Desplazados encuentran la seguridad en la región del Kurdistán iraquí

Los iraquíes que huyen de la violencia más reciente en Mosul encuentran un lugar seguro en el norte de Iraq, pero necesitan ayuda para sobrevivir.

Estos hermanos y su familia han encontrado refugio en una escuela primaria en la provincia de Duhok, en el Kurdistán iraquí. Proporcionar alojamiento para todas las personas que han huido de los recientes combates en Iraq es un reto importante.  © ACNUR/S.Baldwin

PUESTO DE CONTROL DE KHAZAIR, Iraq, 16 de junio de 2014 (ACNUR) – Se fueron a toda prisa. Un campesino abandonó su cosecha en los campos. Una madre huyó con su bebé de solo seis días, envuelto en pañales. Otra mujer solo pudo llevar consigo una pertenencia: su documento oficial de identidad.

Unos 300.000 iraquíes, según las cifras oficiales, han huido de los combates en el norte de Iraq y han buscado la seguridad en la región iraquí del Kurdistán, comparativamente tranquila, durante la última semana. La mayoría de ellos han huido del recrudecimiento de la violencia en la ciudad de Mosul, segunda en importancia de Iraq.

Han encontrado refugio en casa de amigos y familiares. Otros han sido acogidos en mezquitas y escuelas en desuso. Pero encontrar un alojamiento adecuado para la "inmensa mayoría" de los que han huido de los recientes combates en Iraq es un "reto importante", dijo Shoko Shimozawa, Representante de ACNUR en Iraq.

La agencia de la ONU para los refugiados y sus socios en la región, incluido el gobierno local, se están centrando en las familias más vulnerables para ofrecerles asistencia urgente, explicó la Representante. Pero "con el súbito desplazamiento masivo de personas y la preocupación de que puedan darse más si los enfrentamientos no cesan, necesitamos urgentemente más fondos para cubrir sus necesidades básicas", añadió.

Estas necesidades van en aumento. Tayba, de 48 años, es una viuda madre de cinco hijos. Llegó a un puesto de control en la frontera del norte de Iraq el mismo día de la semana pasada en que cayó Mosul. "Había bombas y disparos y balas, incluso en el jardín de nuestra casa", recuerda.

Ella y sus hijos salieron corriendo de la casa y vieron cómo su vecino recibía un disparo en la cabeza en el medio del fuego cruzado y moría ante sus ojos. "Había disparos que provenían de diferentes direcciones, ni siquiera podíamos decir de dónde", dijo, gesticulando frenéticamente.

Finalmente, Tayba y tres de sus cinco hijos, incluida una niña de 11 años con discapacidad, encontraron un coche que les llevara a la frontera. El coche se quedó sin combustible pero otro que transitaba cerca llevó a la familia al puesto de control de Khazair, donde Tayba habló con ACNUR. "No sé el porqué de la situación", dijo. "Es muy mala. En Iraq, la guerra no se acaba. Continúa y continúa. Me quedaré aquí hasta que me digan que la situación en casa es segura".

Fawzya, madre de 10 hijos, afronta un drama similar. Huyó de su hogar en Mosul la semana pasada en plena noche, con solo su documento de identidad en el bolsillo. "Todos mis hijos lloraban y tenían miedo", dijo. "Algunos estaban enfermos. Otros casi no podían caminar. Pero teníamos que marcharnos".

Algunos de los desplazados recientes están viviendo al raso, en parques y en zonas que se están urbanizando. Otros se hacinan en habitaciones de hotel con otras familias, aunque los ahorros para pagar esas habitaciones se están agotando. Los niños que mendigan en la ciudad de Erbil dicen que lo hacen para intentar obtener dinero suficiente para ayudar a costear una noche de descanso para sus familias.

ACNUR y sus socios, incluido el gobierno local, están facilitando tiendas de campaña, así como alimentos, utensilios de cocina y otros suministros de emergencia. Las autoridades locales han instalado un campamento de tránsito en Khazair, en la provincia de Erbil y otro en Garnawa, en la provincia de Duhok, que aunque aún está en construcción, ya ha empezado a recibir refugiados.

"Teníamos una buena vida", dijo Amal Mahmood Ismail, de 44 años y madre de cinco hijos, aunque no todos han podido alcanzar con ella este lugar seguro. "No éramos ricos, pero tampoco pobres. Desayunábamos juntos todas las mañanas". Hace una pausa para enjugarse las lágrimas. "Mis hijas están aquí, pero mi hijo no. Mi esposo está enfermo, y mi corazón roto".

Para ACNUR y sus socios, que trabajan ayudando a quienes como Amal se han visto atrapados en un nuevo capítulo de la guerra de Iraq, que ya dura desde hace una década, los retos resultan evidentes.

Rocco Nuri y Liene Veide, desde el puesto de control de Khazair, Iraq

Gracias a la Voluntaria en Línea Esperanza Escalona por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.