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Discurso de apertura del Alto Comisionado ante el Comité Ejecutivo del Programa del Alto Comisionado

Discursos y declaraciones

Discurso de apertura del Alto Comisionado ante el Comité Ejecutivo del Programa del Alto Comisionado

Ginebra
9 Octubre 2023 Disponible también en:
Un hombre cano vestido de traje hablando a un micrófono en un podio

Filippo Grandi, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, dio este discurso de apertura ante el Comité Ejecutivo el 9 de octubre, en Ginebra.

Estimada presidenta,

apreciables vicepresidentes,

estimado relator,

distinguidas delegaciones (incluida, por su puesto, Angola, que es el miembro más reciente),

En las últimas 48 horas, en nuestras pantallas hemos visto impactantes imágenes de los terribles ataques que Hamás ha perpetrado contra civiles israelíes. Somos testigos de otra guerra en Medio Oriente, una que, de escalar, inevitablemente causará más sufrimiento (tanto a la población israelí como a la palestina). Con esta guerra podrían acentuarse las tensiones que prevalecen en la región; además, se trata de una nueva crisis – una muy peligrosa en el panorama actual – que, de no abordarse con valentía y determinación, pone en riesgo la paz mundial.

El mandato de ACNUR no contempla abordar las consecuencias humanitarias inmediatas, que sin duda son sumamente trágicas, del conflicto palestino-israelí; sin embargo, la organización está presente y opera activamente en la región. En realidad, lo está en cualquier sitio en el que las guerras fuercen a las personas a huir. Ruego, entonces, que me disculpen, pues mi discurso anual ante este Comité comenzará con algunas reflexiones sobre la guerra. Los conflictos son el factor principal que ha elevado las cifras de desplazamiento forzado a niveles nunca antes vistos: 110 millones de personas refugiadas y desplazadas, el número más alto en décadas.

Con la propagación de los conflictos, disminuye el respeto por el derecho internacional humanitario, y las poblaciones civiles son las más afectadas. Personas inocentes deben huir para mantenerse con vida; huyen con sus hijas e hijos, y lo dejan todo (incluso a familiares cuya edad o estado de salud les impide emprender largas y peligrosas travesías).

En mi visita a Egipto, Sudán del Sur y Chad este verano, las palabras que más repiten las personas refugiadas en esos países por el devastador conflicto en Sudán son destrucción, muerte, tortura y violación.

Estas personas contaron que tuvieron que huir de la terrible violencia que se desató sin previo aviso el 15 de abril; sus vidas cambiaron tan drásticamente como ocurrió con las personas que huyeron de Ucrania el año anterior, quienes todavía hoy ven la muerte y la destrucción que la invasión rusa va dejando a su paso.

Así son las historias de 110 millones de personas en el mundo que han sido forzadas a abandonar sus hogares por conflictos, violencia y persecuciones.

Con frecuencia se escucha que es necesario detener los movimientos irregulares. Es comprensible, pero no olvidemos que 110 millones de personas no tienen más opción que huir de hombres que han optado por la violencia, que persiguen y arrebatan vidas.

ACNUR tiene el mandato de proteger, asistir y encontrar soluciones en favor de estos 110 millones de personas; sin embargo, la labor que le fue encomendada atraviesa uno de los momentos más duros en la historia de la organización.

El mundo está cada vez más dividido, fragmentado y ensimismado.

Muchas personas en la esfera política sostienen que la capitulación es una forma de cooperación; por tanto, alimentan conflictos socioculturales para crear facciones entre “ellos y nosotros”.

Además, toleran – incluso fomentan – el racismo, la xenofobia, la desinformación, los discursos de odio y el odio religioso.

Sin embargo, aun con lo dividido que está, el mundo de hoy es sumamente pequeño; es evidente con la emergencia climática, la pandemia de COVID-19 y las dificultades económicas. Aun así, las acciones y las palabras siguen partiendo del egoísmo y de la falta de visión.

Estas son mis fronteras.

Este es mi país.

Estos son mis recursos.

