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A las personas solicitantes de asilo se les ofrece una nueva vida fuera de Libia

Historias

A las personas solicitantes de asilo se les ofrece una nueva vida fuera de Libia

Entre las 93 personas vulnerables que viajan a bordo del primer vuelo de evacuación a Italia en dos años como parte del nuevo mecanismo de emergencia, se encuentran supervivientes de violencia.
25 Noviembre 2021 Disponible también en:
Abdsamad, un solicitante de asilo somalí, con su familia mientras esperan en el aeropuerto de Trípoli para abordar un vuelo a Roma.

Un ambiente de entusiasmo y expectativa se extiende entre el grupo de mujeres, niñas, niños y hombres que hacen fila frente a un edificio de la capital libia, Trípoli. En el interior, los miembros del personal de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, se preparan para ofrecer asesoría, ayudar a tramitar los documentos y distribuir artículos de viaje al grupo.

Poco después, las sonrisas y las lágrimas de alivio estallan entre el grupo cuando se enteran de que estarán a bordo del primer vuelo de evacuación de Libia a Italia en dos años. La COVID-19 y el cierre de las fronteras habían impedido que los vuelos operaran en 2020, mientras que durante gran parte de este año, los vuelos humanitarios habían sido bloqueados por la Dirección para la Lucha contra la Migración Ilegal de Libia.

Entre las personas seleccionadas se encuentran algunas de las personas solicitantes de asilo más vulnerables del país. Muchas son mujeres, niñas y niños, supervivientes de violencia o tienen una condición médica grave. Todas se han enfrentado a circunstancias terribles en su país de origen y, posteriormente, a grandes peligros y dificultades en Libia.

“Ser una mujer sola es duro”.

Hayat, una madre eritrea de 24 años, llegó a Libia en 2017, tras realizar una peligrosa travesía por el desierto. Su esposo fue asesinado a tiros por grupos de tratantes cuando la pareja no pudo pagar una petición de rescate para su liberación.

“Lo mataron ante mis ojos y me golpearon”, relató. Hayat estaba embarazada de siete meses en ese momento y contó que los años siguientes fueron una gran lucha para mantener a su hijo.

“Sufrí... para conseguirle comida y bebida, y pagar el alquiler. Ser una mujer sola es duro. Estar con un niño, sin trabajo y sin que nadie te ayude, estás realmente sola”, compartió.

Al llegar a Libia, muchas personas refugiadas, migrantes, y solicitantes de asilo se enfrentan a peligros, como la explotación y los abusos a manos de grupos de tráfico y trata de seres humanos.

“¡Estoy tan feliz de poder volar!” exclamó Hayat. “Gracias a Dios voy a viajar. Necesito irme. Necesito un lugar seguro donde pueda criar a mi hijo”.

El grupo será el primero de 500 personas admitidas en Italia durante un año. Los vuelos se organizan en el marco de un nuevo mecanismo que combina las evacuaciones de emergencia con los corredores humanitarios establecidos en Italia desde 2016.  Aunque están financiados principalmente por el Gobierno de Italia, los vuelos también cuentan con el apoyo de una coalición de organizaciones religiosas, que incluye la Comunidad de San Egidio, la Federación de Iglesias Protestantes y la Mesa Valdense.

Zahra, sudanesa de 48 años y madre de tres hijos, apenas pudo reunir el dinero para pagar el taxi para acudir a la cita, pero se alegra de haber hecho el viaje.

Lleva más de veinte años viviendo en Libia. Todos sus hijos nacieron en el país, pero ninguno tiene documentación oficial, salvo su certificado de asilo de ACNUR.

Su hijo mayor, Mohamed, de 17 años, está postrado en una silla de ruedas, después de haber sido alcanzado por una bala en la columna vertebral en 2014, en pleno conflicto. Había estado jugando fuera de la casa donde la familia vivía en la ciudad oriental de Bengasi, donde el esposo de Zahra se las arreglaba para encontrar trabajos informales para mantener a la familia.

“Mi hijo ya no puede hablar ni moverse, pero aún confío en que se recuperará. Tengo que cuidar de él todo el día”, señaló.  

Los médicos no podían hacer mucho para ayudar en ese momento. El conflicto no daba tregua y los centros de salud apenas funcionaban debido a la falta de equipos médicos y a los continuos cortes de electricidad.

La familia se fue a Trípoli en busca de mayor seguridad, pero entonces el esposo de Zahra murió, dejándola con tres hijos y sin nadie a quien recurrir.

“Mi único deseo es conseguir tratamiento para mi hijo”, aseguró Zahra.

Sentados en una acera afuera del edificio, un joven somalí llamado Abdsamad y su esposa compartían la buena noticia por teléfono con otros familiares. Abdsamad llevaba viviendo como refugiado en Etiopía desde 2001 antes de trasladarse a Libia hace unos años.

“Ha sido muy difícil. Cuando no tienes estatus legal en el país, no puedes ni siquiera alquilar una casa o recibir atención de salud”.

“Ahora estoy agradecido por haber viajado. Pienso en el futuro y en el de mis hijos. Espero que sea Bueno”.