Solos en la distancia: menores no acompañados encuentran refugio tras huir de Libia

Four unaccompanied children talk about their difficult journeys and their hopes for their future as they leave for a new life in Sweden after fleeing Libya. [for translation]

Los cuatro jóvenes tratan de divertirse en Sallum mientras esperan para ser reasentados.  © ACNUR/N.Bose

SALLUM, Egipto, 21 de junio (ACNUR) – Sus grandes y bonitos ojos apenas pueden ocultar el dolor por el que ha pasado. Rosie ha vivido en tres países: Etiopía, Sudán y Libia. Esta adolescente nunca ha tenido la oportunidad de echar raíces, ha tenido que salir de todos los países para salvar su vida, siempre a la búsqueda de un lugar al que llamar hogar.

Pero esta refugiada etíope de 17 años además estaba sola cuando llegó a la ciudad fronteriza de Sallum, en el noroeste de Egipto, tras huir de la devastadora guerra de Libia. No era la única menor no acompañada que acabó aquí.

David, también de 17 años, es un joven solitario y reservado que vive en una tienda en un rincón de la zona portuaria de Sallum. No tiene amigos, a diferencia de Robert, de 16 años y Gerry, de 15, quienes se conocieron en el campamento de la Media Luna Roja en Bengasi a principios de año y desde entonces se han convertido en fieles compañeros.

Los cuatro llevan atrapados en Sallum desde hace meses y no han podido unirse a la media de 2.000 personas que han entrado diariamente en Egipto procedentes de Libia, principalmente egipcios y libios. Desde que estalló el conflicto en Libia el pasado mes de febrero, más de 300.000 personas han entrado en Egipto por el paso fronterizo de Sallum, muchas de ellas de regreso a sus países de origen.

Rosie, David, Robert y Gerry tienen distintos caracteres y preocupaciones, pero con la ayuda de ACNUR sus vidas están a punto de mejorar, ya que los cuatro han aceptado el reasentamiento en Suecia. Otros miles de niños no tienen tanta suerte, y por eso la situación de los menores no acompañados que han quedado atrapados por la crisis en Libia es una de las principales preocupaciones de ACNUR.

La vida no ha sido fácil para Rosie. La última vez que vio a su madre tenía dos años y siete años después perdió a su padre. Después de recibir constantes malos tratos por parte de su madrastra, en 2006, cuando apenas era una niña de doce años, Rosie huyó de la capital de Etiopía, Addis Abeba, y se fue a Jartum, en el vecino Sudan.

Trabajó ilegalmente en una cafetería, pero los problemas la acechaban. "Un día, la policía vino y nos cogió a todos. Estuve detenida durante seis meses y me golpearon en prisión", dijo Rosie a ACNUR. "Nos íbamos a dormir con hambre porque no nos daban suficiente comida".

Entonces llegó el momento de irse de nuevo. Ella y un grupo de amigos se dirigieron a Trípoli, en Libia, donde contactó con ACNUR y pidió asilo. Sus amigos se embarcaron en el arriesgado viaje en barco hacia Italia, pero Rosie estaba enferma y no pudo unirse a ellos. Se fue a Bengasi y trabajó como sirvienta. "Me sentía enferma, pero tenía que trabajar para sobrevivir. Sin trabajo, no podía vivir". Entonces llegó la guerra.

David nació en el exilio en Sudán y nunca conoció a sus padres eritreos. Quizás eso explica su carácter – su única familia fue una monja cristiana que murió cuando él tenía 12 años-. "Aún la echo mucho de menos", dijo el joven. Su nuevo cuidador trató de convertirlo al Islam. "Mi vida era dura y escapé", recordó.

También se fue a Jartum, donde trabajó como limpiador. Se encontró con otros eritreos y se fue con ellos hasta Libia hace dos años. "Pensé que en Libia la vida sería mejor, no sabía nada más". David, que acabó trabajando en Bengasi, aseguró que había sido detenido y torturado por sus creencias religiosas.

Gerry y Robert, por su parte, se embarcaron en sus viajes en solitario como menores no acompañados porque temían ser reclutados en las fuerzas armadas eritreas. Ambos pasaron una temporada en el campo de refugiados de Shegerab, en el este de Sudán, antes de cruzar el desierto del Sáhara hasta Libia con la ayuda de traficantes.

A diferencia de Rosie y David, los dos chicos tienen parientes de familiares directos a los que echan de menos desesperadamente. "No estoy seguro si valió la pena dejar a mi familia", dijo Gerry. "Amo a mi familia, a mis padres, y más que a ningún otro, a mi abuela".

La madre de Robert pensó que estaba muerto. Descubrió donde estaba y quién era sólo cuando su hijo llamó a casa hace poco desde Sallum. "Mi madre estaba muy feliz. Le conté como me había marchado y le conté cosas de mi vida", incluidos los problemas a los que a veces tuvo que hacer frente por ser cristiano y vivir en Libia.

El conflicto en Libia supuso un punto de inflexión para todos ellos. Para Rosie, fue una pesadilla, porque las personas del África subsahariana se convirtieron en objetivo de ataques. "Los libios entraban en nuestras casas, atacando a los africanos. No era seguro", recordaba. Los cuatro encontraron se dirigieron al campamento de la Media Luna Roja en Bengasi antes de trasladarse a la frontera, donde se enfrentaron a nuevos problemas.

Aparte de estar atrapados en la frontera hasta que se decida su destino final, han tenido que hacer frente a las duras condiciones de vida en el campo junto a otros 800 refugiados y solicitantes de asilo.

En los últimos tiempos han estado viviendo en tiendas, desafiando al frío nocturno, las tormentas de polvo cegadoras y la plaga de moscas.

Para estos cuatro niños, la espera ha terminado; forman parte de un grupo de 145 refugiados de Sallum que serán reasentados en Suecia a principios de mes. Y están deseándolo.

Privados de una infancia feliz, Rosie y el esquivo David están entusiasmados con la idea de ir a la escuela. Robert, en cambio, no puede parar de sonreír. "Estoy tan contento . . . quiero estudiar informática y jugar al fútbol".

Su compañero Gerry, que quiere ser ingeniero, decía que le gustaría "recordar siempre por lo que he tenido que pasar", mientras añadía con nostalgia: "Quiero ver a mi abuela. La quiero mucho pero nunca podré volver a Eritrea".

Los cuatro harán frente a muchos nuevos retos.

* Todos los nombres han sido cambiados por motivos de protección.

Por Nayana Bose en Sallum, Egipto