El duro camino hacia la seguridad a través de las montañas ardientes de Sinjar

Un anciano Yazidi relata su arduo viaje a través de las montañas hacia la seguridad en Siria y una reunión con familiares en la región iraquí de Kurdistán.

Khilid pasa las cuentas de su rosario. Llegó con toda su familia hasta la aldea de Khanke (Kurdistán iraquí) huyendo de las milicias que atacaron su casa en las afueras de Sinjar.  © ACNUR/E.Colt

KHANKE, Iraq, 20 de agosto de 2014 (ACNUR) – Sentado en una alfombra con las piernas cruzadas, Khilid acaricia las cuentas de ámbar de su rosario. Lleva una kufiya roja y blanca en la cabeza y una gasa polvorienta le cubre las llagas del pie. En el piso de cemento hay una bandeja con pan y tomates para recibir a los huéspedes.

"Fue difícil", responde a los funcionarios de ACNUR que le preguntan sobre el éxodo de su familia. Como casi todos los miembros de la minoría yazidí, huyeron de Sinjar, en el norte de Iraq, tras la caída de la ciudad en manos de grupo armados.

"Cuando llegaron los terroristas hice que mis familiares salieran en nuestros autos, yo me quedé atrás para cuidar de la casa y los cultivos", explica. Pero entendió que tenía que huir cuando vio que se llevaban maniatados a sus amigos.

Khilid no ha vuelto a saber nada de ellos. Dice que una prima ha logrado comunicarse con algunos conocidos por móvil y que le ha contado que cientos de mujeres y niños de la aldea están encerrados en un edificio grande.

Al final el patriarca de 62 años abandonó la aldea y por el camino se reencontró con 13 miembros de su familia. Caminaron durante cuatro días al rayo del sol para cruzar las montañas de Sinjar. Para comer tenían solamente el trigo y la carne de cordero que les dio un pastor. "Los ancianos fueron los que sufrieron más", dice Khilid. "Los helicópteros nos arrojaban comida, pero no podíamos alcanzarla".

De pronto oyeron que los paramilitares kurdos habían abierto una ruta segura hacia Siria. La encontraron al cabo de otros cuatro días de marcha, cruzaron el río Tigris, entraron en Siria y viajaron en camión hasta un campo de refugiados en el que pasaron la noche. A la mañana siguiente volvieron a ponerse en camino hacia Khanke, una aldea del Kurdistán iraquí en la que los esperaban otros parientes.

Como ninguno de ellos ha muerto o desaparecido, Khilid y sus familiares cercanos son más afortunados que otros habitantes de Sinjar que han abandonado la zona desde principios de agosto. Aunque no dejan de preocuparse por la suerte de algunos primos y sobrinos lejanos de los que siguen sin recibir noticias.

Ahora la casa de Khilid y de otras 32 familias está en un edificio de pisos sin terminar que se levanta a casi un kilómetro del blanco mar de tiendas de ACNUR que ha inundado los campos de trigo. Hay sombra, agua y comida.

La brisa puede entrar porque al edificio le falta una pared. Khalid mira crecer el campo de desplazados. De vez en cuando llega un camión que transporta ayudas. Todo parece normal, pero cada familia del edificio hace su reserva de agua. A veces tienen electricidad y la comida es suministrada por una gigantesca cocina de campo del Programa Mundial de Alimentos de la ONU.

Para ir a la letrina más cercana hay que caminar bastante, pero por ahora no hay problema. Las familias protegen su intimidad con paredes de cartón y se han registrado para poder seguir recibiendo apoyo pero esperan no ser trasladadas a otro campo. "Todos los que estamos aquí somos parientes", dice Khilid, "y nos gustaría seguir juntos en la misma zona".

Si le preguntan por el futuro, contesta con evasivas. Dice que en Sinjar han vivido seis generaciones de su familia y que a lo mejor ha llegado la hora de irse para siempre. "Que nos den una vida segura para la familia", añade. "Pero lo que queremos es volver", lo contradice una de sus hijas. "Allí la vida era difícil, pero es nuestro hogar".

Ned Colt y Rasheed Hussein Rasheed desde Khanke (Iraq)

Gracias a la Voluntaria en Línea Delia Tasso por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.