Primeros auxilios de salud mental en la primera línea de la crisis Rohingya

Muchos de los refugiados huyeron de Myanmar pasando por horrores inimaginables.

Rashida Begum, de 23 años, perdió a su bebé en un naufragio después de huir de Myanmar. Ahora recibe ayuda psicológica en el campamento de refugiados de Kutupalong en Bangladesh.
© ACNUR/Roger Arnold

Cuando el atestado bote pesquero se rompió en la tormenta, Nurus Salam acabó cayendo al mar sosteniendo a su único hijo.


Lo abrazó lo más fuerte que pudo, pero las olas se lo quitaron. De repente, Abdul de dos años, se había ido.

"Todavía le escucho gritando 'papá, papá' cuando cierro los ojos", susurra.

Nurus, de 22 años, está entre los 27 supervivientes del naufragio del 26 de septiembre en la costa de Bangladesh que mató al menos a 23 personas. Los números todavía no son exactos.

Nurus, quien también perdió a su esposa, Sanjida de 18 años, en el naufragio, está hablando en una sesión de apoyo en una clase en su campamento de refugiados, dirigido por una psicóloga de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados. Veinte de los supervivientes se reúnen en la clase del colegio de primaria Peacock, que a la vez es su alojamiento temporal.

Sentada de piernas cruzadas, Rashida Begum, de 23 años, le dice a la terapeuta, Mahmuda, cómo su hija de siete meses se le soltó en el embate del oleaje.

Estos son los primeros auxilios para la salud mental en la primera línea de la crisis Rohingya, un desastre producido por el hombre que ha causado sufrimiento a escalas inimaginables.

Con dieciséis años, Abder Rashid, explica que su padre fue asesinado en un tiroteo en Myanmar. Su madre se ahogó cuando el bote se rompió en la playa y, como el mayor de los cuatro hermanos que han sobrevivido, él es el nuevo cabeza de familia.

  • Mahmuda habla con Nurus Salam, 22, un superviviente del naufragio de Rohingya que ha perdido a sus familiares cuando el bote volcó en la playa de Inani, al lado de Cox's Bazar, en Bangladesh.
    Mahmuda habla con Nurus Salam, 22, un superviviente del naufragio de Rohingya que ha perdido a sus familiares cuando el bote volcó en la playa de Inani, al lado de Cox's Bazar, en Bangladesh. © ACNUR/Roger Arnold
  • Un superviviente del naufragio de Rohingya que ha perdido familia cuando el bote se volcó en la playa de Inani, al lado de Cox's Bazar, recibe asistencia psicológica en el campamento de refugiados de Kutupalong en Bangladesh.
    Un superviviente del naufragio de Rohingya que ha perdido familia cuando el bote se volcó en la playa de Inani, al lado de Cox's Bazar, recibe asistencia psicológica en el campamento de refugiados de Kutupalong en Bangladesh. © ACNUR/Roger Arnold
  • Mahmuda habla con los supervivientes del naufragio de Rohingya que han perdido familiares cuando el bote volcó en la playa de Inani, al lado de Cox's Bazar, en Bangladesh.
    Mahmuda habla con los supervivientes del naufragio de Rohingya que han perdido familiares cuando el bote volcó en la playa de Inani, al lado de Cox's Bazar, en Bangladesh. © ACNUR/Roger Arnold

"Ahora tengo que criar a estos chicos. No hay nadie más", dice Mahmuda en un tono de voz suave. "Noto la carga cuando intento dormir".

Psicopedagoga y consejera con cinco años de experiencia, Mahmuda ha estudiado también psicoterapia con una formación especial en trastorno por estrés postraumático o TEPT.

Ella es la única psicóloga que ACNUR tiene en los dos campamentos de refugiados mantenidos por el Gobierno en Bangladesh, Kutupalong y Nayapara, y en la extensión de ciudades con chozas de bambú y plástico más allá, que aloja a cientos de miles de personas. Hay otros cinco psicólogos más trabajando con organizaciones socias, pero no hay psiquiatras.

Desde que el bote naufragó cinco días antes, ha dirigido sesiones grupales con los 27 supervivientes y terapias individuales con 14 de los hombres, mujeres y niños que consiguieron llegar a la costa con vida.

