Trío ayuda a otros recién llegados de Medio Oriente a lidiar con la vida en Viena

Tres refugiados de Siria han establecido una red de autoayuda que organiza clases de idiomas y una escuela de verano para niños.

Los niños y las niñas de la escuela de verano toman un descanso de un partido de fútbol.
© ACNUR / Stefanie J Steindl

Treinta niños y niñas, que de otro modo estarían sentados en sus casas durante las vacaciones, ahora pueden beneficiarse de una escuela de verano en Viena a cargo de tres voluntarios de Siria comprometidos con ayudar a otros refugiados.

“¿Quién nos ayudará si no nos ayudamos a nosotros mismos?”, pregunta Maan Abu Ghazaleh, de 38 años, un palestino criado en Siria. Él y su esposa siria Kholoud Al Englizi, de 36 años, y su amigo Hani Al Khatib, de 30, han creado una organización sin fines de lucro llamada “Die Brücke des Friedens” (El puente de la paz).

Los niños, disfrutando de un “aprendizaje divertido” en un centro comunitario en el décimo distrito de Viena, han ido a clases a alemán, inglés y matemáticas, para que los organizadores puedan tomar un descanso. Durante el té, reflexionan sobre cómo comenzó todo, después de que llegaron a Austria en 2014.

Habían huido de la guerra en Siria, un poco antes que todos los refugiados que llegaron a Europa en 2015. De vuelta en Damasco, Maan trabajaba en un banco, Kholoud enseñaba inglés y Hani estudiaba ingeniería eléctrica. Maan y Kholoud conocieron a Hani en Austria, donde los tres ahora son refugiados.

“Empezamos a tener reuniones cada tres meses, solo eventos sociales”.

Su voluntariado comenzó cuando vieron a otros refugiados llegar en grandes cantidades a la estación principal de trenes de Viena. Maan y Kholoud vivían en Lilienfeld en la Baja Austria en ese momento.

“Todos los días viajamos para ayudar a la gente en la estación”, dice Kholoud. “Hacemos traducciones para ellos. Si alguien necesita un médico, por ejemplo, buscamos y encontramos una dirección”.

Ellos ya conocían a Hani en Facebook. Lo encontraron en la estación, donde también se ofrecía como voluntario. Una amistad virtual se convirtió en una amistad real y comenzaron a ver que su organización social también podría convertirse en realidad.

Esparcidos por Viena, los refugiados necesitaban hablar sobre sus experiencias. Muchos habían pasado por los mismos traumas de pérdida en la guerra y luchas en el camino hacia Europa.

  • De izquierda a derecha, los organizadores Hani Al Khatib, Maan Abu Ghazaleh, Kholoud Al Englizi y el trabajador social austríaco Franz Swischaj
    De izquierda a derecha, los organizadores Hani Al Khatib, Maan Abu Ghazaleh, Kholoud Al Englizi y el trabajador social austríaco Franz Swischaj  © ACNUR / Stefanie J Steindl
  • Participantes de la escuela de verano.
    Participantes de la escuela de verano.  © ACNUR / Stefanie J Steindl
  • Algunos de los niños más pequeños en el programa asisten a una clase de alemán.
    Algunos de los niños más pequeños en el programa asisten a una clase de alemán.  © ACNUR / Stefanie J Steindl
  • Algunos de los participantes en la escuela de verano.
    Algunos de los participantes en la escuela de verano.  © ACNUR / Stefanie J Steindl
  • Algunos de los participantes en la escuela de verano.
    Algunos de los participantes en la escuela de verano.  © ACNUR / Stefanie J Steindl

“Las personas estaban aisladas”, dice Kholoud. “Empezamos a tener reuniones cada tres meses, solo eventos sociales donde podían hablar su propio idioma, hablar si tal vez estaban deprimidos. Celebramos estos eventos en cafés árabes y fue 'trae tu propia comida y bebida'”.

Los tres amigos sabían que los refugiados necesitaban aprender el idioma para integrarse, pero las clases no siempre estaban disponibles o eran gratuitas. Con un nivel intermedio de alemán, dieron clases elementales a otros refugiados con poco o nada de alemán. Crearon un "Sprachcafe" (café de para platicar) con austríacos y refugiados de varios países, no solo de Siria.

“Algunos refugiados ni siquiera sabían letras latinas. Pudimos ayudar con la alfabetización básica”, dice Kholoud, que ha tomado un curso de formación de docentes en Viena y espera eventualmente reanudar su carrera docente.

Die Brücke des Friedens, establecido formalmente en 2017, se autofinancia, aunque el gobierno de la ciudad de Viena ayuda al permitirles usar locales sin pagar alquiler. Recaudan dinero, entre otras actividades, organizando bazar de alimentos.

“En un bazar”, dice Kholoud, “200 personas se registraron en Facebook pero aparecieron 500. Estaban haciendo cola en el pasillo”.

Los tres organizadores son firmes en su deseo de ayudarse a sí mismos y a los demás, no tomar limosnas o caridad. Durante la campaña de las elecciones presidenciales de Austria en 2016, cuando algunos medios fueron negativos hacia los refugiados, pagaron para imprimir y distribuir 10.000 folletos. Los folletos agradecieron a Austria por recibirlos y aseguraron al público que no habían llegado a ser una carga para la sociedad.

“La tolerancia es cuando ves los colores que están entre el blanco y el negro”.

La idea de la escuela de verano surgió cuando los intercambios de idiomas de invierno estaban llegando a su fin. Anunciado en Facebook, la escuela estaría abierta para todos los niños, no solo los sirios, y no solo los refugiados, aunque principalmente las familias de refugiados sirios se presentaron.

“Los padres nos dijeron que tendrían problemas con sus hijos, que se quedarían en casa durante las vacaciones sin nada que hacer más que mirar la televisión”, dice Kholoud.

La escuela de verano se lleva a cabo en un centro comunitario perteneciente a Wohnpartner, una organización que apoya a los residentes en los complejos de viviendas municipales de Viena. “La tolerancia es cuando ves los colores que están entre el blanco y el negro”, dice un graffiti en la pared exterior.

Dentro, en una habitación, los niños pequeños animados por voluntarios austriacos invocan palabras alemanas que comienzan con B y P. En otra habitación, sirias adolescentes con un inglés relativamente avanzado les dan a las más jóvenes una clase de conversación.

Por otra parte, Hani le está enseñando a una docena de maestros voluntarios la canción y el baile “chi chi wa”. Pronto toda la escuela lo hará. Afuera, los niños juegan al fútbol. Platos de papas fritas se presentan en una mesa para el almuerzo.

Es divertido y educativo, una situación en la que todos ganan.

“Es muy interesante ver a los sirios”, dice el trabajador social austriaco Franz Swischaj. “Tienen algunos métodos diferentes y podemos aprender de ellos”.

Maan mira con orgullo. En Siria, recibió una licenciatura en administración de empresas y trabajó en un banco. Durante 14 meses en Viena, hizo sándwiches para una cadena de comida rápida. Ahora él ve un futuro más gratificante.

 “Empecé a involucrarme en el trabajo social”, dice, “y me parece que me gusta mucho”.