El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados se dirige al Parlamento Europeo para conmemorar los 70 años de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados

Estimada Vicepresidenta, apreciables miembros del Parlamento Europeo, invitados y entrañables amigos:

Me llena de honor estar aquí el día de hoy.

Estimada Vicepresidenta, le ruego que haga llegar mis mejores deseos de recuperación al presidente Sassoli.

Hace setenta años, luego de la Segunda Guerra Mundial, las delegaciones de diversos países se reunieron en Ginebra en una conferencia especial de Naciones Unidas para adoptar la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951. El hecho se interpretó como una renovación del compromiso hacia la cooperación internacional, que había sido destruida por la guerra, y como una muestra de solidaridad hacia millones de personas que fueron desarraigadas por ella.

Siete décadas después, esta Convención ha hecho patente su relevancia una y otra vez. Con la aplicación de principios de asilo nuevos y viejos, la Convención constituye un marco jurídico que ha salvado innumerables vidas de la violencia, el conflicto y las persecuciones por motivos de raza, creencias religiosas y posturas políticas, entre otros.

Hoy, en representación de las personas refugiadas y desplazadas por la fuerza en el mundo, me presento ante ustedes para solicitar nuevamente su compromiso, apoyo y solidaridad.

Lo hago porque, para superar los desafíos que la humanidad tiene frente a sí (la COVID-19, el cambio climático, los conflictos), necesitamos liderazgo político – como el que está aquí presente – para rechazar enfoques que, aunque permiten ganar elecciones con discursos del tipo “yo primero; mi país primero”, no ofrecen soluciones prácticas. Debemos abrazar un sentido de propósito por medio de la cooperación internacional.

Estimada Vicepresidenta:

No hay persona en el mundo que desee ser refugiada, ser perseguida o sufrir violencia por ser quien es. Nadie desea quedar en medio de un conflicto del cual se debe huir ni desea vivir con la angustia que provoca el exilio.

ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, que está a mi cargo, tiene el mandato de proteger y asistir a las personas desplazadas en el mundo, así como de resolver la situación en la que se encuentran. En más de 130 países, mis colegas trabajan en el terreno junto a más de 82 millones de personas refugiadas y desplazadas internas (la cifra sigue en aumento), el 90% de las cuales no se encuentra en Europa ni en ningún país próspero, sino en países con ingresos medios o bajos, cerca de las crisis o de las zonas de conflicto.

Pensemos, por ejemplo, en Líbano, donde una de cada cinco personas es refugiada. Pensemos también en Colombia, que ha dado acogida a más de 1,7 millones de personas de Venezuela. Kenia es otro ejemplo porque ahí residen cientos de miles de personas refugiadas de Somalia, Sudán del Sur, Etiopía y otros países. En países de acogida como estos recae la responsabilidad internacional inherente en la protección de personas refugiadas. En consecuencia, son estos países y sus comunidades de acogida quienes deben recibir apoyo por medio de asistencia humanitaria, asistencia para el desarrollo y otros mecanismos que permitan compartir responsabilidades, como el reasentamiento.

Del mismo modo, queda mucho por hacer en los países de origen – mediante acciones estratégicas y coordinadas – para prevenir el desplazamiento y resolver sus causas de raíz, lo cual permitiría que las personas vuelvan a casa, una solución por la que sigue optando la mayor parte de las personas desplazadas.

Etiopía requiere este tipo de acciones, ya que, luego de un año de brutales violencias sin sentido en Tigray, el país está entrando en un conflicto mucho más complejo y de mayores proporciones. La fragmentación del país constituye un riesgo real, al igual que la posibilidad de que haya más desplazamiento interno y externo, lo que tendrá consecuencias devastadoras para el Cuerno de África. Para impedir que la crisis se ramifique y afecte a generaciones en la región, el continente y el mundo, la Unión Europea (UE) debe apoyar aún más los esfuerzos de pacificación.

