ACNUR financia una guardería para los refugiados más pequeños en Durban

Decenas de pequeñas guarderías en la ciudad sudafricana de Durban protegen a los jóvenes refugiados mientras sus padres trabajan y proporcionan un ingreso para las mujeres necesitadas.

La refugiada congoleña Jeannette Kasongo juega con los niños a los que cuida mientras sus padres están trabajando.  © ACNUR/T.Ghelli

DURBAN, Sudáfrica, 13 de abril (ACNUR) -- Las canciones y risas de los niños resuenan a través de los oscuros pasillos y las escaleras de un bloque de viviendas de ocho pisos en ruinas situado en el centro de Durban.

El murmullo de la felicidad, que parece fuera de lugar en un sitio tan triste, proviene de un apartamento en el quinto piso, donde los visitantes reciben de forma calurosa a un pequeño grupo de niños entusiasmados con edades comprendidas entre los dos y los seis años.

Sin duda se trata de una guardería algo diferente: es uno de los 51 centros denominados "de asistencia domiciliaria" creados en la ciudad costera para ayudar a los refugiados con el cuidado de sus niños. Estos centros, financiados por ACNUR y Oxfam Australia, garantizan el cuidado de los refugiados más jóvenes mientras sus padres trabajan, y a la vez dan empleo a mujeres como Odette Mulongo, una congoleña de la provincia de Katanga, que vive en un piso de la bulliciosa quinta planta.

Según la ley de Sudáfrica, los refugiados gozan de muchos de los derechos de los que se benefician los propios ciudadanos del país, incluyendo el derecho a viajar, a la educación y a trabajar. Sin embargo, conseguir un empleo supone un desafío para los refugiados que tienen hijos y viven en un entorno urbano.

"Nos dimos cuenta de estábamos ante un importante problema en materia de protección de menores. Los padres necesitaban ir a trabajar y tenían que dejar a sus niños pequeños en casa, a veces solos, ya que no tenían otro lugar al que llevarlos", explicó Yasmin Rajah, directora de los Servicios Sociales para Refugiados (RSS en sus siglas en inglés), organización que ejecuta el proyecto.

Los Servicios Sociales para Refugiados pusieron en marcha en 2007 el proyecto piloto de los centros de asistencia domiciliaria, que fue ampliado al año siguiente. El proyecto se inició invitando a las mujeres refugiadas que estaban interesadas en el cuidado de los niños a solicitar plazas en un programa de formación de 18 semanas, en el que se incluían materias sobre la seguridad de los menores y el desarrollo en la primera infancia. Hasta la fecha, unas 70 de las mujeres más vulnerables han pasado por el programa.

A aquellas que superaron con éxito el curso, se les ofreció asesoramiento sobre cómo optimizar el espacio en sus humildes apartamentos para poder crear una guardería con capacidad para un máximo de seis niños. También se les proporcionaron materiales para la puesta en marcha de la guardería, entre los que se incluían sillas y mesas de plástico de colores vivos, así como plastilinas, lápices de colores, rotuladores y papel.

Los padres deben pagar una cuota de entre 40 y 50 dólares al mes por cada hijo inscrito en la guardería. También se les pide que contribuyan a reducir los gastos de funcionamiento, llevando ellos mismos materiales como los pañales para los bebés y la comida. Algunas familias sudafricanas con bajos ingresos también se benefician de este programa.

Muchos de los padres tienen horarios complicados, pero gracias a que las guarderías se encuentran en sus edificios, todo es mucho más fácil para ellos, ya que pueden recoger a sus hijos cuando acaban el trabajo y vuelven a casa por la noche o a primera hora de la mañana.

En la guardería dirigida por Odette Mulongo, una refugiada de Burundi de 24 años deja a su hijo de 15 meses a las tres de la tarde. Volverá a recogerlo alrededor de la medianoche, cuando acabe su jornada como camarera.

"Si no fuera por Odette no sé que haría", contó a los visitantes de ACNUR. "A veces, cuando tengo poco dinero, incluso me permite que deje aquí al niño de manera gratuita", añadió la mujer agradecida.

Otra gerente de una guardería, Jeannette Kasongo, una refugiada de la República Democrática del Congo, nos contaba que el programa realmente la había ayudado. Antes empezar a formar parte de esta iniciativa, solía vender pequeños artículos en las calles de su barrio para llegar a fin de mes. La mujer, de 39 años, explicó que en aquella época tenía que llevar consigo a su bebé porque no podía permitirse el lujo de pagar una guardería.

Pero ahora gana más que como vendedora en la calle y al mismo tiempo puede quedarse en casa con su hija. Además ha aprendido mucho sobre el cuidado infantil. "Antes, si un niño se ponía enfermo sólo se me ocurriría darle alguna medicina. Ahora sé que antes hay que contactar con los padres para solicitarles permiso y asegurarse de que el niño no es alérgico a algún medicamento."

Yasmin Rajah señala que estos centros de atención han llenado un hueco. "Nos hemos dado cuenta de que el entorno global de los niños ha mejorado y las mujeres que están inscritas en el programa están verdaderamente comprometidas para hacer un buen trabajo."

Por Tina Ghelli, en Durban, Sudáfrica