Apatridia: Vivir de prestado el sueño sudafricano

Abandoned as a child with no documents, Jabulani Sibanda has built an enviable life for himself and his family – under the radar of the law. [for translation]

Indocumentado y apátrida, Jabulani Sibanda, de profesión soldador, sentado en su vehículo, que con tanto esfuerzo ha adquirido, sostiene con firmeza que su condición no le impedirá vivir de la manera más productiva posible.  © ACNUR/P.Rulashe

MUSINA, Sudáfrica, 10 de octubre (ACNUR) – A primera vista, Jabulani Sibanda está viviendo el sueño sudafricano. A sus 31 años está casado y tiene dos hijos preciosos, y también posee un vehículo, una casa y su propio negocio.

Sin embargo, la realidad es que Sibanda apenas es dueño de su vida, dado que es una persona apátrida. A pesar de llevar años intentando obtener documentos legales de ciudadanía y residencia, sigue indocumentado. Al estar sin papeles se ha resignado a vivir discretamente bajo el radar de las autoridades.

"Siempre tengo que volver a empezar de cero", dice, encogiéndose de hombros ante los obstáculos a los que se enfrenta una y otra vez. "La única vida que conozco es ir de acá para allá, mendigando y adaptándome a una situación y luego saliendo de ella. Esa es mi vida".

Los problemas de Sibanda comenzaron cuando, a los siete años, su madre y él entraron ilegalmente en Sudáfrica desde Zimbabwe. Su madre era de origen malawiano y vivió en Zimbabwe y luego en Musina, en el norte de Sudáfrica. Cuando su hijo tenía 15 años, lo abandonó y el muchacho se quedó con la familia que los había acogido.

Pese a que recuerda que de niño vivió en Bulawayo, Zimbabwe, Sibanda no logró obtener un certificado de nacimiento de las autoridades zimbabuenses ni tampoco pruebas que demostraran que era nacional de este país. Al carecer de documentación legal, Sibanda no pudo asistir a la escuela en Sudáfrica.

Su caso no es el único y pone de manifiesto una carencia en un ámbito del derecho sudafricano, afirma Rosalind Elphick, abogada que trabaja en Abogados pro Derechos Humanos, organismo asociado en la ejecución del proyecto de apatridia del ACNUR en Musina.

Aunque la ley de ciudadanía de Sudáfrica, que entró en vigor en el año 1995, ofrece la ciudadanía a los niños nacidos en el país y que, de no ser así, serían apátridas, no existe ninguna ley que proteja a las personas apátridas que no tienen la condición de refugiadas.

Según la información de la que disponemos, el problema de la apatridia afecta a miles de personas en Sudáfrica.

Frente a todas las adversidades, Sibanda ha sobrevivido gracias a su ingenio y a la amabilidad de amigos y extraños. Ha aprendido por si solo todas las lenguas que ha podido de las 11 que se hablan en Sudáfrica, lo que le permite pasar desapercibido o librarse de problemas legales.

Sin embargo nunca ha salido de la única ciudad sudafricana que conoce. "Si me detienen camino de Johannesburgo o de cualquier otro lugar y descubren que no tengo documentación, ¿dónde podría acabar?" pregunta. "Prefiero vivir seguro a tener que lamentarme después".

A los 17 años empezó a trabajar como aprendiz con un soldador local en Musina y, después de tres años de aprendizaje, se convirtió en soldador autónomo. Contrajo matrimonio con una mujer sudafricana y sus hijos fueron registrados al nacer.

Abogados pro Derechos Humanos va a solicitar al Ministerio de Asuntos de Interior que le conceda la residencia permanente alegando su buen carácter, su integración en la sociedad sudafricana y su autosuficiencia. Su ejemplo se considera un caso de prueba que podría sentar un precedente para otras personas apátridas.

"Ya no tiene raíces en Zimbabwe ni en Malawi, dado que vivió en Zimbabwe de niño y nunca ha estado en Malawi", afirma Elphick, de Abogados pro Derechos Humanos. "Ha vivido casi toda su vida en Sudáfrica y se encuentra en esta situación sin tener ninguna culpa de ello".

"Sin la documentación necesaria no puedo adquirir nada a mi nombre, así que todo lo que poseo pertenece realmente a otra persona", dice. "Siempre tengo que andar con mucho cuidado para no meterme en líos porque al menor tropiezo podría perder mi propiedad".

Pese a su situación, el negocio de Sibanda va bien y "posee" un vehículo de segunda mano y varios locales. Para conservar su propiedad ha tenido que aprender a adaptarse a los caprichos y a las personalidades de sus numerosos benefactores.

Para terminar, añade: "La vida sigue. No voy a permitir que este problema me impida seguir adelante. Tengo una familia que cuidar y haré lo que tengo que hacer, que es mantener a mi familia unida".

Por Pumla Rulashe, Musina, Sudáfrica