Mujeres etíopes se divierten y se esfuerzan como nadie en una clase de yoga

Las refugiadas del campamento de Gorom, en Sudán del Sur, han podido estrechar lazos y relajarse gracias a esta iniciativa.

lgunas de las mujeres haciendo yoga. Su profesora dice que, al ser más fuertes, pueden mantener posturas mucho más tiempo que las trabajadoras de la oficina.  © ACNUR/E.Cue

GOROM, Sudán del Sur, 25 febrero de 2013 (ACNUR) – Las mujeres se ríen y se estiran al tratar de seguir a su profesora, Naomi Swain, que está sentada en la posición del loto en el suelo de cemento rojo de una austera aula en Sudán del Sur.

Pero Swain está impresionada con sus estudiantes. Todas han huido de la violencia y la persecución en Etiopía desde el 2004 para encontrar refugio en el campo de Gorom, cerca de Juba, la capital de Sudán del Sur. "Sus cuerpos son bastante diferentes. Son mucho más fuertes, pueden aguantar posturas durante un largo tiempo al contrario que las trabajadoras de la oficina", apuntó Swain.

Esta británica enseña yoga gratis a unas doce estudiantes, pero la idea de ofrecer su ayuda a refugiados del campo de Gorom vino de Sara Gottfresden, una oficial de protección adjunta, después de que ella y otro miembro de ACNUR en Juba comenzaran a tomar clases con Swain. Ella enseña yoga siguiendo el método de Mandala House, una organización no lucrativa especializada en rehabilitación de traumas.

Sin duda se trata de algo diferente en la vida diaria y monótona del campamento, y Gorom es el único campo de refugiados en Sudán del Sur que ofrece este programa. Gottfresden dijo que el propósito era al empoderamiento de las mujeres en este campamento donde viven 1.950 refugiados etíopes, así como crear un espacio que las apartase de sus tareas cotidianas de cocinar, cargar leña, recoger agua y cuidar a sus hijos.

"Si estrechan lazos entre ellas, tendrán un papel más activo en la toma de decisiones en el campamento", dijo Gottfredsen, quien espera expandir este programa a otros campos, incluyendo aquellos que proporcionan refugio a decenas de miles de refugiados sudaneses. "Se trata más bien de que hagan algo por sí mismas formando parte de un grupo de mujeres unidas", apuntó.

Hasta ahora, las clases diarias parecen haber tenido un efecto positivo, a pesar de que las mujeres no habían oído nunca hablar de yoga antes de conocer a Swain. "Me siento mejor, estoy contenta cuando hago mis ejercicios en casa", dice Ariet Okidi, una madre de tres niños durante una sesión reciente. "Estoy relajada", añade con una gran sonrisa.

A medida que Swain pasaba por las posturas de yoga más simples, las posturas, los estiramientos y los ejercicios de respiración, el grupo de siete mujeres la seguían lo mejor que podían, incapaces de hablar inglés, riendo con frecuencia pero siempre prestando atención.

A lo largo de la sesión, más mujeres fueron llegando a esta habitación donde había sillas apiladas sin orden ni concierto en una esquina y una pizarra cubierta con garabatos de tiza de una lección reciente.

Las estudiantes compensan con su entusiasmo lo que les falta de técnica. "En esta clase estamos pensando en respirar. En esta clase es donde estamos ahora", decía la profesora a sus alumnas.

Al final, las mujeres estaban sudorosas debido al calor intenso de la habitación, pero parecían tranquilas y serenas. "Las personas que han atravesado situaciones traumáticas, que no han podido cuidarse a sí mismas y que son vulnerables, necesitan recuperar sus cuerpos", explicó Swain.

"Estoy feliz de venir aquí, pero mi madre y mi padre no están contentos con esto", dijo Friday James a un visitante de ACNUR. "Dicen que si haces yoga no puedes tener niños", añadió, al tiempo que admitía que ella no se cree una palabra de eso. Ha encontrado algo más en lo que creer y que además le ayuda a hacer algo más con su vida en el exilio.

Por Eduardo Cue en Gorom, Sudán del Sur