Cerrar sites icon close
Search form

Search for the country site.

Country profile

Country website

"Creo que las personas refugiadas representan la fuerza y bondad del espíritu humano"

Historias

"Creo que las personas refugiadas representan la fuerza y bondad del espíritu humano"

La primera refugiada miembro del Parlamento de Nueva Zelanda, Golriz Ghahraman, reflexiona sobre cómo su condición de refugiada le ha ayudado a desenvolverse en la vida política.
7 March 2022
Golriz Ghahraman huyó de Irán con su familia a los nueve años. Juró como miembro del Parlamento en Nueva Zelanda en 2011.

Golriz Ghahraman, de 41 años, llegó a Nueva Zelanda con su familia en 1990 después de huir de Irán. Antes de hacer historia en 2011 como la primera refugiada miembro del Parlamento de Nueva Zelanda, fue abogada de derechos humanos para las Naciones Unidas. En 2020 publicó su autobiografía, Know Your Place, en la que aborda la realidad de volver a empezar en un país nuevo y lo que supone encontrar un lugar al cual pertenecer. En el marco del Día Internacional de la Mujer, ACNUR habló con Golriz sobre cómo influye en su política actual el hecho de ser una mujer refugiada.

Solo tenías nueve años cuando huiste de Irán con tu familia. ¿Cuáles son tus recuerdos más vívidos de aquella época, y cómo el hecho de convertirte en refugiada a una edad tan temprana contribuyó a marcar el curso de tu vida?

La gente piensa que las personas refugiadas se definen por su desplazamiento, pero hay toda una vida antes de eso. Yo era una niña de nueve años muy normal. Tenía mis amigos del colegio, mis primos y mi habitación, de la que estaba muy orgullosa. Existe esta otra vida que no tiene que ver con la guerra y la opresión, y la huida hacia la seguridad.

Sabía que nos íbamos a mudar por mucho tiempo. Los nueve años es una edad en la que recuerdas y comprendes. Tienes la sensación de comprender el miedo y la ansiedad de tus padres. Esa sensación de confusión estaba siempre presente. Una vez que aterrizamos en Nueva Zelanda, supe que existía el riesgo final de que no nos aceptaran como refugiados. Existe ese momento en el que no sabes qué va a ocurrir. Pero nos acogieron. Era exactamente lo que tenía que pasar, y todavía me deja sin aliento.

Después de defender los derechos humanos como abogada – incluso en nombre de personas refugiadas y migrantes –, entraste al Parlamento de Nueva Zelanda como la primera parlamentaria refugiada. ¿Cómo has utilizado tu propio ejemplo para intentar cambiar la percepción de las personas refugiadas?

Mi experiencia con el asilo y el reconocimiento de las personas refugiadas se produjo décadas antes de entrar en la política. Nunca tuve la intención de postularme como la primera refugiada miembro del Parlamento de Nueva Zelanda. Pero tu rostro, tu historia y tus antecedentes significan mucho cuando estás en la vida pública. La comunidad empezó a acercarse, recibí un increíble diluvio de amor y esperanza, lo cual fue triste porque me di cuenta de que había existido ese vacío. Con el diluvio de amor, también llegó el miedo, el odio y los prejuicios. Eso cristalizó para mí la necesidad de representar a las personas refugiadas y lo que significa ser de origen refugiado, porque el desafío de hacerse visible era muy grande.

Golriz Ghahraman abraza a una colega en el Parlamento de Nueva Zelanda.

¿Puedes hablarnos de tu trabajo sobre el cambio climático y la promoción de la sostenibilidad? ¿Cómo ha afectado su trayectoria personal a su enfoque de estos temas?

En mi vida anterior, trabajando en crímenes de guerra y tribunas genocidas, sabíamos que esas crisis afectan de forma muy diferente a las distintas comunidades. Con la crisis climática ocurrirá exactamente lo mismo. Así que las comunidades más pobres, la clase trabajadora, las mujeres y la comunidad LGBTIQ+ se verán afectados de forma diferente, y las personas refugiadas, en particular, estarán en esa primera línea. La forma en que dotamos de recursos a las diferentes comunidades para que puedan resistir la crisis se vuelve importante porque todos estamos conectados. Tenemos que reducir las emisiones, pero también tenemos que buscar la mitigación.

En Nueva Zelanda, nos vemos como una isla en el Pacífico Sur. Auckland, donde vivo, es una de las capitales de ese barrio del Pacífico Sur. Esas islas están siendo literalmente ahogadas por la crisis climática. No solo debemos dar plataformas a las naciones del Pacífico, o a la comunidad desplazada, sino que tienen que estar realmente en la mesa de toma de decisión. Ese es el peso que tenemos que dar a esas experiencias.

Has escrito sobre tus luchas anteriores con el “síndrome del impostor”, algo que muchas mujeres y personas de grupos marginados reconocerían. ¿Qué consejo darías a otras personas que experimentan sentimientos similares?

El término síndrome del impostor hace recaer la responsabilidad en la persona que tiene esos sentimientos, como si hubiera algo malo en ella. Una mejor manera de ver lo que llamamos síndrome del impostor es decir que tenemos respuestas muy lógicas y válidas a un mundo que nos es ajeno, que no nos ha incluido, ya sea una sala de juntas, un tribunal o la Cámara de Representantes. Es una especie de luz de gas a nivel social.

Existe la expectativa de que solo hay que romper el techo de cristal y que se puede hacer apoyándose en uno mismo. Sin embargo, no se nos recibe de la misma manera que a los hombres. No siempre se trata de que nosotras nos impongamos. A veces es necesario volver a tu espacio seguro, tener conversaciones de desahogo o ser la persona que sostiene a otra mujer y simplemente validar. Compartir y hablar con otras personas con las que sabes que puedes relacionarte... eso es lo que me ayudó a salir adelante.

Si hubiera un mensaje que pudieras compartir más ampliamente sobre las personas refugiadas – o enviar a las personas que actualmente están experimentando el desplazamiento –, ¿cuál sería?

Creo que las personas refugiadas representan la fuerza y bondad del espíritu humano. Tanto por el hecho de que existe la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, como por el hecho de que las personas siguen diciendo “merezco ser libre”, y toman a sus hijos y huyen. Dice mucho de nosotros como especie el cuidarnos unos a otros y luchar por nuestra libertad.