7 personas refugiadas abren el camino para los derechos de las personas con discapacidad

Las personas con discapacidades que se ven desplazadas por la fuerza pueden enfrentar obstáculos, pero su discapacidad no las define.

Aya juega con su familia en su primer día en Francia tras haber sido reasentados desde el Líbano. Tiene espina bífida.  © ACNUR/Giles Duley

El 15% de la población mundial tiene algún tipo de discapacidad. Entre ellas hay millones de personas que se han visto arrancadas de sus hogares por la guerra y la persecución. Algunas ya vivían con discapacidad antes de huir, mientras que otras la adquirieron como consecuencia del conflicto o durante su huida en busca de seguridad.

Muchas personas desplazadas con discapacidad son fervientes defensoras y líderes que promueven el cambio y buscan soluciones a pesar de los obstáculos adicionales a los que tienen que hacer frente. La inclusión de las perspectivas de las personas con discapacidad en políticas y planificación de programas resulta esencial para asegurar que puedan aplicar sus talentos y habilidades en su propio beneficio, el de sus familias y el de sus comunidades. ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, tiene el compromiso de garantizar que todas las personas refugiadas, solicitantes de asilo, apátridas y desplazadas por la fuerza puedan prosperar y desarrollar su potencial. A través de una promoción activa del liderazgo de las personas con discapacidad y de su participación plena y significativa en la sociedad y en la toma de decisiones que afectan a su vida, es posible alcanzar un futuro accesible para todos.

Les presentamos a siete personas refugiadas con discapacidad que son estudiantes, defensores, músicos, nadadores paralímpicos, voluntarios y empleados abnegados y rebaten ideas erróneas, mostrando al mundo cómo se pueden crear sociedades verdaderamente inclusivas.

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“[Tener una discapacidad] no me define, ni define qué soy, quién soy o lo que puedo hacer”, dice Nujeen Mustafa.

Nujeen Mustafa nació con parálisis cerebral y se hizo famosa tras huir del conflicto en Siria y recorrer el peligroso viaje hasta Europa en su silla de ruedas. Su actitud desafiante y su resiliencia, documentadas en sus memorias “La chica de Aleppo”, han inspirado a millones de personas. Nujeen, que vive ahora en Alemania como refugiada, tiene la vista puesta en un futuro aún más brillante. Además de asistir a la escuela y aprender muy rápido alemán, utiliza su visibilidad para impulsar un cambio positivo, por ejemplo en el evento TEDxExeter (Reino Unido) o como invitada en el famoso programa de televisión de John Oliver. Su mensaje al mundo es un mensaje de esperanza, pero también un llamado a la acción para que todas las personas se conviertan en agentes de cambio positivo en sus comunidades. “La gente no se da cuenta de cuánto nos esforzamos para tratar de reconstruir nuestras vidas desde cero. A esas personas les digo: Hagan un esfuerzo por conocernos. Dentro de nosotros y dentro de ustedes hay más de lo que nadie piensa”.

Brazil. Paralympian refugee makes history in Rio

Ibrahim Al-Hussein nada en una piscina olímpica en Río de Janeiro (Brasil), donde compitió como parte del primer equipo de Atletas Paralímpicos Independientes.  © UNHCR/Benjamin Loyseau

“Antes de que estallara la guerra en Siria soñaba con participar en los Juegos Olímpicos […] Después de lo que pasó, y con mi lesión, seguí adelante y ahora compito en los Juegos Paralímpicos. Conseguí mantener mi sueño”, dice Ibrahim Al-Hussein.

Tras perder la parte inferior de su pierna derecha en una explosión en Siria en 2013, Ibrahim huyó a Turquía, donde pasó la mayor parte del año siguiente aprendiendo a andar de nuevo antes de tomar una embarcación inflable rumbo a Grecia. Allí retomó la natación competitiva. En 2016 Ibrahim hizo historia al formar parte del primer equipo de Atletas Paralímpicos Independientes, compuesto por atletas refugiados, que participó en unos Juegos Paralímpicos. Llevó la antorcha de las Olimpiadas de 2016 a través de un campamento de refugiados en Atenas, en un gesto simbólico de solidaridad con las personas refugiadas de todo el mundo. “Estoy muy feliz y orgulloso de ser abanderado. Es una de las mejores sensaciones que he tenido en mi vida”, dijo Ibrahim antes de la ceremonia, que fue seguida por millones de seguidores entusiastas en todo el mundo.

Jean-Claude (izq.) y Necelatte (der.) son amigos y estudiantes procedentes de Burundi.  © ACNUR/Antoine Tardy

Necelatte y Jean-Claude son dos amigos procedentes de Burundi, donde la violencia les obligó a huir y abandonar sus vidas. Se conocen desde que estudiaron juntos secundaria en una escuela especial para niños y niñas con deficiencia visual en Rwamagana, en la provincia Oriental de Rwanda. A través del programa de becas para educación superior de ACNUR, más conocido por la sigla DAFI, se matricularon en la universidad y estudian periodismo y educación, respectivamente.

“Las personas con discapacidad pueden ser muy capaces si tienen cariño y apoyo. Pueden aportar un cambio positivo a sus comunidades y sociedades”, dice Jean-Claude.

