Una silla de ruedas mejora el acceso a la educación de un niño refugiado

A young Afghan refugee suffering from severe polio despaired of ever getting a proper education, until UNHCR gave the boy a wheelchair and changed his life. [for translation]

Sentado en su nueva silla de ruedas Mohammad charla con funcionarios de ACNUR.  © ACNUR/F.Ahmed

ALDEA DE REFUGIADOS DE SURKHAB, Pakistán, 3 de noviembre (ACNUR) – Durante casi diez años la poliomielitis le impidió al joven refugiado afgano Mohammad Zai Parishan ir a la escuela. Su vida cambió completamente cuando ACNUR le regaló una silla de ruedas.

"Hasta los diecisiete años no pude estudiar. Me quedaba en mi casa viendo cómo todos mis amigos iban a la escuela. Yo los envidiaba, pero nadie tenía el tiempo o la fuerza de llevarme a clase", cuenta Mohammad a los funcionarios de ACNUR que están visitando la aldea de refugiados de Surkhab, cerca de Quetta, capital de la provincia pakistaní de Beluchistán.

Cuando hace cuatro años la agencia de la ONU para los refugiados le regaló la primera silla de ruedas, la alegría y el entusiasmo de Mohammad fueron tan grandes que aprobó tres años en uno. "Mi madre siempre quiso que estudiara. En mi casa me dieron una educación religiosa, pero para aprender más era fundamental ir a la escuela", recuerda.

Gracias al Alto Comisionado Adjunto para los Refugiados T. Alexander Aleinikoff, que lo conoció durante una visita a Surkhab, el mes pasado Mohammad recibió de ACNUR una silla nueva, con la cual es más fácil recorrer el camino despavimentado para ir a la escuela, aunque siga dependiendo de un compañero de estudios para empujarlo.

"Nazar viene a buscarme todas las mañanas y me empuja hasta la escuela. No es fácil y nos tardamos media hora en llegar. Le doy 400 rupias (unos diez dólares) por mes, porque a pesar de ser mi mejor amigo, no vendría a ayudarme gratis", explica riendo. Mohammad aporta personalmente 150 rupias. El resto es cubierto por el American Refugee Council (ARC), socio implementador de ACNUR en la aldea de refugiados.

Al igual que sus tres hermanos y sus dos hermanas, Mohammed nació en Pakistán, donde sus padres se refugiaron cuando en 1979 la Unión Soviética invadió Afganistán. ACNUR y sus socios implementadores les ayudaron a asentarse y hoy viven en una casa de ladrillos pequeña pero decorosa, en Surkhab.

"Cuando nuestro hijo de ocho años se enfermó de polio, para nosotros fue un dolor enorme. Era un niño muy inteligente e inquieto que de pronto ya no podía caminar ni salir a jugar con sus amigos", cuenta el padre, Zai Banuchi..

Para Mohammad fue un periodo difícil pero también formativo. "Para expresar mi dolor empecé a escibir poesías", confiesa. Uno de sus ídolos es el poeta afgano Rahman Baba, que vivió en Peshawar en el siglo XVII. "Tengo varios de sus libros y espero llegar a ser famoso como él. Por el momento llevo el nombre de otro poeta, Parishan", dice con una sonrisa.

Con estos ambiciosos planes para el futuro y su gran sentido del humor, es posible que llegue a ser una persona importante. "Me gustaría ser ingeniero, pero no sé si mi salud me permitirá estudiar. Mi cuerpo tendría que mejorar mucho. Por el momento es difícil. Para que mi sueño se haga realidad necesitaría que alguien me llevara a un hospital moderno".

Surkhab es una aldea fundada hace 30 años en la que viven casi 40.000 refugiados afganos. "Vienen indistintamente del norte y del sur del país. Hay trece grupos étnicos diferentes conviviendo en armonía", explica Mohammad Ali, trabajador en el terreno de ACNUR.

Los habitantes más jóvenes nacieron en Pakistán, como Mohammad. Muchos de ellos añoran volver al que consideran su país de origen. "Mis padres me han hablado siempre de la belleza de Afganistán, pero yo nunca estuve. Cuando tenía una economía más próspera era un gran país, pero mientras haya una situación inestable es preferible quedarse aquí".

Aunque Mohammad está muy agradecido por el nuevo medio de transporte, en el fondo espera otro pequeño gesto de generosidad de ACNUR. "Es estupendo tener una silla nueva más cómoda porque me facilita la vida," dice. Y añade con una sonrisa maliciosa: "Ahora me gustaría tener un ordenador para seguir escribiendo mis poemas".

Por Billi Bierling desde la aldea de refugiados de Surkhab, Pakistán