Familias luchan por salir adelante entre el calor y el polvo de un campamento iraquí en el desierto

Miles de desplazados de Faluya buscan maneras para mantenerse tranquilos y frescos en duras condiciones.

Thari Ismael y su familia viven en una cocina comunitaria en un campamento para familias desplazadas en Habbaniyah, Gobernación de Anbar en Irak.  © ACNUR/Caroline Gluck

HABBANIYAH, Irak – La temperatura ronda los 50 grados Celsius en el campamento de Habbaniyah, un polvoriento refugio situado en el desierto iraquí, desprovisto de sombra, donde se cobijan miles de familias desplazadas.

Conocí a Thari Ismael de 53 años y a su familia en un edificio endeble hecho de plástico, ideado originalmente como cocina comunitaria. "No había tiendas de campaña disponibles, así que nos mudamos aquí", dice Thari, padre de ocho hijos. "Algunos de los residentes del campamento quieren que nos vayamos para que puedan cocinar en este lugar, pero no hay ningún otro sitio donde podamos ir".

Dos días antes, la familia – que vivía en un área rural en los alrededores de Faluya – recibió conexión a la red eléctrica, lo que les ha permitido usar aire acondicionado y un ventilador proporcionados por ACNUR. "Es una gran diferencia – se está mucho mejor", dijo Thari, "pero aun así, la vida cotidiana es difícil".

Los Ismael se encuentran entre los numerosos residentes de Faluya que huyeron de sus hogaresa finales de mayo, escapando de una ofensiva del gobierno para reconquistar la ciudad de manos de los grupos extremistas.

Campamentos como el de Habbaniyah fueron la apresurada respuesta al desplazamiento masivo que siguió. Más de 87.000 personas han huido de Faluya y de las áreas vecinas para evitar los ataques aéreos del gobierno y de las fuerzas de la coalición aliada, y del fuego de artillería y el férreo control de los grupos extremistas, factores que han dominado su vida cotidiana durante dos años y medio.

No obstante, las duras condiciones que ahora enfrentan han puesto su alivio en entredicho.

"Agradecemos estar seguros con nuestros hijos . . . pero todavía tememos regresar."

La mujer de Thari, Sawsan, de 42 años, me contó cómo la huida de la familia duró tres días y cómo cruzaron el río Éufrates, donde perdieron joyas y documentos de identidad, y vieron a otras familias ahogarse.

"Agradecemos el estar seguros con nuestros hijos . . . pero aún tememos regresar".

También habló de su preocupación sobre la salud de su hija, que tiene una enfermedad renal. Sus otros hijos han cogido diarrea por beber agua contaminada, asegura.

Caminando por el campamento, es evidente que las condiciones distan mucho de ser ideales, aunque se está distribuyendo más ayuda humanitaria a la gente. ACNUR, junto a su organización aliada Muslim Aid ha distribuido material de emergencia en otro campamento que visité dos días antes y planifica distribuciones adicionales para las familias de éste.

Muchas familias todavía comparten las tiendas de campaña; la gente moja toallas con agua y se envuelve la cabeza con ellas para mantenerse frescos, pero cuentan que sólo son capaces de dormir unas pocas horas cada noche, debido al calor. Muchos han desarrollado afecciones en la piel, posiblemente por el calor o por las condiciones del campamento. Los residentes se han quejado de picaduras de insectos y escorpiones.

La situación es especialmente difícil para los hogares encabezados por mujeres, cuyos maridos e hijos mayores están ausentes, tras quedar separados en controles de seguridad por parte de las autoridades, una vez las familias habían alcanzado territorio seguro.

"Queremos saber dónde están los hombres", expuso Hamdia Hadi, viuda, de 45 años. A su hijo de 19 años se lo llevaron hace dos meses para interrogarlo.

"Es un desastre, estar aquí sin mi hijo. Tengo tres niñas, y una está enferma en estos momentos. Dependo de él. No puedo volver a casa en Faluya hasta que se reúna con nosotras".

"Faluya es un lugar que me trae malos recuerdos. No creo que pueda volver jamás."

Munira Mohammed, divorciada con cuatro hijos, comparte tienda con su hermana y sus seis sobrinos.

"Mis hijos tienen miedo de los insectos, de las criaturas que nos encontramos en el campamento", narró. "Pero aunque no sea fácil, preferimos quedarnos aquí. En Faluya, nuestra casa fue destruida en un ataque aéreo, y durante los cincos meses anteriores a marcharnos, estuvimos viviendo en varias casas abandonadas de la ciudad".

"Ahora estamos completamente solas. Faluya es un lugar que me trae malos recuerdos. No creo que pueda volver jamás".

Las autoridades ya han comenzado a eliminar artefactos explosivos camuflados y minas en Faluya, esperando que las familias puedan comenzar pronto el regreso. Más de 3,3 millones de iraquíes han sido desplazados a consecuencia del conflicto, y es probable que la situación humanitaria empeore en los próximos meses.

Los fondos humanitarios comprometidos en la conferencia de donantes celebrada en Washington en julio han supuesto un paso adelante bien recibido, permitiendo que agencias como ACNUR financien planes de contingencia, establezcan nuevos campos y hagan pre posicionamiento de tiendas de campaña y materiales de primera necesidad, antes de una próxima emergencia.