Con esto en mente, no estoy aquí para hablar de soluciones que nacen de acuerdos de paz o de una buena gobernanza, del respeto a los derechos humanos, de los avances en la educación o en la salud, del cuidado del planeta o de otros Objetivos de Desarrollo Sostenible, sino que estoy aquí, como cada año, y tengo que hablar de un número cada vez mayor de personas refugiadas y desplazadas que huyen de las guerras y de la violencia que vemos hoy en Sudán; el año pasado, en Ucrania; el año antepasado, en Etiopía, en Siria, Myanmar, el Sahel, Sudán del Sur, Afganistán, la República Democrática del Congo y muchos otros países.

Estimada presidenta,

La situación en el mundo es realmente grave, y está empeorando. Las personas sufren, y al personal humanitario se le pide que recoja más pedazos en más partes del mundo y que intente mantenerlos unidos durante más tiempo. A menudo, a falta de soluciones políticas, se nos pide que lo hagamos solos. Si bien es necesario dialogar con quienes controlan territorios o países enteros, la geopolítica muchas veces no facilita la tarea.

Comprendo los retos y, tristemente, soy consciente de la fragmentación y de las divisiones políticas en el contexto actual. No obstante, les pido con toda solemnidad que se centren al menos en las áreas en las en que podemos estar de acuerdo y, especialmente, en que las personas forzadas a huir de sus hogares por conflictos o persecuciones tienen derechos, como seres humanos y como refugiados o desplazados; también les pido que consideren que un ACNUR fuerte y bien dotado de recursos sigue siendo necesario, quizás más que nunca.

Desde el último encuentro, el año pasado, con la habilidosa guía de Raouf Mazou, Alto Comisionado Auxiliar para las Operaciones, ACNUR ha respondido a 44 emergencias nuevas en 31 países, una cifra que marca un nuevo récord en el número de crisis que surgieron en un año. En la emergencia más reciente, hace apenas un par de días, 100.000 personas llegaron de Karabakh a Armenia. ACNUR ha estado ayudando a Armenia en la respuesta humanitaria, incluso en la identificación de personas con necesidades específicas; además, el sábado se hizo un llamamiento humanitario. ACNUR tiene todo preparado para apoyar también en la búsqueda de soluciones, que en su momento tendría que considerar igualmente el retorno voluntario de las personas refugiadas y desplazadas en condiciones dignas y seguras.

A pesar de los esfuerzos, hemos visto cómo la violencia continúa propagándose en muchos otros lugares, como la República Democrática del Congo, donde tan solo este año casi 1,5 millones de personas han sido desplazadas (la semana pasada, 78.000 de ellas se dispersaron por el país en apenas un día).

La violencia también se ha propagado en el Sahel central, donde, en un contexto de creciente inestabilidad política, la violencia perpetrada por grupos armados está forzando a las personas a huir, incluso a los estados costeros.

De igual forma, en Somalia, 900.000 personas han abandonado sus hogares a causa de la emergencia climática y de los conflictos; y, en Myanmar, cientos de miles de personas han sido desplazadas – y continúan siéndolo – por los enfrentamientos.

ACNUR, otras agencias de la ONU, organizaciones no gubernamentales nacionales e internacionales, el movimiento de la Cruz Roja y un creciente número de organizaciones dirigidas por personas refugiadas están en el frente de estas y otras crisis. Me llena de orgullo colaborar con colegas de ACNUR, de la ONU y de nuestros socios, pues realizamos nuestra labor en consonancia con los principios de humanidad, neutralidad, imparcialidad e independencia, incluso en las circunstancias más adversas.

He podido ver, por ejemplo, las duras condiciones en que viven y trabajan los refugiados y el personal humanitario al este de Chad, cerca de la frontera con Sudán. En ese sitio, día tras día y noche tras noche, el personal de ACNUR protege, apoya y satisface las necesidades básicas de personas refugiadas traumatizadas, lo que incluye brindarles el apoyo psicosocial que tanto necesitan. Los equipos de ACNUR en el terreno me contaron que, a pesar del riesgo que corren, también cruzan la frontera para llevar suministros a personas sudanesas en Darfur, pues todas ellas necesitan ayuda urgentemente.