Jean-Claude trabaja para empoderar a las personas con discapacidad y rebatir ideas erróneas. “Sigue habiendo muchas ideas erróneas sobre las personas con discapacidad, y en ocasiones hasta miedo. Queda mucho trabajo de concientización por hacer […] Quiero decir a todas las personas que, como yo, tienen alguna discapacidad, que no pierdan la esperanza. En primer lugar, tenemos que aceptarnos a nosotros mismos: ese es el primer paso. Después podremos planificar nuestro futuro y trabajar para alcanzar nuestros objetivos”, dice.

“Animo a todas las personas con discapacidades […] a aceptarse y estar orgullosas de quiénes son”, dice Necelatte.

Necelatte se centra en defender los derechos de personas con discapacidad, incluidas las que se vieron forzadas a abandonar sus hogares. “Mi futuro se promete brillante. Ya he superado los mayores obstáculos de mi vida”, dice. “Cuando acabe los estudios seré una modelo a seguir y defensora de la causa. Crearé una mayor conciencia y comprensión en la comunidad hacia las personas con discapacidades. Lucharé contra la discriminación”.

Filippo Grandi, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, habla con las personas, como Vlada, que viven en un hogar para 200 personas con discapacidad desplazadas, sito en Svyatogorsk, al este de Ucrania.

Filippo Grandi, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, habla con las personas, como Vlada, que viven en un hogar para 200 personas con discapacidad desplazadas, sito en Svyatogorsk, al este de Ucrania.   © ACNUR/John Wendle

“Aprendí inglés porque quería ver el mundo. Fue muy difícil, pero era mi sueño”, dice Vlada.

Vlada, diagnosticada con espina bífida, sufrió desplazamiento interno cuando su familia tuvo que huir de los enfrentamientos en el este de Ucrania. Muy comprometida con sus estudios y su educación, aprendió inglés y a tocar el piano de forma autodidacta. Su sueño es poder viajar por el mundo algún día. Después de hacerse amiga de Sasha, otra adolescente que vive en la misma residencia para personas con discapacidad, Vlada logró experimentar una sensación de comunidad y pertenencia. Son inseparables: Vlada toca el piano para Sasha y trata de enseñarle a hacer pajaritos de origami con papel. “Cuando estamos juntas todo lo imposible se vuelve posible”, dice Vlada.

Vlada expresó la frustración que le causaba no poder asistir a clase en la escuela local por el hecho de no estar adaptada a alumnos con discapacidad. Gracias al apoyo de ACNUR, los edificios están ahora provistos de rampas. Vlada pudo finalizar sus estudios y matricularse en el Instituto Pedagógico Slovyansk, en la rama de psicología. Quiere ser psicóloga infantil.

Lebanon

Ahmad (der.) y su mujer Nazmiya se dirigen en su ciclomotor a ofrecer apoyo y asistencia tanto a personas refugiadas sirias como a locales libanesas, muchas de ellas con discapacidades.  © ACNUR/Andrew McConnell

“Cuando otras personas refugiadas me ven y ven lo que hago […] creo que les da fuerza y esperanza, y eso marca una diferencia. Incluso si solo cambias una vida, es más que suficiente”, dice Ahmad.

Ahmad trabajaba antes como obrero de la construcción. Un día, de camino a casa de sus padres en su ciudad natal de Zabadani (Siria), fue alcanzado por una explosión de mortero y perdió ambas piernas. Tras conseguir asilo en el Líbano, Ahmad trabaja como voluntario con ACNUR desempeñando tareas de divulgación en comunidades de personas refugiadas. Todas las mañanas Ahmad abandona su hogar con su mujer Nazmiya, que también es voluntaria, en un ciclomotor que adaptó para poder montar con piernas ortopédicas; su misión: ofrecer apoyo y asistencia a personas refugiadas sirias y locales libanesas, muchas de las cuales tienen algún tipo de discapacidad.

Ahmad dice que su trabajo como refugiado voluntario le ha dado una nueva perspectiva de la vida, y espera poder inspirar a otras personas refugiadas y con discapacidad. “Yo tuve gente que estuvo a mi lado, jóvenes sirios discapacitados que me tomaron la mano cuando perdí las piernas, y ahora yo quiero hacer lo mismo: quiero aportar algo”, dice.

César Jiménez Martínez, de 18 años, quien nació con discapacidad auditiva y se comunica a través del lenguaje de señas, trabajando en la hamburguesería Sierra Nevada, en Bogotá, Colombia.  © ACNUR/Daniel Dreifuss

“Cuando me entrevisté con Sierra Nevada y pidieron que empezara al día siguiente, me sentí muy bien”, dice César Jiménez Martínez.

César es sordo de nacimiento. Este venezolano refugiado en Colombia tuvo que huir de la inestabilidad y la violencia en su país de origen y encontró un trabajo en un restaurante de la cadena de comida rápida Sierra Nevada. Las personas discapacitadas de todo el mundo siguen enfrentando discriminación y barreras, y puede resultarles difícil superar los obstáculos que les permitan acceder a un empleo significativo.

El trabajo de César le permite cubrir el costo del alquiler del apartamento en el que vive con su mujer y su hijo recién nacido, así como los gastos de la familia. Hasta puede enviar dinero de vez en cuando a su madre y otros familiares que se quedaron en Venezuela. “Cuando llegué a Bogotá imprimí muchos currículos y los repartí de compañía en compañía, buscando cualquier tipo de trabajo. Pero nadie me contrataba”, dice César con ayuda de un intérprete de lengua de signos. “Así que cuando me entrevisté con Sierra Nevada y pidieron que empezara al día siguiente, me sentí muy bien”.

La versión original en inglés de este artículo se publicó en Medium.