1 familia obligada a huir: Expulsados de Honduras por la violencia de las pandillas

Growing numbers of people in Central America seek asylum in Mexico, Canada and the United States to escape gang violence, persecution and extortion. [for translation]

La familia hondureña tras solicitar la condición de refugiado en Tapachula, al sur de México.  © ACNUR/M.Echandi

TAPACHULA, México, 14 de junio (ACNUR) – Cuando la violencia de las pandillas comenzó a afectar a las vidas de los ciudadanos en su comunidad, en San Pedro Sula, Miguel* decidió hacer algo. Se unió a otros civiles hondureños en uno de los varios comités de vigilancia que comenzaron a surgir en zonas urbanas del país desde 1996.

Estos grupos de ciudadanos buscaban disuadir a los pandilleros de llevar una vida de violencia y delincuencia y contribuir a construir una sociedad apegada a la ley. En lugar de ello, las pandillas se volvieron contra los vecinos. "La mara mató a 18 miembros de nuestro grupo", recuerda Miguel, y agrega que decidió huir con su familia cuando intentaron reclutarle. "Les dije que yo tenía familia, que tenía a mis hijos y que no podía hacerlo".

Éste no es un caso aislado. En años recientes, ACNUR ha registrado un número creciente de personas que buscan asilo en México, Canadá y Estados Unidos, alegando amenazas por la violencia de las pandillas o maras y el reclutamiento forzado en países como Guatemala, El Salvador y Honduras.

De acuerdo con información de Naciones Unidas, cerca de 70.000 jóvenes son miembros de pandillas violentas en Centroamérica. Las actividades de las maras varían desde el tráfico de drogas y la prostitución, a la violencia sexual, el robo y el asesinato. Las más grandes son transnacionales.

Las maras están constituidas principalmente por jóvenes, y los civiles inocentes muchas veces están atrapados en el fuego cruzado de sus feudos o son obligados a pagar alguna forma de extorsión por protección. Y no ven con buenos ojos a personas como Miguel, quien intenta marcar una diferencia frente a su influencia perniciosa. La presencia de maras es aún mayor en zonas urbanas.

Cuando las pandillas irrumpieron en sus vidas, Miguel y su esposa Josefina* intentaban llevar una vida honesta, y tenían planes para el futuro, criar a sus dos hijos de ocho y seis años de edad, enseñándoles la diferencia entre el bien y el mal. Después de los intentos de Miguel de limitar los avances de la mara local, la situación se volvió insoportable.

"Uno vive todos los días con miedo. Cuando los niños salen a la tienda de la esquina, al mercado, a donde sea, te preocupa que algo les pase", señaló Josefina, quien estaba embarazada cuando los problemas comenzaron. La mara amenazó con matar a Miguel. Entonces decidió enviar a sus hijos con su abuela materna en el vecino El Salvador.

La familia se desplazó de su hogar varias veces, pero no pudo librarse de sus perseguidores. La mara finalmente lo encontró y le disparó estando afuera de su casa. Quedó herido en el brazo, pero salvó la vida al tirarse al suelo.

Se apresuró hacia el hospital, pero aún allí no se sentía seguro. Denunció el incidente a las autoridades pero no quiso seguir tentando a la suerte.

Miguel y Josefina se reunieron con sus hijos en El Salvador, donde continuó recibiendo atención médica. Pero aún allí no se sentía seguro, pues sabía que la mara también tenía presencia y operaba en el país de su esposa.

Decidieron hacer el viaje hacia México, a través de Guatemala, siguiendo la ruta migratoria que toman miles de personas con la esperanza de llegar a México o Norteamérica; dentro de ella viajan también solicitantes de asilo y refugiados.

El viaje duró 10 días, la mayor parte de ellos viajaron a pie, hasta llegar a la ciudad de Tapachula, al sur de México a principios de diciembre del año pasado. "Pasábamos hambre, y muchas veces tuve que pedir limosna para que mis hijos pudieran comer", dijo Josefina al ACNUR.

"Una vez en México, pasamos la noche en un hotel en Tapachula donde te cobran 10 pesos (un dólar americano) por dormir sobre un petate (un tapete hecho con hojas de palma secas). Estábamos tan cansados", recuerda.

Cuando la familia despertó, descubrieron que les habían robado sus mochilas con los documentos y la ropa y zapatos de los niños. "Sentí tanta rabia porque había tenido mucho cuidado con su ropa todo el camino. Era lo único que teníamos" expresó con lágrimas de coraje al recordarlo.

De allí se dirigieron al albergue para migrantes, donde supieron acerca del ACNUR, de las autoridades mexicanas encargadas de los refugiados, y de la posibilidad de solicitar la condición de refugiado.

Josefina dio a luz a un hermoso niño mientras esperaban una respuesta a su solicitud por parte del Gobierno mexicano. De acuerdo a la Constitución mexicana, este bebé tiene el derecho a la ciudadanía mexicana.

ACNUR estima que las personas que huyen de los enfrentamientos y la persecución por los grupos del crimen organizado deben recibir protección. El año pasado, la Agencia de la ONU para los Refugiados emitió unas directrices para ayudar a los Estados cuando analizan una solicitud de asilo de personas bajo estas condiciones. Pero ACNUR también cree que 1 refugiado obligado a dejar su hogar es demasiado.

Mientras tanto, Miguel y Josefina miran hacia adelante. Ellos han recibido su estatus como refugiados. Miguel espera encontrar un trabajo y poder programar la cirugía que aún necesita en su brazo. Josefina espera que sus hijos puedan regresar a la escuela y comenzar una nueva vida, mientras sostiene esa nueva vida en sus brazos.

*Los nombres han sido cambiados por razones de protección.

Por Mariana Echandi en Tapachula, México