Por otra parte, fui testigo de los estragos causados por el terremoto que golpeó Siria y el sur de Türkiye (nunca había visto tanta destrucción); también vi cómo, a pesar de haber perdido su hogar, sus pertenencias e, incluso, familiares, amistades y colegas, el personal humanitario trabajó arduamente para apoyar a las autoridades y a otras personas que necesitaban ayuda en un contexto en el que un desastre natural ocurrió en un área que ya era frágil, como el oeste de Afganistán, que fue golpeado por un devastador terremoto este sábado.

Al trabajar con personas afectadas en las zonas más alejadas, ACNUR puede ver cómo el cambio climático alimenta problemáticas no resueltas (por ejemplo, mala gobernanza y desigualdades), y se combina con conflictos, violencia y persecuciones; los desplazamientos, incluso a través de las fronteras, son el resultado de esto.

Aunado a ello, gran parte de las personas desplazadas en el mundo viven en lugares que son muy vulnerables al clima, o bien en países – como aquellos en el Sahel o en el Cuerno de África – para los que no es fácil adaptarse ni alcanzar la resiliencia. Estas áreas son cada vez más inhóspitas, así que será más difícil que las personas desplazadas y las comunidades de acogida tengan acceso al agua, a la energía, a los medios de vida o a todo aquello que podría permitirles adaptarse a los estragos del cambio climático.

En condiciones tan adversas, según se señala en el plan estratégico de ACNUR para la acción climática, la organización se ha enfocado en garantizar que el desplazamiento provocado por desastres se considere en los planes nacionales de adaptación (incluidos los sistemas de alerta temprana), y que la asistencia y los servicios sean sostenibles y ecológicos. ACNUR trabaja con sus socios para ayudar a los gobiernos a fortalecer la resiliencia, prevenir el desplazamiento siempre que sea posible o apoyar a las poblaciones desplazadas para que estas y las comunidades de acogida puedan hacer frente a la emergencia climática y superar los estragos causados por ella.

El desplazamiento provocado por desastres puede generar desafíos en materia de protección. Por esta razón, la acción climática debe abordarse desde una perspectiva jurídica y con enfoque de derechos. En este contexto, son muy útiles los conocimientos, la experiencia y el mandato de protección de ACNUR, una organización que le ha estado brindando asesoría y orientación jurídica a los Estados para garantizar que se respeten las normas de protección internacional cuando el desplazamiento sea resultado del cambio climático.

Por su parte, ACNUR continuará esforzándose para reducir su huella de carbono, lo que incluye priorizar inversiones estratégicas en energías renovables para que gran parte de sus oficinas dejen de depender de los combustibles fósiles. Al mismo tiempo, ha estado abordando cuestiones mucho más urgentes, como las principales causas del cambio climático. De cualquier forma, espera que se tomen las decisiones correctas en los altos niveles de liderazgo.

En las deliberaciones que se realicen en la COP28 más tarde este año, espero que haya oportunidad de escuchar a quienes más afectaciones han sufrido a causa de la emergencia climática, incluidas las personas refugiadas y desplazadas; de ese modo, las acciones y la asignación de recursos partirán de experiencias tangibles.

Estimada presidenta,

Dadas las circunstancias, me preocupa enormemente la falta de financiación de ACNUR y, en general, de las operaciones humanitarias. En los casi ocho años que he ocupado este cargo, nunca había estado tan preocupado.

