Voces unidas por la solidaridad y la esperanza
Voces unidas por la solidaridad y la esperanza
Los coros infantil y de adultos y la orquesta del proyecto Música Sin Fronteras, de la asociación Cumbres, con apoyo de ACNUR, durante el concierto "Arte Refugiado", en conmemoración de los 75 años de ACNUR.
Ocho voces infantiles se elevan en la Fundación Ortega-Marañón, en pleno centro de Madrid. Son niñas y niños refugiados y desplazados que han ensayado durante semanas para este momento. Hoy cantan sin miedo, con fuerza y con ilusión, llenando la sala de una emoción que se contagia desde las primeras notas.
Sus miradas buscan a Alejandro, su director y maestro musical, que los ha acompañado día a día en este camino. Bajo su guía, han crecido como coro y como grupo, dentro del proyecto Música sin Fronteras, de la asociación Cumbres España, una iniciativa apoyada por ACNUR a través de su programa de ayudas al emprendimiento social liderado por personas refugiadas, orientado a impulsar la integración de personas refugiadas, solicitantes de asilo y apátridas en España, mediante el fortalecimiento del liderazgo comunitario.
Cada sábado, durante los últimos meses, este coro de niñas y niños se ha reunido para ensayar. Para muchos, ha sido su primer espacio de pertenencia en España, un lugar donde aprender, expresarse y sentirse parte de una comunidad que les acoge y les reconoce. “A mí me gusta mucho cantar”, dice Aurora, de solo 8 años, con una mezcla de timidez y entusiasmo. “”Aprendemos muchas cosas, como a cantar en latín, francés, inglés”, añade Samantha, también de 8 años. No importa tener que madrugar en sábado, ni el esfuerzo de las tres horas que dura el ensayo. Estas niñas y niños vencen el sueño y el cansancio de la semana, porque aquí gana la ilusión y la diversión, que también viene con la música.
Pero no son los únicos que debutan esta noche de concierto. El coro de personas adultas y la orquesta, formados por músicos refugiados y voluntarios, llenan el escenario de matices, acentos y trayectorias diversas. Más de medio centenar de músicos profesionales y aficionados, niños y adultos, todos elegantemente uniformados, camisas blancas, pantalones negros, se preparan para poner en escena todo lo aprendido en un proyecto que nace del sueño de dos personas, y el compromiso de muchas más.
Porque bajo la batuta de Alejandro Casanova, director de orquesta y alma creativa de Cumbres España, y la dirección financiera de Mateo Zamudio, economista, ambos refugiados colombianos, nace no solo una escuela de música, Cumbres, sino un compromiso social con la integración de las personas forzadas a huir, que es el proyecto Música sin Fronteras.
Su visión es clara: crear espacios seguros donde el talento y la diversidad se encuentren, y donde las personas refugiadas puedan reconstruir vínculos, confianza y sentido de pertenencia. Y para ello, cuentan con una red de apoyo formada por voluntarias y voluntarios españoles y extranjeros, refugiados y migrantes. Una gran familia que hoy se reúne frente a un público de más de un centenar de personas, que abarrotan el auditorio María de Maeztu.
Juntos demuestran que la música puede tender puentes reales entre personas de distintos orígenes y convertirse en un lenguaje común donde la diversidad suma. Hoy, sus voces y su talento no solo interpretan obras musicales de épocas y culturas distintas. Cuentan historias de resiliencia, de aprendizaje compartido y de nuevos comienzos.
Este es precisamente el enfoque que ACNUR impulsa en España. A través del programa de Ayudas al emprendimiento social liderado por personas refugiadas, la organización apoya a pequeños proyectos con financiación, acompañamiento institucional y asesoramiento continuo. De este modo, se refuerzan las capacidades de líderes comunitarios refugiados, se promueve su participación activa y se crean espacios de protección, integración y convivencia que tienen un impacto real y duradero en las comunidades de acogida.
“La música sana. La música salva”, asegura Alejandro, fundador de Cumbres. “La música es un lenguaje universal que conecta y puede ser un aliciente en medio del sufrimiento”, añade. Porque precisamente es el ir más allá de las necesidades básicas, que a menudo lo eclipsan todo, y centrarse en la salud mental, la pertenencia, el disfrute o la autoestima, lo que diferencia este proyecto.
Para quienes participan, Música sin Fronteras es mucho más que música. Es escucha y trabajo en equipo. Es aprender un idioma a través de una letra. Es sentirse visto, reconocido y valorado. Es formar parte de algo más grande. Una integración viva y cotidiana que ocurre en aulas, talleres, ensayos y escenarios, y que fortalece tanto a quienes llegan como a la sociedad que les recibe.
En esta noche tan especial, presentada por la periodista Ainhoa Arbizu, y en la que también se celebran los 75 años de la creación de ACNUR, el arte refugiado ocupa el escenario, pero también la antesala del auditorio. La cerámica del proyecto Semillas de Barro traduce en barro la misma idea con la que Música Sin Fronteras inunda el espacio con melodías: el talento, el esfuerzo y las ganas de aportar que tienen las personas refugiadas y desplazadas.
En Madrid, hoy, la integración se escucha, se crea y se vive, sobre un mismo escenario.