Las víctimas congoleñas de violación que una trabajadora de ACNUR nunca olvidará

Amid the violence in the Democratic Republic of the Congo, rape is a weapon. External Relations officer Francesca Fontanini will never forget the sad, determined eyes of the victims. [for translation]

A mother carries her children in eastern Democratic Republic of the Congo. Forcibly displaced women face grave threats and abuse in the volatile region. [for translation]  © MONUC/Marie Frechon

KINSHASA, República Democrática del Congo, 3 de Septiembre (ACNUR) – En el corazón de África, en la República Democrática del Congo (RDC), tiene lugar una guerra en la que más de cinco millones de personas han perdido la vida durante la pasada década. Las cifras continúan aumentando: a pesar de ser el conflicto más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial, tan sólo se convierte en objetivo de la atención mediática cuando recibe la visita de importantes delegaciones, desapareciendo entonces una vez más de las primeras páginas.

Tras casi dos años, pronto dejaré esta desafiante e interesante misión. Sin embargo no olvidaré la mirada triste y decidida de las víctimas congoleñas de violación que conocí en el este de la RDC. Las mujeres se encuentran entre los objetivos más frecuentes de esta guerra oculta, y la violación es el arma que utilizan para destruir tanto a ellas, como a sus familias y a toda la comunidad.

Nuestro personal en el terreno y de protección trabaja durante muchas horas al día para ayudar a las víctimas de la violencia sexual mediante proyectos de asesoramiento y sensibilización en un entorno muy difícil y peligroso. En el primer semestre de 2009 se produjeron más de 60 incidentes de violencia contra trabajadores humanitarios, y en las últimas semanas se han registrado algunos más.

Con la visita a África de la Secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton, las víctimas se han convertido en el centro de atención, lo que las ayudará a transmitir al mundo su dolor, tanto psicológico como físico. Sin embargo, el primer paso debería darlo el gobierno de la RDC, haciendo cumplir la ley actual.

Una de las preguntas habituales de los medios de comunicación es el número de violaciones; una cifra elevada convierte la historia en dramática. Según los datos de la ONU, el número de mujeres violadas en los seis primeros meses de este año en el este de la RDC es de 3.500. Esta cifra tan sólo es una estimación, dado que la mayoría de los combates y violaciones tienen lugar en regiones remotas.

Pero la violación no sólo comporta cifras, sino que cada caso requiere atención. En Europa un único caso tendría su lugar en las noticias, en cambio aquí miles de mujeres sufren en silencio.

En mis conversaciones con las víctimas, he escuchado los detalles. Algunas fueron violadas como animales, una tras otra; otras fueron obligadas a convertirse en esclavas de grupos armados y a ser violadas cada día durante meses. Se trata de mujeres de todas las edades, desde niñas de ocho años hasta mujeres muy ancianas.

Cuando finalmente son liberadas o consiguen escapar, no tienen nada y a menudo son rechazadas por sus familias. Me pregunto porqué me contaron los detalles, pero siento que eso las ayuda a curarse, incluso si ni siquiera soy capaz de imaginar de qué modo les hicieron daño. He visto cómo sus ojos pedían ayuda y supe que tenía que utilizar a ACNUR para que sus voces fueran escuchadas.

Puede que exista poca justicia en Congo, pero hay organizaciones que tratan de ayudar a las supervivientes de violaciones a recuperarse. Women for Women International, una contraparte del ACNUR, les enseña a leer y a escribir, a cómo preparar una sopa o a cocinar para ganar dinero. Para muchas mujeres, se trata de la primera vez en toda su vida en que asisten a una clase – su oportunidad de tener una nueva vida. Puede que las actividades parezcan modestas, pero ayudan a estas mujeres a recuperar su autoestima.

Resulta duro imaginar esta violencia en medio de la impresionante belleza de la naturaleza y la abundancia en la región de los Kivus en la RDC. Pero desafortunadamente, las personas aterrorizadas son una característica tan habitual como los exuberantes valles verdes, las relucientes plantaciones de café o los abruptos volcanes azulados.

Por Francesca Fontanini, en Kinshasa, República Democrática del Congo