El apoyo también puede brindarse en la región del Sahel, donde la cohesión social es frágil y las naciones con menos recursos están por colapsar debido a la escasez provocada por el cambio climático. Esto genera conflictos, alimenta el terrorismo y desarraiga poblaciones (hay cerca de 2,5 millones de personas refugiadas o desplazadas en el Sahel central, cerca de Europa y de Libia); la crisis se agranda. En términos generales, el desplazamiento por cambio climático constituye una realidad cada vez más presente. Por tanto, espero que los gobiernos y las partes interesadas pongan aún más atención en el tema, aun después de la COP26.

Afganistán también necesita apoyo. En este país, colegas de la ONU y de la comunidad de ONG, que nunca abandonaron el territorio, están brindando asistencia a personas desplazadas y retornadas previo al invierno, que llegará en unos días. Sin embargo, a menos que la comunidad internacional encuentre formas de prevenir el colapso total de los servicios básicos y de la liquidez financiera, me temo que será inmenso el sufrimiento de 39 millones de personas afganas aún en el país; además, el desplazamiento a gran escala provocado por la crisis tendrá consecuencias mundiales, de las que Europa no quedará exenta.

En ciertos lugares, no obstante, debemos ampliar el alcance de nuestro trabajo; y, en lo que respecta a países de origen, debemos eliminar los obstáculos que impiden el retorno de las personas refugiadas.  Por ejemplo, aunque no debe flaquear el apoyo brindado a países que han dado acogida a personas sirias – como Turquía, Jordania, Irak, Egipto y, sobre todo, Líbano –, debemos hacer mucho más para ayudar a la población siria en el país. Buena parte de los millones de personas refugiadas y desplazadas internas han indicado que desean volver a casa; sin embargo, aún no pueden hacerlo por cuestiones de seguridad y por falta de servicios. Debemos trabajar en ambos rubros.

En estos y otros lugares en el mundo, confío en el liderazgo y el apoyo del continente europeo. No cabe duda de que agradecemos los esfuerzos realizados hasta ahora y seguiremos fomentando la financiación para garantizar tanta flexibilidad y predictibilidad como sea posible. Sin embargo, tiene la misma importancia que el liderazgo político en Europa ayude a prevenir y resolver conflictos; por desgracia, este tipo de liderazgo no siempre es visible y, de hecho, suelen socavarlo las divisiones.

Se sabe, no obstante, que el liderazgo mundial nace en casa.

Infortunadamente, es mixto el panorama que ofrecen los registros de asilo más recientes en Europa. Si bien muchos países se adhirieron y observan principios y normas europeas e internacionales, las prácticas de algunos Estados resultan preocupantes. En ese sentido, el resto de la UE no debe permitir competiciones a la baja, sino garantizar el cumplimiento de leyes y obligaciones sin excepción.

Conozco la multiplicidad de desafíos que enfrentan los sistemas de asilo debido a los movimientos mixtos de refugiados y migrantes no solo en Europa, sino en todo el mundo (los cuales suelen agravarse por la intervención de traficantes).

Desde luego, resulta inaceptable que los Estados propicien que las personas en situación de vulnerabilidad incursionen en peligrosas travesías. En ese sentido, el día de ayer, ACNUR y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) solicitaron que la situación en la frontera entre Polonia y Bielorrusia se resuelva con urgencia. Asimismo, solicitaron acceso irrestricto e inmediato para las personas en situación de movilidad, con el fin de garantizar que reciban asistencia humanitaria, que se identifique a quienes requieren protección y que se garantice su acceso a procedimientos de asilo en Bielorrusia.

Sin embargo, el panorama general en Europa sugiere que estos desafíos no justifican el tipo de exabruptos que hemos visto en algunos sitios, como discursos xenófobos; muros y alambre de púas; violentas reacciones, que incluyen golpear personas refugiadas y migrantes, incluso desnudarlas, echarlas en ríos o dejarlas morir en los mares; e intentos por evadir obligaciones de asilo pagando a otros Estados para que asuman responsabilidades que no les corresponden. Estimada Vicepresidenta, la Unión Europea, que se basa en el estado de derecho, puede y debe hacer mucho más; y, en relación con el estado de derecho, debe ser ejemplar.

