Los ataques a extranjeros en Sudáfrica exponen a nuevos peligros a las mujeres refugiadas

Pese a que en varias ocasiones ACNUR ha intentado ayudar a Faiza Lugi a restablecer su negocio de venta de zapatos después de que la violencia xenófoba en Sudáfrica el pasado marzo le arrastrara a la indigencia, Lugi apenas gana lo suficiente para vivir.  © ACNUR/P.Rulashe

DURBAN, Sudáfrica, 20 de octubre de 2015 (ACNUR) – Cuando la refugiada congoleña Faiza Lugi vio a la muchedumbre avanzando en tropel por la calle principal de la ciudad portuaria armada con machetes y varas de madera y coreando lemas anti-extranjeros, supo que tenía que huir de nuevo.

Lugi, que hace más de diez años huyó de la guerra, las violaciones en grupo y el caos en la República Democrática del Congo (RDC), tuvo que abandonar su puesto callejero de calzado en Durban para poder escapar de la turba que saqueó varios negocios, prendió fuego a las casas y asesinó a más de siete personas.

"Estaba conmocionada", dijo Lugi, que logró refugiarse en una comisaría de policía de la ciudad donde se congregaban cientos de extranjeros aterrorizados. Después, Lugi corrió al encuentro de un amigo que estaba preparándose para huir a un refugio para extranjeros desplazados en la ciudad de Isipingo que había sido establecido semanas antes. Su amigo le insistió para que huyera con él.

Mientras se montaba en un mini autobús con destino a Isipingo, una ciudad a 20 kilómetros de Durban, Lugi pensó en su madre congoleña y en su hija de 18 años, Lydia Neema, que en ese momento se encontraba en la escuela.

"Me daba miedo lo que les pudiera pasar, pero no podía ir a buscarlas. No hubiera llegado viva porque parezco extranjera y apenas hablo zulú, el idioma local. Mi único consuelo era que mi hija habla muy bien la lengua zulú y pensé que no irían a por ella. Mi madre se reunió conmigo varios días después porque estaba sola, y esto la hacía más vulnerable", dijo.

Durante las semanas que duró la violencia, la hija de Lugi permaneció en Mayville, un barrio a las afueras de Durban. Su soltura en el idioma zulú la mantuvo a salvo. "Ninguno de mis amigos sabe que en realidad soy congoleña", confesó. "Nunca se lo he contado, porque si lo supieran probablemente me darían de lado o me harían la vida imposible".

Es la segunda vez que esta familia es víctima de actos mortales de violencia que consiguen desbaratar por completo sus vidas. Hace más de una década Lugi tomó un vuelo desde Uvira, en el este de la República Democrática del Congo, después de que un grupo de rebeldes violara de forma colectiva a su cuñada. Lugi, que presenció la escena escondida bajo la cama, tuvo que tapar con fuerza la boca de su hija, que entonces tenía seis años, para impedir que esta gritara.

Aprovechando una interrupción en los enfrentamientos, lograron escaparse en un camión para buscar seguridad y asilo en Sudáfrica, tal y como hicieron las 315.000 personas que también huían de conflictos en varias regiones de África. Josephine, la madre de Lugi de 66 años, se unió a ellas más tarde, convirtiéndose así en otro de los 23.500 refugiados y solicitantes de asilo de la República Democrática del Congo.

Los ataques xenófobos se han producido en mitad de la crisis económica que azota Sudáfrica en la que los extranjeros han sido el chivo expiatorio. Entre ellos se encuentran cientos de refugiados como Lugi, que ya se encontraban en una posición vulnerable antes del conflicto. Gracias a los esfuerzos del Gobierno por aplacar la violencia y a la iniciativa económica de ACNUR para la reintegración de refugiados en la sociedad de acogida, Lugi y su madre pudieron volver a su alojamiento alquilado en Mayville, aunque por poco tiempo.

Durante su ausencia, un incendio lo había reducido todo a cenizas en lo que Lugi considera un acto de sabotaje. "Quedé destrozada" se lamentó. "Años y años de duro trabajo destruidos por completo".

Nadie quería que viviéramos aquí y ya no me quedaba nada del dinero que había recibido de ACNUR para pagar el alquiler.

Lugi, preocupada por buscar un lugar donde pasar la noche con su familia, decidió pedir ayuda a Servicios Sociales para los Refugiados, asociación socia de ACNUR en Sudáfrica. A través del programa de emergencia financiado por ACNUR, se reubicó a Lugi y su familia en un edificio de apartamentos en el distrito comercial de Durban, y se les ofreció ayuda en forma de dinero para el alquiler, ropa de segunda mano, un colchón doble, cupones para comida y otros artículos.

Pero el programa de emergencia proporciona apoyo durante tres meses, siendo agosto el último mes en el que Lugi recibió estas ayudas.

ACNUR está ayudando a Lugi a restablecer su negocio mediante un programa en el que se presta ayuda para empezar de nuevo a aquellos refugiados que han perdido su medio de sustento debido a la violencia xenófoba. Pero, a pesar de ello, su negocio de venta zapatos está teniendo muchas dificultades.

En concreto, lo que realmente le preocupa es el dinero del alquiler que debe pagar en octubre. "Ya no sé qué hacer", admitió. "No paro de pensar en todos los problemas que tengo. No sé cómo solucionarlos".

"Estamos observando un aumento en el número de refugiados que acuden de forma periódica a nuestras oficinas para solicitar más ayudas", declaró Yasmin Rajah, directora de Servicios Sociales para los Refugiados. "Pero por desgracia nuestros recursos son limitados y no podemos con todo. Básicamente, los refugiados no tienen más remedio que intentar llevar lo mejor posible esta situación tan complicada. Es preocupante".

ACNUR considera una prioridad seguir de cerca el caso de mujeres como Lugi.

"Sabemos que, en general, las mujeres refugiadas son vulnerables al riesgo", afirmó Anna Leer, encargada regional de servicios comunitarios de ACNUR. "Sin embargo, una situación de violencia xenófoba puede aumentar el riesgo de abuso y explotación de estas mujeres, que incluso podrían verse obligadas a ofrecer sexo por supervivencia o a recurrir a otros mecanismos de supervivencia destructivos".

Aunque los recursos son limitados y la autosuficiencia es la única manera de seguir adelante, ACNUR y sus socios están haciendo lo que está en su mano para impedirlo. Para ello están ofreciendo programas de ayuda temporal y planes realistas de autosuficiencia.

Pese a sus problemas, Lugi agradece que el Gobierno sudafricano le haya concedido una pensión mensual de jubilación a su madre y le esté costeando los medicamentos y las visitas al hospital. Por otro lado, Servicios Sociales para los Refugiados está estudiando la posibilidad de pagar a su hija el transporte hasta la escuela, y están persuadiendo al centro escolar para que le eximan del pago del dinero que Lugi debe, pero que no pueden pagar.

"He pasado de ser autosuficiente a vivir en la calle. He perdido toda esperanza", confesó con lágrimas en los ojos. "Ya no sé dónde acudir".

Pumla Rulashe Durban, Sudáfrica

Gracias a la Voluntaria en Línea María Colell González por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.