Temor a la denegación en el triste consuelo de las zonas de tránsito de Hungría

ACNUR expresa su preocupación por los restrictivos planteamientos de Hungría y la situación extrema que los solicitantes de asilo enfrentan en las zonas de tránsito.

Un niño afgano muestra todas las pertenencias de su familia ante su tienda de campaña cerca de Röszke.  © ACNUR/Zsolt Balla

RÖSZKE, Hungría, 7 de junio de 2016 (ACNUR) – Omid Ahmadi, un estudiante de periodismo de Kabul, la capital afgana, se sienta en un prado de la frontera entre Serbia y Hungría y contempla la valla que le separa de la UE, tan cerca y sin embargo tan lejos.

A diferencia de otros refugiados que acampan a su alrededor, él ni siquiera tiene el cobijo de una tienda de campaña. Pero no se queja de las duras condiciones en las que se encuentra y tiene la esperanza de entrar de manera legal en Hungría. "Sea cual sea la ley, la estoy cumpliendo. Sólo quiero que alguien me escuche".

Es brillante y está bien informado, pero Omid, de 17 años, que huyó de los talibanes, no puede saber que probablemente será tratado con menosprecio, si y cuando le permitirán pasar por el torniquete a la "zona de tránsito". Allí, trabajadores de la Oficina de Inmigración y Nacionalidad (OIN) de Hungría, sentados en unos pequeños habitáculos azules, examinan los casos de solicitantes de asilo a un ritmo de unos veinte al día.

"Seguimos preocupados por los restrictivos planteamientos de Hungría y la situación extrema que los solicitantes de asilo enfrentan fuera de las zonas de tránsito. Actualmente sólo entre 15 y 17 personas son admitidas diariamente en cada zona, dejando a otros centenares sufriendo día y noche sin ningún tipo de asistencia adecuada en la frontera de la UE, dice Samar Mazloum, responsable de la oficina del ACNUR en Szeged.

"El planteamiento actual se lo pone muy fácil a los traficantes de personas para que sigan explotando a los refugiados y empuja a estos a tomar rutas más peligrosas cuando las vías legales están cerradas".

En un informe reciente titulado "Hungría como país de asilo", ACNUR concluyó que "aspectos significativos de la legislación y la práctica húngara provocan una seria preocupación respecto a su compatibilidad con la legislación internacional y la europea".

Se han instalado dos zonas de tránsito en la frontera de Hungría con Serbia: una en Röszke y la otra en Tompa. Actualmente, hay unos 300 refugiados en cada una, la mayoría de ellos afganos.

Jóvenes refugiados afganos cerca de la zona de tránsito de Röszke.  © ACNUR/Zsolt Balla

El prado de Röszke donde Omid pasa días vacíos y llenos de ansiedad es más grande que la franja de hierba en Tompa pero, salvo esto, las condiciones en ambos lugares son similares: un solo grifo, sin baños, y entregas de comida de picnic.

Las incomodidades y la espera serían soportables si hubiera una cola ordenada, dicen muchos refugiados. Pero son escogidos de manera aparentemente aleatoria para sus entrevistas. La incertidumbre provoca desesperación y tensión entre los solicitantes de asilo. Los hombres solteros son lo que lo tienen más complicado para obtener una entrevista.

"En mi país, estudiaba psicología y filosofía", dice Omid. "Tenía muchos libros. Comparo aquella época con mi situación ahora, estoy perdiendo la esperanza. Intento recordar que tras la oscuridad viene la luz".

Los trabajadores sobre el terreno de ACNUR intentan identificar a las personas vulnerables e interceder por ellos ante la OIN, pero muchos enfermos languidecen en las tiendas de campaña.

En Röszke, Sardat Tajik, una viuda de 64 años con cuatro hijos, sostiene una bolsa de plástico repleta de pastillas y píldoras que necesita tomar para su enfermedad cardíaca. Dice que se marchó de Herat debido a las "amenazas de enemigos" y no puede volver.

En Tompa, Masoma Afshar, de 35 años, madre de tres hijos y natural de Kabul, yace entre terribles dolores por un tobillo mal curado tras fracturárselo en Turquía. En vez de guardar reposo, caminó con la ayuda de muletas durante 30 horas por la carretera hacia Belgrado.

Otros se acercan mostrando certificados médicos expedidos por doctores serbios – Shema Sahen padece reumatismo, Marzijeh Hosseini tiene un tumor cerebral. A pesar de su diagnóstico de angina de pecho, Akhtar Nezam Ghaed encuentra energía para cepillar cinco pares de zapatos y alinearlos cuidadosamente delante de la pequeña tienda de campaña de la familia.

