Los rohingya abren sus puertas a los recién llegados a Malasia

A las familias de acogida les resulta difícil hacer frente a medida que más parientes y conocidos huyen del estado de Rakhine en Myanmar.

Abdul Alam (a la izquiera) ha acogido a 15 personas de su familia y su aldea en Myanmar para que vivan con él en esta casa que tiene alquilada en Kuala Lumpur.  © ACNUR/B.Baloch

KUALA LUMPUR, Malasia, 28 de abril de 2014 (ACNUR) – Hace catorce años, Hazzurahman huyó del estado de Rakhine, en Myanmar, en un barco y terminó en Malasia. Con el tiempo, encontró trabajo, un lugar para vivir, y formó una familia en el exilio.

Catorce años más tarde, su sobrino Hassan* ha seguido sus pasos con una excepción: el joven de 16 años de edad no podía caminar y tuvo que ser llevado a un lugar seguro en Kuala Lumpur.

Lejos de ser un rito de paso, los duros viajes que emprendieron estuvieron motivados por un ciclo de violencia que ha llevado a decenas de miles de rohingya del estado de Rakhine a buscar refugio en la región.

En Malasia, ACNUR ha registrado a más de 35.000 rohingya en los últimos años y cree que hay más por la zona. La Agencia proporciona documentación y soporte para los más vulnerables entre ellos, pero gran parte del apoyo a estos desplazados proviene de la propia comunidad. Los que vinieron antes ahora están acogiendo a parientes y paisanos que han llegado más recientemente.

"Era muy joven cuando me fui de casa. Nosotros realmente no nos reconocemos unos a otros después de todos estos años", decía Hazurrahman, de 37 años, acerca de su sobrino. "Le pregunté por qué vino teniendo que pasar por tantos sufrimientos. Él dijo que los jóvenes estaban siendo arrestados y estaban desapareciendo. Temía ser el próximo".

Cuando llegó por primera vez, Hassan apenas podía sentir sus piernas después de meses de confinamiento y malnutrición en el campamento de un contrabandista en Tailandia. Su tío le ha tenido que ayudar con todo, incluso llevándole al baño varias veces al día.

Además, Hazurrahman tiene que cuidar a su esposa y su bebé, que nació hace poco más de un mes. Estas responsabilidades adicionales han afectado a su presencia en el trabajo y le han costado su puesto como instalador de baldosas de mármol.

Pero él no está solo en esta complicada situación. Otro trabajador rohingya de la construcción, Abdul Alam, de 33 años, acaba de perder su trabajo debido a una lesión de espalda. Además de su esposa y sus tres hijos, ahora acoge a otras 15 personas en tres habitaciones de alquiler en Kuala Lumpur.

El propio Abdul llegó en 1995 después de huir forzosamente. Sus padres, hermanos y parientes políticos se unieron a él después de la violencia entre comunidades que se produjo en 2012 en Sittwe. Recientemente, él mismo acogió a otros dos recién llegados, una madre y su hijo, procedentes de su pueblo, en el estado de Rakhine.

"A pesar de que algunos de ellos no están relacionados con nosotros, nos conocemos y todos estamos conectados de alguna manera. Tenía que ayudarles", dijo Abdul. "Tengo algunos ahorros y la comunidad me presta dinero para la comida. En este hogar hay otros dos hombres trabajando. Y tenemos a una señora muy habilidosa que recoge y cocina verduras silvestres".

Tener una red de apoyo fuera del hogar ayuda a los recién llegados a adaptarse después de las experiencias traumáticas que a menudo han pasado. Pero la comunidad de acogida rohingya está luchando para hacer frente a recursos limitados.

Al igual que otros refugiados urbanos en Malasia, los rohingya no tienen acceso a un trabajo legal, pero se les permite trabajar en el sector informal. Ellos tienden a realizar trabajos no especializados que la población local rechaza – como en la construcción, en las plantaciones y reciclado de chatarra – y son vulnerables a la explotación debido a su grave situación y su incierta condición jurídica.

Hazurrahman no sabe cómo puede seguir cuidando a tres personas a su cargo sin ingresos propios. Él dice a sus familiares en Myanmar que no vengan, pero admite que no puede rechazarlos si lo hacen. "No creo que sea fácil aquí", dijo. "Yo no quería venir, pero me vi obligado a huir. A pesar de que he estado aquí durante mucho tiempo, todavía no he conseguido logros, todavía no estoy asentado".

Abdul es más optimista, ya que cree que tiene una oportunidad de ser reasentado en un tercer país. "Yo no puedo ayudar a todos, tengo una familia que cuidar", dijo. "Espero que mis hijos tengan un mejor futuro si somos reasentados. Tal vez entonces podamos ayudar a los demás desde allí".

* Nombre cambiado por razones de protección

Por Vivian Tan en Kuala Lumpur, Malasia