La fiesta multicultural de Timisoara tiene un serio propósito

Los residentes de la ciudad organizan reuniones con los refugiados para que tengan éxito en sus nuevas vidas en Rumania.

Refugiados socializan en una reunión en Timisoara.
© ACNUR/Zsolt Balla

Se reúnen en una pequeña casa en el barrio histórico de Iosefin. Refugiados y residentes se mezclan con el sonido de la música rock en vivo. "¿De dónde son?", pregunta el anfitrión. Las manos se alzan. "Afganistán, Rumania, Irak, Rusia, Nigeria, Siria, Marruecos".


Bienvenidos a la fiesta multicultural más genial de Timisoara.

"Prueba este arroz con pasas", dice Fareshta, de Afganistán. "Lo hizo mi madre". Charlamos. Quiero tomar un café con ella al día siguiente, pero está liada: tiene un importante examen de informática en la universidad.

La habitación está llena de refugiados que intentan tener éxito en su nueva vida en Rumania, y residentes como el anfitrión de la fiesta, Flavius IIioni-Loga, de la organización ecuménica AIDRom, que los apoya con asesoramiento, clases, alojamiento y eventos multiculturales.

Un iraquí que se llama Zaher, "Zaher, como azúcar", comenta que le encanta el blog Humans of New York (Humanos de Nueva York), en el que aparecen retratos y entrevistas de las calles de la ciudad de Nueva York, y quiere hacer algo parecido en Timisoara. Quedamos para vernos a la mañana siguiente cerca de la ópera.

Cuando nos vemos en la cafetería quiere evitar sentirse como que está siendo interrogado así que acordamos hacer un juego en lugar de la típica entrevista. Nos vamos haciendo preguntas por turnos. Si alguno dice "sin comentarios", se acaba el juego.

A cambio de revelar que fui a la Universidad de Birmingham, en Reino Unido, Zaher me cuenta que su familia se fue de Irak a Emiratos Árabes Unidos durante el mandato de Saddam Hussein.

"Se suponía que nos iríamos de Emiratos y volveríamos a Irak. Pero no pudimos"

"Mi padre quería una vida mejor para nosotros", comenta. Durante algunos años tuvieron una buena vida. Zaher, con 26 años en la actualidad, se graduó como ingeniero civil en Abu Dabi.

La familia se encontraba en Rumania visitando a un hermano de Zaher que estudiaba medicina, cuando los jefes de su padre en EAU pusieron fin al contrato. "Y así fue", dice Zaher. "Se suponía que nos iríamos de Emiratos y volveríamos a Irak. Pero no pudimos, así que nos quedamos en Rumania".

Aunque es ingeniero civil, ahora Zaher sueña con hacer "algo social, algo para ayudar a los refugiados aquí". Comentamos unas ideas para una web en la que cuenten sus historias. Timisoara Tales (Los cuentos de Timisoara) parece un buen título. Y es así cómo nace Timisoara Tales, en una mesa de una cafetería, en un principio como página de Facebook.

  • Fahima (derecha) y su hija Farnat participan en un taller de manualidades, un evento social para refugiados y migrantes. Se fueron de Afganistán después de que una bomba matase a dos de sus hermanos.
    Fahima (derecha) y su hija Farnat participan en un taller de manualidades, un evento social para refugiados y migrantes. Se fueron de Afganistán después de que una bomba matase a dos de sus hermanos. © ACNUR/Zsolt Balla
  • Un refugiado de la minoría hazara de Afganistán que huyó de la violencia talibán y encontró seguridad en Timisoara, disfruta de un acto social con su esposa y sus hijos.
    Un refugiado de la minoría hazara de Afganistán que huyó de la violencia talibán y encontró seguridad en Timisoara, disfruta de un acto social con su esposa y sus hijos. © ACNUR/Zsolt Balla
  • Mientras visitaba Rumania, Zaher (en la foto), iraquí, se enteró de que su padre había perdido el trabajo. Su familia decidió quedarse en Rumania y está planeando realizar una versión de Humans of New York, pero de Timisoara.
    Mientras visitaba Rumania, Zaher (en la foto), iraquí, se enteró de que su padre había perdido el trabajo. Su familia decidió quedarse en Rumania y está planeando realizar una versión de Humans of New York, pero de Timisoara. © ACNUR/Zsolt Balla
  • Refugiados socializan en una reunión en Timisoara.
    Refugiados socializan en una reunión en Timisoara. © ACNUR/Zsolt Balla

