En un campamento de refugiados de Kenia, las niñas aprenden a superar las adversidades

Solo una niña entre 10 logra llegar a la enseñanza secundaria en Kakuma, pero esto no es obstáculo para esta estudiante sud sudanesa con gran ambición.

Esther Nyakong, de 18 años, asiste al internado Morneau Shepell cerca del campamento de refugiados de Kakuma en Kenia.
© ACNUR/Anthony Karumba

Durante el primer día del período escolar en un colegio de enseñanza media en el desierto del norte de Kenia, Esther Nyakong, la joven líder, conduce a sus compañeras en un encuentro de oración en el patio.


Son las 7:15 de la mañana, y todas las alumnas han estado en clases por más de dos horas.

"No necesito recordarles que estamos en período de exámenes", dice Esther, de Sudán del Sur, a 340 estudiantes, todas niñas y el 90 por ciento de ellas refugiadas, que se encuentran en pie al amanecer del día en sus formales uniformes de faldas de tela escocesa azul y blusas color turquesa. "Una vez que terminen un examen, vayan y estudien para la próxima prueba. Que no nos sorprendan perdiendo el tiempo; es ahora cuando necesitamos concentrarnos".

Brindar educación a niños y adolescentes refugiados dondequiera que encuentren seguridad es un servicio humanitario vital, sin embargo muchos no tienen esa oportunidad. Esther, de 18 años, no asistió al colegio desde fines de 2008 hasta principios de 2011.

La constante inseguridad en Juba, la capital de Sudán del Sur, la obligó a escapar a Kenia con su madre y dos hermanas mayores. Le tomó otros dos años procesar los trámites para continuar su educación en el campamento de refugiados en Kakuma, cerca de la frontera con Sudán del Sur.

Hoy día, se ha puesto al día y es una de las mejores alumnas en el colegio de enseñanza secundaria para niñas Morneau Shepell, un internado administrado por ACNUR y financiado por una compañía de recursos humanos canadiense. Ella está en camino de terminar su enseñanza media en 2017 con notas que le debieran asegurar un lugar en la universidad.

"Hay muchas personas que no logran esto, pero yo realmente tengo fe en mí misma"

"A buena hambre, no hay pan duro, pero deseo y sueño con estudiar medicina en Canadá y especializarme en neurocirugía, ser la primera neurocirujano mujer sursudanesa", explicó. Su ejemplo a seguir es Ben Carson, un neurocirujano estadounidense y anterior candidato a la presidencia de los Estados Unidos, cuya autobiografía encontró en la biblioteca del colegio.

"La gente me pregunta, '¿Realmente lo lograrás?'" señaló con una sonrisa. "Les digo que esperen y vean. Sí, hay muchas personas que no logran hacerlo, pero yo realmente tengo fe en mí".

Esther verdaderamente ha vencido la adversidad al llegar a este punto. Su niñez fue destruida por la guerra, obligándola a escapar de su hogar cuando tenía 10 años. Las posibilidades de terminar la enseñanza media para un refugiado son escasas, especialmente para una niña. La oportunidad de llegar a la universidad es casi un sueño, en términos estadísticos. Solamente uno de cada 100 refugiados alrededor del mundo continúa a la educación superior.

  • Esther Nyakong, de 18 años, y sus compañeras de colegio regresan a su sala de clases en el internado para niñas Morneau Shepell, cerca del campamento de refugiados de Kakuma.
    Esther Nyakong, de 18 años, y sus compañeras de colegio regresan a su sala de clases en el internado para niñas Morneau Shepell, cerca del campamento de refugiados de Kakuma. © ACNUR/Anthony Karumba
  • La joven líder Esther Nyakong, de 18 años, reparte tareas para hacer durante la mañana a los estudiantes en el internado para niñas Morneau Shepell.
    La joven líder Esther Nyakong, de 18 años, reparte tareas para hacer durante la mañana a los estudiantes en el internado para niñas Morneau Shepell. © ACNUR/Anthony Karumba
  • "Deseo y sueño con estudiar medicina en Canadá y especializarme en neurocirugía, ser la primera neurocirujano mujer de Sudán del Sur", dice Esther Nyakong.
    "Deseo y sueño con estudiar medicina en Canadá y especializarme en neurocirugía, ser la primera neurocirujano mujer de Sudán del Sur", dice Esther Nyakong. © ACNUR/Anthony Karumba
  • La refugiada sud sudanesa Esther Nyakong, de 18 años, asiste a una clase de conocimientos informáticos en el internado de niñas Morneau Shepell, cerca del campamento de refugiados de Kakuma en el norte de Kenia.
    La refugiada sud sudanesa Esther Nyakong, de 18 años, asiste a una clase de conocimientos informáticos en el internado de niñas Morneau Shepell, cerca del campamento de refugiados de Kakuma en el norte de Kenia. © ACNUR/Anthony Karumba