Por ejemplo, el Plan de Respuesta Humanitaria en Sudán, que contempla a más de cuatro millones de personas desplazadas internas desde abril, apenas ha recibido un tercio de los fondos que se requieren; del mismo modo, el Plan Regional de Respuesta para Refugiados de Sudán no ha recibido más de un cuarto de los mil millones de dólares (USD) que solicita. Los gobiernos de acogida y el personal humanitario están haciendo lo que pueden, pero, considerando que los recursos son insuficientes para ayudar a estabilizar a diversas poblaciones, no es de sorprender que haya personas que se suman a movimientos sucesivos para emprender peligrosas travesías. Entre las personas que llegaron hoy a Italia y a Túnez hay nacionales sudaneses que huyeron de los enfrentamientos recientemente y que han salido de los países con los que Sudán comparte frontera, pues la asistencia ahí es insuficiente. La situación se asemeja, tristemente, a aquella que vimos en 2015, cuando miles de personas sirias y otras refugiadas llegaron a Europa porque la asistencia en Medio Oriente empezaba a menguar. Por cierto, ha aumentado el número de sirios que trata de cruzar el Mediterráneo, dado que la ayuda humanitaria en Siria y en los países vecinos – como Jordania y Líbano – atraviesa reducciones considerables nuevamente.

En Ucrania, persisten las necesidades humanitarias. Quien haya estado en ese país desde que estalló la guerra sabe cuán inspiradores son la resiliencia y el estoicismo de la población. El apoyo internacional no solo salva vidas, sino que también potencia la capacidad de las personas de adaptarse a circunstancias que cambian constantemente.

Sin embargo, la fatiga por compasión va en aumento. Permítanme enfatizar, de nueva cuenta, que no debe menguar el apoyo humanitario brindado a la población de Ucrania (incluidas las personas desplazadas internas, que siguen siendo el foco de la presencia operativa de ACNUR en apoyo al Gobierno), sobre todo considerando que se aproxima un crudo invierno.

Asimismo, me permito enfatizar cuán importante es que las personas refugiadas y desplazadas en el mundo sepan que cuentan con apoyo material, financiero, moral y político. Conozco los desafíos y las presiones que enfrentan los donantes. Su ciudadanía también se está viendo afectada por la inflación, el desempleo, el estancamiento económico y otros retos. Por tanto, agradezco que la financiación al sector humanitario siga siendo cuantiosa. El año pasado, por ejemplo, ACNUR recibió grandes contribuciones; a la cabeza estaban, nuevamente, los Estados Unidos de América y Alemania, dos países que hicieron esfuerzos extraordinarios para garantizar que se contara con los recursos necesarios para responder tanto a la crisis en Ucrania como en otros sitios.

De igual manera doy las gracias a los principales donantes de fondos flexibles, es decir, Suecia, Noruega y Países Bajos, que son de los pocos que han resistido (y ¡espero que lo sigan haciendo!) a la dramática caída de contribuciones flexibles, un hecho que contraviene los principios de los compromisos que figuran en el “Gran Pacto”:  apenas el 12% de las contribuciones gubernamentales que se recibieron el año pasado fue flexible, lo cual limitó la flexibilidad de ACNUR para responder a nuevas emergencias u operar en contextos donde la financiación es limitada.

En contraste, en 2022 hubo un pico de contribuciones no gubernamentales: se recibieron USD 1.200 millones – es decir, el 21% de los ingresos totales de ACNUR – de particulares, empresas y fundaciones. El sector privado, por su parte, también ha estado involucrándose en la incidencia, combatiendo la desinformación, contratando personas refugiadas, ampliando las vías complementarias e invirtiendo en comunidades refugiadas y de acogida para crear oportunidades económicas para el futuro, lo cual es congruente con la esencia del Pacto Mundial sobre los Refugiados. ACNUR, por su parte, ha ampliado el alcance de innovadoras iniciativas financieras, incluso ha recibido más apoyo de la filantropía islámica, y ha incursionado en otras áreas, como el Mecanismo de Financiación Ecológica.

Todo tipo de apoyo es bienvenido. La realidad, sin embargo, es que en el mundo de hoy las necesidades humanitarias rebasan los recursos humanitarios disponibles. De hecho, si bien ha aumentado el número de crisis, algunos donantes clave han comentado que su presupuesto para fines humanitarios será reducido. Por otra parte, aunque los fondos que provienen del sector privado son sustanciosos, no se equiparan a los niveles del año pasado, cuando las muestras de solidaridad se dispararon a raíz de la crisis en Ucrania. Los niveles de financiación de este año y las proyecciones para el 2024 son peligrosamente bajos.

