Amenazadas por las maras familias de El Salvador huyen buscando protección

Threatened by deadly street gangs or "maras," entire families from all walks of life are fleeing El Salvador to seek protection in neighbouring countries. [for translation]

Una numerosa familia que debió huir de la violencia criminal y la persecución en El Salvador vive como refugiada desde hace un año en Guatemala.  © ACNUR/D.Volpe

CIUDAD DE GUATEMALA, Guatemala, 07 de Diciembre de 2015 (ACNUR) – Javier y sus dos hijas adolescentes se han unido al creciente número de personas que huyen de la violencia ocasionada por las pandillas y maras en El Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras, El Salvador). Desde hace un año viven en Guatemala en una pequeña habitación para todos con un sofá y una pequeña cocina.

"No tuvimos otra opción si no huir. Era imposible desplazarnos a otra parte del país. Una de mis hijas fue violada por un marero y quedo embarazada." dice Javier.

En ocasiones, varias personas en una misma familia son acosadas por la misma mara. Las jóvenes y adolescentes, como la hija de Javier, son acosadas por mareros en sus comunidades y en muchos casos son violadas en varias ocasiones. Además de los acosos, son constantemente amenazadas, inclusive con la muerte, y terminan huyendo, solas o en compañía de familiares, hacia países vecinos en busca de protección.

Javier y sus hijas fueron los primeros en salir del país. Su esposa y otra hija continuaron viviendo en El Salvador durante un año pero mantuvieron poco contacto con Javier. Luego la madre de sus hijas tuvo que salir del país.

En San Salvador, las extorsiones, violaciones, asesinatos están a la orden del día. Las personas se han acostumbrado a ser testigos resignados de la violencia y las amenazas. En el caso de Javier, las amenazas empezaron después de que presentara una denuncia por extorsión. Javier era un conductor de bus en El Salvador, mejor conocidos como "pilotos". En los últimos años, la profesión se ha convertido en una de las más peligrosas en los países del Triángulo Norte debido al accionar de las maras en contra de los choferes a través de extorsiones, torturas y asesinatos. Si los conductores no cumplen con los pagos semanales o denuncian las extorsiones, muy seguramente terminan pagando con sus vidas. Javier y sus compañeros de trabajo pagaban individualmente a la mara unos 30 dólares semanales.

Javier recuerda levantarse a las 3 de la mañana para ir a la estación de buses en El Salvador cada día de trabajo. La estación quedaba a 6 cuadras de su casa. Para Javier, esos minutos eran interminables y con cada paso le pedía a Dios que nadie le hiciera daño.

"No confío en nadie, confío solo en Dios y en mis hijas" dijo Javier. "Cuando me decidí a denunciar me vinieron a buscar al trabajo y me dispararon dos veces cerca del ojo. Logré llegar al hospital, pero cuando salí de allí, me avisaron que si quería seguir vivo era mejor desaparecer inmediatamente" relata Javier entre lágrimas producto de la rabia y desesperación.

Aun fuera de su país, todavía la paz es relativa. Unos miembros de las maras que lo acosaron y amenazaron en El Salvador lograron identificarlos a través de sus redes y lo amenazaron dándole 5 días de vida. "Quiero vivir en un lugar seguro no pido nada más. La violencia me persigue en todos los rincones" dijo Javier.

La historia de Caterina no es muy diferente a la historia de Javier. Doña Caterina huyó también de la violencia en El Salvador junto a 14 familiares. La familia de Doña Caterina tenía un buen negocio que le generaba ingresos. No pasó mucho tiempo antes de que una mara les exigiera extorsiones semanales que aumentaban constantemente.

"Habíamos pensado hasta vender el supermercado pero esa gente no lo permitió porque el negocio daba buenos frutos. Nos tocó vender hasta nuestra casa. Llegamos a un punto en donde la situación era insostenible, cuando no pagábamos los mareros mataban a alguien de nuestra familia. Mis ojos han visto tantas cosas que no se pueden explicar" recuerda Doña Caterina.

Su hija adolescente empezó a ser acosada por las maras. Primero la invitaban a ser parte de la mara, pero al negarse, empezaron a llegar amenazas a través de fotografías para asustarla; por último, los mareros la fueron a buscar a su colegio. "Fue en ese momento que dije que no podía más. Hablé con mi esposo y decidimos salir del país. No se podía visitar otro barrio porque si nos veían en un lugar de la mara contraria a la del barrio de dónde eres, te matan. Y si no pagas las extorsiones, te matan también. No hay salida".

En el Salvador los territorios están divididos entre las maras, aún con la presencia de la policía en las comunidades, existe un fuerte control por parte de los grupos delictivos. Doña Caterina recuerda semanas donde las masacres no paraban y había sangre en todos lados. "El Triángulo Norte es como un cáncer, nos consume y somos invisibles, gritando en silencio. Cada día al leer los periódicos te das cuenta que la situación no mejora y parte de mi familia sigue viviendo allá".

Una vez llegaron a Guatemala, después de haber tomado varios buses, Doña Caterina y su familia fueron acogidos por un sacerdote. A través del apoyo de la iglesia y de otras personas, pudieron comprar los materiales y las maquinas necesarias para abrir una pequeña tienda que vende comida típica de El Salvador.

Luego de unos días, toda la familia solicitó la condición de refugiado en Guatemala, donde viven actualmente. La familia ha podido reunirse completamente e intentar volver a comenzar sus vidas.

Para Doña Caterina y para Javier sigue siendo difícil confiar en la gente; ambas familias viven de manera reservada con el miedo de ser perseguidos otra vez.

En Guatemala hay 200 refugiados, principalmente de los países vecinos, Honduras y El Salvador. Aún después de recibir protección como refugiados, existen retos para la integración local de las personas refugiadas en Guatemala.

Por Francesca Fontanini