Existen alrededor de 74.000 niños de edad escolar en Kakuma, pero menos de uno entre cuatro llega a la enseñanza media. Para las niñas, las estadísticas son incluso peores: solo una entre 10 logra asistir a un colegio de enseñanza media. Tradicionalmente en las personas del mismo origen de Esther, se retiran a las niñas de la educación básica para ayudar con las tareas del hogar o para contraer matrimonio cuando son todavía adolecentes a fin de conseguir lucrativas dotes para sus padres.

Además de asuntos culturales, el tamaño de las clases es otra dificultad. En el colegio básico Mogadishu de Kakuma, uno de los 22 establecimientos educacionales que aporta alumnos a los cinco colegios de enseñanza media del campamento, hay 31 profesores para 2.661 estudiantes. Las tres clases de los alumnos más jóvenes no tienen escritorios o sillas, y los estudiantes deben sentarse en el piso de tierra.

Sin embargo, Joseph Waiyaki, el director del colegio, muestra con orgullo los resultados del año pasado: "Contamos con 101 estudiantes dando exámenes", dijo. "Cien alumnos aprobaron". El promedio nacional keniano es 75 por ciento.

Este año se espera que más de 4.000 estudiantes de enseñanza básica obtengan las notas para la educación secundaria, pero solo hay 1.000 cupos en los cinco colegios de enseñanza media. Para tratar de acomodar a todos, un colegio ha separado a sus estudiantes en dos grupos, usando las mismas salas de clases e instalaciones para un completo grupo escolar desde las 6 de la mañana hasta el mediodía, y otro grupo desde el mediodía hasta las 6 de la tarde. Otros colegios sostienen 80 alumnos por clase, el doble del máximo recomendado.

"Si, ellos son refugiados, pero son niños como muchos otros alrededor del mundo", dijo Irene Kinyanjui, la directora del colegio de enseñanza media Morneau Shepell. "La educación es su única fuente de esperanza de que serán capaces de transformar sus vidas y escapar de sus circunstancias actuales".

"La educación es su única fuente de esperanza de que serán capaces de transformar sus vidas"

Fuera de su jornada escolar, Esther vive con su prima Rebecca Nyandeng, de 31 años, en su hogar de paredes de barro y techo de lata en el campamento. Rebecca tiene seis hijos entre las edades de tres y 17. Ella arregla ropa para ganarse la vida, usando una anticuada máquina de coser que funciona con un pedal. En un buen mes, gana US$30.

"Me gustaría haber ido al colegio, pero cuando tenía solo 14 años, mis padres me obligaron a casarme", indicó. "Habría estado en una mejor situación si hubiera permanecido en el colegio".

En el colegio Morneau Shepell, la asamblea termina y las niñas se apuran en llegar a su próximo examen de práctica. Para Esther, es uno importante: biología. Detrás de su confianza, existe preocupación.

"A estas alturas, deberíamos saber cómo disecar una rata", señala. "Otros colegios habrán logrado hacerlo, pero aquí no existen ni las instalaciones, ni las substancias químicas, ni los bisturís. Ojalá ya hubiéramos podido aprender eso. Podría ser demasiado tarde. No es demasiado tarde, ¿verdad?

Por: Mike Pflanz en Kakuma, Kenia.

Gracias a la Voluntaria en Línea María Soledad Conroy por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.