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El niño que fue enterrado vivo y sobrevivió

Historias

El niño que fue enterrado vivo y sobrevivió

Cuando su aldea en Nigeria fue atacada, el pequeño Ibrahim, de 10 años, asistió al brutal asesinato de su padre. Luego, los insurgentes se fueron tras él.
25 Marzo 2015 Disponible también en:
La cicatriz en forma de media luna en la cabeza de Ibrahim es un recordatorio visible de su terrible experiencia.

A sus 33 años, Sarratou nunca olvidará el día en el que decenas de hombres armados tendieron una emboscada en su pueblo, en el estado de Borno, en Nigeria. Eran las 10 de la mañana y se encontraba en su casa con tres de sus cuatro hijos. Los disparos retumbaban en sus oídos mientras emprendían a toda prisa el viaje de 12 kilómetros a pie hacia la frontera con Camerún.


En ese momento, su marido y su hijo de 10 años, Ibrahim, el mayor de los cuatro, cuidaban del ganado a las afueras del pueblo. Aunque trataron de huir, no había escapatoria. "Mi marido se cansó demasiado. Estaba exhausto y no pudo seguir corriendo", cuenta Sarratou. "Boko Haram les dio alcance y degolló a mi marido, delante de nuestro hijo".

Ibrahim cayó sobre el cuerpo de su padre y empezó a sollozar. Pero tuvo poco tiempo para llorar su muerte. Uno de los insurgentes sacó su machete y golpeó al niño en la cabeza. "Después de que me hicieran un corte en la cabeza, me desmayé", recuerda Ibrahim. "No podía moverme. Después, me arrastré hasta llegar bajo un árbol buscando una sombra. Pero volvieron de nuevo, me levantaron y pensaron que estaba muerto. Cavaron un hoyo y me tiraron dentro, cubriéndome de arena".

Hoy, varios meses después del dramático incidente, la gran cicatriz de su cabeza es un doloroso recordatorio de lo que lo que el niño ha tenido que superar.

Dos días después del ataque, la abuela de Ibrahim y su hermana Larama, de 13 años, volvieron desde la frontera para buscarlos a él y a su padre, mientras Sarratou, deprimida y ansiosa, había dejado de comer y recibía tratamiento en el hospital por hipertensión. Mientras buscaban en el poblado, que había quedado arrasado, Larama encontró a su hermano en un monte cercano.

"Estaba cansada y me senté bajo un árbol; cuando de repente algo rodeado de moscas llamó mi atención", recuerda Larama, con voz temblorosa. "Era un ser humano". Ella recuerda que sólo parte de la cabeza de Ibrahim sobresalía de la superficie de arena. "Estaba asustada. Pero me armé de coraje. Traté de hablarle, pero él sólo asentía. Le pregunté si era "el niño", porque el mote de mi hermano es "el niño", lo llamamos "niño". Asintió: ¡era él! Tenía una herida en la cabeza y manchas de sangre por toda la cara".

Reuniendo todas sus fuerzas, lo sacó de la arena y lo llevó de vuelta al poblado. "Estaba cansada, pero tenía que conseguirlo. Cuando la gente nos vio, preguntó adónde lo llevaba. "Lo llevo a casa", les contesté. "Pero ya está muerto, ¿por qué lo llevas?", decían. Les contesté "No está muerto, ¡está vivo!""

Ibrahim tardó cuatro meses y medio en recuperarse en un hospital en Koza, Camerún. "Los doctores y las enfermeras eran amables conmigo, y la comida estaba buena". En cuanto le dieron el alta, la familia se mudó al campo de refugiados de Minawao, a 90 kilómetros de la frontera. Abierto en julio de 2013, acoge ahora a unos 33.000 refugiados nigerianos.

Muchos poblados a lo largo de la frontera han sido atacados y calcinados en los últimos meses. Varios supervivientes dicen que reconocieron a algunos de los atacantes, que eran vecinos de las comunidades y que ya estaban asociados a los insurgentes antes de los ataques. "¿Pero qué podemos hacer?", dice un refugiado en Camerún.

Ibrahim, de 10 años, es un superviviente. Los insurgentes degollaron a su padre delante de él cuando trataban de escapar de un ataque a su pueblo.

Al menos 1,2 millones de personas se han convertido en desplazados forzosos en el noreste de Nigeria desde mayo de 2013, cuando se declaró el estado de emergencia en las regiones de Adamawa, Borno y Yobe. Más de 100.000 han huido a Níger, mientras que 74.000 han buscado refugio en Camerún, y 18.000 en Chad. Las mortíferas incursiones en Camerún también han provocado el desplazamiento de alrededor de 96.000 personas según las autoridades, entre ellos muchos pastores y agricultores.

"Sabemos que matan a hombres, secuestran mujeres y niños y roban ganado, así que decidimos abandonar nuestro pueblo y alejarnos de la frontera antes de que ocurriera", dice Oumanou, de 40 años. Hace tres meses que dejaron su localidad junto con otras veinte familias, y caminaron durante varios días hasta alcanzar los alrededores de Zamai, cerca de la ciudad de Mokolo, en la región de Far North, donde construyeron refugios de paja y bambú. "Estamos bien por ahora", dice, "pero cuando empiece la estación de lluvias, el agua atravesará la zona y nos inundará".

Ibrahim y su hermana Larama, de 13 años, hablan frente a su tienda en el campo de Minawao, Camerún.

Como Ibrahim y su familia, todos los habitantes del campo de Minawao tienen una historia de éxodo y violencia que contar. Muchos huyeron aterrados, mientras que otros sobrevivieron a agresiones físicas o presenciaron la violencia extrema contra su familia o amigos. Algunos fueron secuestrados.

"La necesidad de apoyo psicosocial y mental es enorme", señala Jodin Obaker, psicóloga del Cuerpo Médico Internacional, organización que gestiona el centro médico de Minawao. Sin embargo, este tipo de apoyo en el campo es muy limitado a causa de la falta de fondos y personal cualificado, así como por las reticencias culturales sobre las cuestiones de salud mental.

"Los niños están pagando un alto precio", añade Obaker. "Algunos se retraen completamente, se guardan todo dentro, no se comunican más. Están traumatizados por lo que sufrieron".

Poco a poco, Ibrahim se ha ido recuperando. Aunque su madre dice que ha cambiado mucho, que a menudo parece triste y que camina cojeando, el niño también ha comenzado a sonreír de nuevo. Va a la escuela, donde le gustan las clases de inglés, y juega al fútbol con su hermana mayor y su hermano pequeño. "Y tengo un mejor amigo", dice con orgullo. Pero sólo el tiempo y los cuidados dirán hasta qué punto las cicatrices invisibles, los recuerdos del ataque que aún lleva dentro, también se curarán.

Algunos meses después del ataque, Sarratou volvió a Borno para comprobar cómo había quedado su hogar. "Todo está quemado", dice con resignación. Algunos de los vecinos que escaparon tras ella le contaron que los insurgentes llegaron con garrafas llenas de gasolina y empaparon cada una de las casas antes de prenderles fuego.

"No nos queda nada por lo que volver", se lamenta. "Los insurgentes nos han robado nuestro ganado: siete vacas y trece cabras. Aquí, en Camerún, tengo comida y agua para mis hijos, pueden ir al colegio, tienen un refugio, y nos sentimos seguros. No volveremos a Nigeria tan fácilmente. Para mí, mi hogar está aquí, en el campo. No pienso en dejar este lugar por ahora".

Por Hélène Caux en el Campo de Minawao, Camerún