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Día Internacional de la Mujer: ayer taxista en Kinshasa, hoy cocinera para refugiados y personal humanitario

Historias

Día Internacional de la Mujer: ayer taxista en Kinshasa, hoy cocinera para refugiados y personal humanitario

Todas las mañanas Masika se levanta a las cuantro. Le gustaría seguir soñando su vida anterior en Kinshasa, cuando conducía un taxi, pero la esperan 1.500 panes para hornear.
6 Marzo 2015 Disponible también en:
Masika atiende un guiso en su restaurante del campo de refugiados de Sherkole (Etiopía).

CAMPO DE SHERKOLE, Etiopía, 6 de marzo de 2015 (ACNUR) – Todas las mañanas a las cuatro Masika Basemé-Jeanne apaga mecánicamente el despertador del móvil. Le gustaría seguir soñando su vida anterior con su marido en Kinshasa, cuando conducía un taxi, pero la esperan 1.500 panes para hornear.

Masika (47) es una refugiada congoleña que lleva poco más de dos años en el campo de Sherkole, en Etiopía occidental. En 2012 toda su familia tuvo que huir de Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo (RDC), y reparó en la ciudad de Butembo, en la provincia de Kivu Norte.

En 2013 allí asesinaron a su marido, que era activista por los derechos humanos, y la familia volvió a escapar, esta vez a través de Uganda y Kenya. Masika, su madre y sus tres hijos viven actualmente en Sherkole, uno de los tres campos de refugiados instalados en los alrededores de Assosa.

"Quería irme lejos, muy lejos. Pero cuando llegué a Sherkole mis hijos y yo no teníamos mucho dinero. No pude encontrar trabajo y terminé abriendo este pequeño restaurante", dice sentada en un banco de la sala.

Los primeros meses fue muy duro sobrevivir. Masika guardaba la mitad de la ración familiar de trigo y la revendía para comprar carne y verduras con las que preparaba comida para vender en un puesto improvisado del campo. Con el tiempo y un poco de experiencia fue ganándose la confianza de los carniceros locales, obtuvos créditos y logró mantener a flote su incipiente negocio.

La primera gran ocasión se le presentó hace justo un año, cuando con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer en el campo, el Comité Internacional de Rescate le encargó una comida para 150 personas. Era el pedido más grande que había recibido, pero tuvo éxito y se le abrió el camino hacia nuevos contratos con ACNUR y otras agencias que se proponen apoyar proyectos de generación de ingresos.

La segunda gran ocasión se presentó unos meses más tarde, cuando otro socio de ACNUR, el Consejo Noruego para Refugiados otorgó a Masika y sus tres socios una suma de 6.000 birr etíopes (equivalentes a 300 dólares) para que ampliaran la actividad. Con ese dinero renovaron y agrandaron el restaurante, compraron un stock de harina, aceite y levadura y construyeron un horno al estilo sudanés en la trastienda.

Todos los días Masika hornea 1.500 piezas de pan que se venden a 1 birr cada una en el restaurante, en el mercado local y alrededor del campo. El restaurante, gestionado por Masika y sus familiares, ofrece dos menús sencillos: carne de vaca, arroz y frijoles a 20 birr o pescado, verduras y ugali (harina de maíz cocida) a 30 birr. "A todos les gustan", asegura con una gran sonrisa. Además venden verduras en un puesto.

Los principales clientes para el almuerzo son trabajadores de la ONU y de las agencias humanitarias y refugiados que disponen de algo de dinero. Y como Masika no se olvida de la solidaridad que recibió en los primeros tiempos, suele hacer crédito a quienes lo necesitan.

Sin embargo, pese a la popularidad del local, reconoce que es difícil salir adelante. A veces pasan tres días sin vender nada y otras hasta el mercado del lunes está flojo. Pero no se da por vencida.

"Nos mantenemos, pero no es fácil", dice. "Los habitantes de un campo tienen posibilidades limitadas. Me gustaría que hubiera un centro de formación para que los más jóvenes aprendan alguna habilidad. Mi hija, por ejemplo, sabe trenzar el pelo", añade mientras atiende el guiso de carne para el mediodía.

A propósito de Día Internacional de la Mujer, Mallory Mroz, responsable del equipo de ACNUR en Sherkole, comenta: "La tenacidad y la ambición de Masika son una inspiración para todos nosotros". Está convencido de que la autosuficiencia fortalece la dignidad individual y empodera a las comunidades para reconstruirse.

Masika trabaja duro pero también ayuda a los demás. Cocina, administra el negocio y cuida de tres huérfanos de tres, cinco y siete años cuyos hermanos mayores están hospitalizados en Addis Abeba.

Y mientras trata de resistir de la mejor manera posible en medio de las dificultades, no deja de soñar un futuro "en el que mi familia y yo viviremos en una ciudad grande en la que se habla francés". Pero por el momento el sueño se interrumpe todas las mañanas a las cuatro, cuando suena el despertador y tiene que levantarse para comenzar el nuevo día.

Andy Needham desde el campo de Sherkole, Etiopía

Gracias a la Voluntaria en Línea Delia Tasso por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.