De vuelta en la casa de AIDRom, los refugiados con niños pequeños se divierten con una tarde creativa con Simona IIioni-Loga, psicóloga y terapeuta de arteterapia. Con rollos de papel higiénico y papeles de colores hacen animales como conejos, pingüinos y erizos.

La madre de Fareshta, Fahima, que hizo el arroz con pasas para la fiesta, está con su hija más pequeña, Farnat, de nueve años, que está pegando una cola de algodón en un conejo rosa.

"Nos gusta venir, te relaja", comenta Fahima. "Nuestra familia ha pasado mucho estrés".

Fahima, que era bioquímica, y su marido Abdul, ingeniero y periodista, decidieron irse de Afganistán hace dos años cuando su ciudad natal, Herat, se volvió demasiado violenta, y se reunieron con unos familiares que ya estaban en Rumania. "Una bomba mató a mi hermano y a mi hermana", comenta.

"Queremos tener una nueva vida, una vida en paz, una vida normal, reír y sonreír".

La vida en Rumania no ha sido fácil. Abdul ha tenido que recurrir a lavar coches. Su hijo mayor trabaja en un restaurante de comida rápida. Sus dos hijos más pequeños van al colegio. Fareshta, de 19, trabaja a tiempo parcial en una zapatería mientras estudia en la Universitatea de Vest de Timisoara (Universidad del Oeste).

Ya ha hecho el examen final del primer curso y lo ha aprobado. Sale sonriendo de la biblioteca con su amiga Laila, de 25, también de Afganistán. Las dos jóvenes están en la misma clase, estudian informática e ingeniería de software. Laila, que está casada y tiene un hijo de seis años, también ha aprobado.

"Elegimos IT porque tiene buenas perspectivas laborales", comenta Laila. "Pero ante todo queríamos hacer algo nuevo y moderno, que no estuviera relacionado con el pasado".

El pasado está lejos de ser inspirador. Fareshta recuerda a "los hombres con barba" (los talibanes) zarandeando a su madre. Laila, que pertenece a la minoría hazara, ha visto cosas peores. "Los talibanes solían detener el autobús del colegio, sacar a los hazaras y dispararles", afirma.

En Afganistán es prácticamente imposible que las mujeres se planteen hacer carrera. "Allí es difícil conseguir trabajos porque los hombres tienen que acompañar a las mujeres al trabajo", comenta Fareshta. "Y hay nepotismo y corrupción en el mercado laboral".

"Estábamos cansados de todo eso", dice Laila. "Queremos una nueva vida, una vida en paz, una vida normal, reír y sonreír". Los hombres en sus familias apoyan sus aspiraciones.

"Mi marido está feliz por mí", comenta Laila. "Él también quería estudiar, pero dice "no, si yo no puedo, inténtalo tú, quizás yo pueda en el futuro". Es un buen hombre".

A Fareshta y a Laila les queda un largo camino hasta terminar sus carreras. Aspiran a trabajos en grandes empresas, o a la posibilidad de empezar su propio negocio.

Podrían ser justo el tipo de especialistas en computación que Zaher necesita para desarrollar su web de historias. Para los refugiados no se trata solo de una fiesta, sino una oportunidad de socializar y hacer contactos para tener un futuro de éxito en Rumania.

Por Helen Womack

Gracias a la Voluntaria en Línea Milvia Marrero por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.