Imagino lo que, con justa razón, sugerirían muchos de ustedes, pero les garantizo que en ACNUR hemos reconsiderado nuestras prioridades. De hecho, créanme que hemos tomado difíciles decisiones con el propósito de aumentar la eficacia y la eficiencia. Hemos incorporado sistemas, herramientas y procesos nuevos y mejorados. Hemos reconfigurado las plantillas de personal para eliminar vacíos y funciones duplicadas en la sede, los burós regionales y las operaciones en los países. En el proceso, hemos reducido el número de puestos y los gastos relacionados con los recursos humanos para garantizar la centralidad del cumplimiento de nuestro mandato. Por otra parte, considerando las reformas que se han hecho en el sistema de las Naciones Unidas, ACNUR colabora estrechamente con otras agencias para, en lo posible, reducir los gastos, como el servicio integrado de gestión de flotas sin marca que ACNUR codirige con el Programa Mundial de Alimentos.

Aun así, el déficit suma USD 650 millones, que debe subsanarse antes de que termine el año. Esto va más allá de las contribuciones realizadas y en discusión. Penosamente, el panorama para 2024 es aún más preocupante, sobre todo para ACNUR y sus socios más cercanos, como el Programa Mundial de Alimentos, cuyo papel como proveedor de alimentos para las personas refugiadas es indispensable.

Algunos de los donantes más confiables se han comprometido a ayudar. Su ayuda se requiere con urgencia, de otro modo, ACNUR tendrá que recortar gastos en muchas áreas esenciales, como las respuestas de emergencia. Por tanto, insto a que aumenten los esfuerzos de este comité (de todo el comité, incluidos los donantes estatales en la región del Golfo y otros cuyas contribuciones nunca han sido sustanciosas o han disminuido).

Son duras las consecuencias de la escasez de fondos, que afecta, sobre todo, a las personas refugiadas y desplazadas y aumenta la presión sobre los países de acogida (estos siguen siendo los que más donaciones han hecho en favor de las personas refugiadas). Hemos visto recortes preocupantes a la asistencia alimentaria en Bangladesh, Jordania y varios países africanos; en consecuencia, han aumentado los movimientos sucesivos y los mecanismos negativos de supervivencia. Además, a causa de la falta de financiación, han disminuido los servicios de protección (por ejemplo, en la República Democrática del Congo, uno de los países en los que estos servicios más se necesitan).

Estimada presidenta,

Con los recursos humanitarios al límite y su sostenibilidad en entredicho, es crucial que persistamos en el fortalecimiento de las alianzas con las organizaciones de desarrollo.

Los avances alcanzados han sido verdaderamente extraordinarios – y uso esta palabra con toda intención – desde que se afirmó el Pacto Mundial sobre los Refugiados. Los datos de la OCDE subrayan que en un período de dos años (de 2020 a 2021), se han recibido contribuciones que suman más de USD 11.000 millones – de bancos bilaterales y multilaterales – en asistencia para el desarrollo para las respuestas en favor de las personas refugiadas. Esto se suma a la financiación que llega por conducto de otras agencias de la ONU, organizaciones no gubernamentales y llamamientos humanitarios coordinados.

Les invito a leer el Informe sobre el desarrollo mundial: Migrantes, refugiados y sociedades del Banco Mundial, que propone un marco integrado para maximizar el impacto que la acogida de refugiados tiene en el desarrollo. De hecho, estoy en espera de que la OCDE publique los datos de la encuesta que llevó a cabo con respecto a la financiación para los refugiados (estos datos estarán disponibles previo al Foro Mundial sobre los Refugiados).