El interior de las tiendas está limpio. Las mujeres doblan sus pañuelos mientras los niños juegan a las cartas o soplan burbujas. Aunque los refugiados no tienen nada material que ofrecer, sentándome a su lado sobre sus mantas siento que he experimentado su hospitalidad.

Sajad Azizi, de 22 años. Me invita con orgullo a su tienda, la más grande del campo de Röszke. Dice que se la facilitó una ONG local. Dentro están su suegro, su cuñado y tres cuñadas. De hecho, su historia podría ser un mal chiste sobre familias políticas, si no fuera tan trágica.

Los traficantes de personas metieron a la extensa familia en dos coches que se separaron en el viaje a través de Serbia. La esposa de Sajad, Shugofa, de 20 años, estaba en el otro coche, con su suegra y su cuñado. Sajad ha perdido el contacto con Shugofa y no sabe dónde está.

"Un lío considerable", dice, mostrando una sonrisa radiante. En Kabul, Sajad trabajaba en el Ministerio de Comercio como gerente responsable de desarrollar pequeños negocios para mujeres.

Puede que Sajad conserve aún la cordura, pero otras personas muestran obvias señales de trastornos mentales. En Tompa, en la tienda de Abdul Sami, su bebé gatea mientras su esposa Fakhrea yace abatida y sin responder a ningún estímulo. "Ella no está bien", dice Abdul, mostrando una serie de fotografías de familiares de Fakhrea dentro de bolsas para cadáveres. "Se ahogaron en el mar", explica Abdul de manera cruda.

Entre los afganos que se encuentran en Tompa hay unos pocos solicitantes de asilo naturales de Irán. Sattr Neisi, de 30 años, barbero de Teherán, dice que él y su esposa Zahra Azadi, también de 30 años, se unieron al éxodo debido a la persecución política. "Zahra pasó tres meses en prisión debido a su trabajo. Es abogada, ya sabe".

Algunos de los afganos estarían especialmente en peligro si volvieran a su país porque trabajaron para fuerzas occidentales u organizaciones internacionales y han sido señalados por los talibanes como "colaboradores". Shakib Daqiq, de 33 años, es un licenciado en administración de empresas procedente de la provincia de Parwan que se encuentra en esta posición porque trabajó como intérprete para el ejército francés.

Tiendas de campaña en el lado serbio de la valla que marca la frontera con Hungría, cerca de Röszke.  © ACNUR/Zsolt Balla

En Tompa, entre la suciedad y el calor del día, Shakib viste una elegante chaqueta de tweed. Intenta consolar a su hijo de seis años, Sadi.

Shakib ha resultado separado de su esposa, Nilah, de 28 años y sus otros dos niños. "En el camino a través del bosque en Bulgaria", dice "Sadi quiso ir al baño. Lo llevé tras unos arbustos y después lo lavé en un arroyo. Cuando volví, el resto de mi familia había desaparecido".

Dice que la policía búlgara arrestó a Nilah y a otros refugiados y los envió de vuelta a Turquía. Shakib y Sadi pasaron un mes en una prisión búlgara antes de que les permitieran seguir camino a través de los Balcanes.

"Sadi llora constantemente por su madre", dice Shakib. "Dice que si no puede verla, irá a suicidarse a la autopista".

En el prado de Röszke, otro hijo afgano llora por su madre. Ahmad Menawal, de 16 años, no se muestra histérico, pero solloza. "Por favor, venga a ver a mi madre", dice. "Está muy deprimida".

Ahmad dice que su padre, Abdul Wasi, un médico que murió de enfermedad en Kabul hace tres años, tenía experiencia profesional con las Naciones Unidas. Su madre, Anahita Sherzad, trabajaba para la Cruz Roja.

Anahita, de 50 años, parece frágil. Un doctor en Serbia le ha prescrito diazepam por depresión clínica. Ella habla de su trabajo para la Cruz Roja: "Era promotora de higiene", dice. "Teníamos el mensaje de los cinco puntos: buenos alimentos, agua limpia, basura, aguas residuales y mosquitos". La historia empieza a parecer verosímil.

No hay electricidad para recargar los teléfonos en el prado pero últimamente Ahmed se las ha ingeniado para conectarse y envía escaneos de documentos que parecen probar que su padre gestionaba un almacén farmacéutico para la Organización Mundial de la Salud.

"En Afganistán, la gente nos llamaba "anti-islámicos" porque mis padres trabajaban con extranjeros", dice Ahmad. "Rezamos por una bienvenida en Europa. ¿No puede hacer nada para ayudarnos?"

Nota: Desde nuestra visita a las zonas de tránsito, Omid Ahmadi y Ahmad Menawal y su madre Anahita han conseguido pasar a centros de acogida abiertos.

Gracias a la Voluntaria en Línea Esperanza Escalona Reyes por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.