Una familia de refugiados se reencuentra tras un largo y peligroso viaje

Para Majdi Bedewe, hacer lo mejor por su hijo significaba correr el riesgo de no volver a verlo,.

Bedewe, de siete años, en el campo de refugiados de Yida antes de ser trasladado por ACNUR para reencontrarse con sus padres en otro campo tras una larga separación.  © ACNUR/D.Majak

AJUONG THOK, Sudán del Sur, 8 de noviembre de 2013 (ACNUR) – Para Majdi Bedewe, hacer lo mejor por su hijo significó arriesgarse a no volver a verlo nunca.

En febrero de 2013 los enfrentamientos entre las fuerzas gubernamentales y los rebeldes, que habían desplazado a decenas de miles de personas en el estado sudanés de Kordofán del Sur, llegaron a su pequeño pueblo. "Hubo disparos por todas partes, así que tuve que huir de casa con mi familia", recuerda Majdi. El padre, la madre y su hijo de siete años de edad, Bedewe, partieron a pie sin saber a dónde irían y con muy pocos suministros para el camino. Para el niño el viaje fue agotador y traumático.

"Tenía miedo de que todos muriésemos durante el viaje", recuerda Majdi. "¿Cómo perduraría mi apellido si todos moríamos?". Así que Majdi decidió enviar al niño antes.

Sabía que su hermano, que había huido de los combates anteriormente, ahora estaba viviendo en el campamento de refugiados de Yida, en la frontera con Sudán del Sur. Majdi encontró a un camionero que accedió a entregar al niño a su tío en Yida. "Yo ni siquiera pensé en lo que le podría pasar a mi hijo durante el camino. Sabía que sólo Dios podría salvarlo".

Majdi y su esposa regresaron a su pueblo, pero la continuidad del conflicto hizo que fuera muy peligroso cultivar y el hambre finalmente les obligó a abandonar su casa. En julio, ellos y más de mil personas procedentes de Kordofán del Sur cruzaron a Sudán del Sur, estableciéndose en la ciudad de Kodok, cerca del río Nilo. Sobrevivieron cocinando las hojas de los árboles de los alrededores hasta que ACNUR y sus socios les encontraron y les dieron asistencia.

Se aconsejó a su grupo que se trasladara al campo de Thok Ajuong, en un estado vecino, y unas 200 personas, entre ellos Majdi y su esposa Tomo, decidieron trasladarse. En septiembre viajaron en barco durante más de 30 horas y después se subieron a unos camiones para recorrer el tramo final hasta llegar a Ajuong Thok.

En este campo de refugiados, después de más de un año de separación y al final de un largo y arduo viaje, la familia finalmente se volvió a reunir. Majdi pidió al personal de ACNUR que tratase de encontrar a su hijo en el asentamiento de Yida y, en ocho días, Bedewe estuvo de nuevo con sus padres.

"Soy un hombre muy afortunado por haber tomado la decisión de venir a Ajuong Thok", dice Majdi. "Las palabras no pueden expresar lo agradecido que estoy al ACNUR por ayudarnos a encontrar a nuestro hijo".

El reencuentro del niño con su madre se produjo en la clínica médica del campo, donde estaba siendo tratada por un dolor de estómago. "Ver a mi hijo, que se había perdido y ahora se encuentra aquí, el que estuvo muerto pero ahora está vivo, me ha devuelto las fuerzas", asegura entre lágrimas Toma.

En el campo se le proporcionó a la familia un terreno y los materiales necesarios para que pudiesen construir un refugio. También se les facilitan raciones de alimentos mensuales y otros servicios básicos. Al igual que otros en el campamento, Majdi tiene previsto poner en marcha un pequeño huerto para complementar las raciones que reciben. La escuela del campamento ofrece una oportunidad a su hijo que nunca había tenido."Nunca pude ir a la escuela, pero aquí mi hijo podrá estudiar", dice Majdi mientras piensa en el futuro.