Trágicamente, con la continua violencia que ha desarraigado a más de medio millón de personas en circunstancias inimaginables, su sufrimiento es solo la punta del iceberg.

"Todos los refugiados han pasado por experiencias traumáticas", dice Mahmuda. "Han caminado por tres o cuatro días o han venido en botes . . . han visto matanzas, tiroteos, torturas, violaciones . . . han visto de todo".

"Han visto matanzas, tiroteos, tortura, violaciones."

Hablando en un tono suave, calmado y seguro, comienza con la segunda sesión grupal para los supervivientes del naufragio con un mensaje claro de esperanza: "Están vivos," les dice. "Están a salvo. No están solos. Estamos con ustedes". Ellos escuchan atentamente.

Estudios sobre la salud mental muestran que los refugiados son sorprendentemente fuertes. La mayoría reacciona a los desplazamientos y a las pérdidas con estrés grave y pena. En proporciones pequeñas, normalmente no más de uno de cinco, presentan clases de problemas mentales suaves o medios, incluyendo TEPT moderado. Un número menor sufre de problemas serios como trastorno bipolar o psicosis.

Mahmuda tiene recursos extremadamente limitados, ni siquiera cuenta con suficiente tiempo. El psiquiatra más cercano está en Dhaka y ella solo es capaz de ofrecer referencias básicas a los doctores del campamento quienes han dado un curso intensivo en salud mental. Tiene opciones limitadas para referir a otras redes de asistencia sanitaria y social en los campamentos.

Asombrosamente, a pesar de la agonía que los supervivientes del naufragio están viviendo, y los recursos limitados que Mahmuda tiene a su disposición, hay pequeñas señales de que algunos saldrán adelante.

Mahmuda tranquiliza a aquellos que han sido rescatados con que están ahora a salvo y deben encontrar fuerzas para seguir adelante.

Increíblemente, Rashida ha empezado a aceptar la pérdida de su bebé. "Quizás es nuestro destino", dice Mahmuda.

"Cuando estábamos en Myanmar, mi hija podría haber sido asesinada por los militares o por alguien más. Me consuelo con eso. La he perdido, pero yo he sobrevivido".

Aparte de la pérdida de sus padres, Abder Rashid dice que está intimidado por las responsabilidades de tener que cuidar a sus hermanos, de ocho, nueve y doce años. Escucha ávidamente mientras Mahmuda le da información clara sobre el apoyo que hay disponible para él.

Explica que hay un espacio para los niños en el campamento donde sus hermanos pueden dibujar, jugar a la pelota, hacer juguetes y recuperar algo de su infancia. Además, buscará apoyo adicional entre los socios del campamento.

"Esta gente tiene derecho a vivir de manera digna con una buena salud mental, pero estamos muy limitados en nuestras capacidades."

Mientras que para Mahmuda, quien trata con la angustia mental a una escala simplemente inimaginable, recurre a su formación y va al trabajo. Se pregunta qué carga está soportando y qué utilidad tiene ya que está perdiendo la empatía.

"Después de volver a casa, respiro profundamente y hago ejercicios de relajación para liberarme, después de escuchar estas historias es muy difícil estar tranquila y en calma", dice.

Fue clara cuando le preguntaron qué necesitaba para ayudar a su grupo de clientes que ha crecido 15 veces en un mes. Al menos un psiquiatra, dos psicólogos infantiles y formación para el equipo médico en los campamentos, para que al menos puedan dar un servicio básico de salud mental para los refugiados Rohingya.

"Esta gente tiene derecho a vivir de manera digna con una buena salud mental, pero estamos muy limitados en nuestras capacidades por lo que no es posible ayudar a tanta población".

"Estamos intentando hacerlo lo mejor posible", dice con una calma y gracia sobrenatural que casi tranquilizan a aquellos que buscan ayuda en esta catástrofe que todavía se está desarrollando. "Si hay alguien que nos eche una mano, se lo agradeceremos".

Por Tim Gaynor

Gracias a la Voluntaria en Línea Anabella Giannico por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.