Estimada Vicepresidenta, existe una forma de hacer frente a estos desafíos: no mediante la retórica que demoniza al “otro”, sino mediante el trabajo conjunto.

La primera y, al mismo tiempo, sin duda la mejor solución es garantizar que las personas reciban protección en sus países de origen; es ahí donde los esfuerzos de pacificación de Europa juegan un papel importante.

En segundo lugar, es necesario mejorar la protección brindada en países de acogida, cercanos al propio. En ese sentido, el robusto apoyo europeo puede ayudar a fortalecer los sistemas de asilo, así como brindar asistencia humanitaria y de desarrollo para facilitar la inclusión de las personas refugiadas en los servicios nacionales y las actividades económicas del país de acogida hasta que se encuentren soluciones duraderas.

No obstante, seguirá habiendo personas que lleguen a las fronteras europeas en busca de protección. En ese contexto, la UE tiene la obligación de recibirlas de manera eficiente y en apego a los principios correspondientes.

Se trata de una obligación que puede cumplirse mediante la identificación temprana de personas que requieren protección internacional, por medio de procedimientos de asilo justos y eficientes.

El cumplimiento de esta obligación es sencillo si se conjuga con el retorno eficaz y veloz de personas que no requieren protección internacional, un importante elemento del sistema de protección en su conjunto que abona a su integridad y a la confianza que le brinda el público.

Sé que los retornos no son sencillos. No obstante, la respuesta no puede ni debe sacrificar la responsabilidad de ampliar la protección cuando se requiere. Los Estados deben cooperar para hacer frente a estos desafíos desde distintos ángulos. Por su parte, ACNUR, OIM y otros socios están listos para brindar ayuda.

Los Estados europeos pueden también cooperar para encontrar soluciones, lo cual permitiría compartir la responsabilidad que conlleva brindar protección a quienes la requieren dentro de la UE.

Asimismo, encontrar soluciones implica respetar el estado de derecho y los sistemas jurídicos existentes. En ese sentido, la población europea (yo incluido) considera que el estado de derecho y los sistemas jurídicos son los cimientos de nuestro contrato social.

El nuevo Pacto sobre Migración y Asilo de la Unión Europea, que hemos apoyado como un elemento innovador, ofrece a los Estados miembro de la UE un marco para gestionar flujos mixtos, mientras se da cumplimiento a las responsabilidades europeas. Exhorto a todos los Estados miembro a apoyar el Pacto. Además, me permito expresar que aplaudo la labor realizada por la Comisión Europea. Al analizar la situación dentro de Europa o al considerar soluciones en el exterior, la Comisión Europea ha sido una fuente constante de apoyo para ACNUR y para las personas desplazadas en el mundo. La Comisión Europea ha apoyado y colaborado de manera genuina, algo que agradezco. Quisiera también expresar mi agradecimiento a Ylva Johansson, comisionada que nos acompaña el día de hoy.

Estimada Vicepresidenta:

De la misma tragedia nacieron la Unión Europea y la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 con el fin de salvar a futuras generaciones de la devastación provocada por la guerra. Sin duda, el proyecto europeo ha traído paz y prosperidad, lo cual debe llenarnos de orgullo.

Por su parte, la Convención sobre el Estatuto de Refugiados de 1951 ha salvado muchas vidas y, sin importar su antigüedad, sigue cobrando relevancia para personas que deben huir de la violencia y las persecuciones.

La fortaleza de ambas figuras puede verse no solo en una base jurídica sólida para prevenir conflictos y brindar protección, sino también en un gran sentido de solidaridad – entre Estados y hacia las personas que requieren protección –, que es de suma importancia.

En este momento, las necesitamos a ambas más que nunca.

¡Muchas gracias!