre rezo por ellos, sé que estarían muy orgullosos de mí", dice.

Por Virginia Pico en Buenos Aires, Argentina