Otro desafío trascendental, no obstante, es que el impacto de la ayuda al desarrollo puede verse a mediano y largo plazo en situaciones de refugiados donde se necesitan respuestas rápidas. Sin embargo, empezamos a ver cómo la ayuda al desarrollo se despliega al comienzo de las crisis y en situaciones de fragilidad (a esto lo llamo – quizás incorrectamente, pero ¡describe lo que quiero decir! – desarrollo de emergencias). En agosto viajé a Chad junto a Anna Bjerde, Directora de Operaciones del Banco Mundial; estando ahí, Anna anunció proyectos para el desarrollo – con un valor de USD 340 millones – cuyo propósito es ayudar a las personas refugiadas y a las comunidades de acogida. Esto se sumó al anuncio que hizo Estados Unidos sobre la donación de USD 163 millones para brindar asistencia humanitaria en Sudán. Este es un muy buen ejemplo de la convergencia entre las corrientes humanitaria y de desarrollo al principio (en los primeros momentos de una crisis), así que insto a que sigamos este modelo en más lugares del mundo, garantizando, por supuesto, que los compromisos asumidos por las organizaciones de desarrollo puedan aplicarse con celeridad, pues facilitará la rápida inclusión de las personas refugiadas en los programas nacionales, lo que les dará acceso a servicios y oportunidades; y, al mismo tiempo, apoyará a los países de acogida hasta que los refugiados opten por volver a casa en condiciones dignas y seguras. 

Estimada presidenta,

Aun con las reducciones y los déficits financieros, ACNUR insistirá en que se encuentren soluciones al desplazamiento, incluso en circunstancias adversas. Gracias, en gran medida, a los esfuerzos de Australia, Canadá y Estados Unidos, en comparación con el año pasado, ha aumentado el número de refugiados que serán reasentados este año. En el mismo sentido, también se han ampliado las vías complementarias (con programas como los que lideran Italia, Irlanda y otros países), y son considerables los esfuerzos de Canadá, Alemania y Suecia en materia de educación para los refugiados, entre otros rubros. Por cierto, hablando de educación, gracias al emblemático programa DAFI, el 7% de las personas refugiadas asiste a instituciones de educación superior. Hace un par de años, el porcentaje apenas llegaba al 1%; por tanto, parece viable lograr que el 15% de los refugiados reciba educación terciaria para 2030.

Los Estados, por su parte, también han encontrado soluciones para acabar con la apatridia. Por ejemplo, en julio, el presidente de Kenia (William Ruto) emitió documentación que confirma que las personas de la comunidad pemba que han vivido en el país por años ya cuentan con la nacionalidad keniana, lo cual les permite integrarse de lleno a la sociedad. Como está por empezar el último año de la campaña #IBelong y, considerando el lanzamiento de la Alianza Mundial (una plataforma de aprendizaje e intercambio a la que se pueden unir), espero que otros Estados emprendan acciones para hacer frente a la apatridia.

Asimismo, espero que las personas refugiadas sean incluidas en la prestación de servicios y que se les dé acceso a oportunidades económicas, lo cual sigue siendo trascendental en situaciones de desplazamiento nuevas o prolongadas. ACNUR ha emprendido estas acciones en diversos países africanos (Uganda es un ejemplo) y en otros continentes, como las Américas (en concreto, en Colombia y Ecuador, que son ejemplo de hospitalidad y de búsqueda de soluciones).

Kenia, por cierto, ha dado generosa acogida a más de 600.000 personas refugiadas; además, ha tomado medidas para mejorar el marco de protección y soluciones que ofrece, incluido el innovador Plan Shirika, que fomenta la inclusión socioeconómica de los refugiados mediante la transformación de los campamentos en asentamientos integrados. Me honra que mañana nos acompañará el Primer Secretario del Gabinete de Kenia en un importante evento paralelo sobre el Plan Shirika, al que se les invita cordialmente. ACNUR ya ayudó a movilizar alrededor de USD 200 millones en fondos para el desarrollo, así que insto a los donantes bilaterales y multilaterales a participar en esta innovadora iniciativa, incluso mediante opciones relacionadas con el clima.

Por otra parte, a pesar de los desafíos que persisten, la Estrategia de Soluciones para Refugiados Afganos sigue siendo una importante plataforma. Casi 200.000 personas afganas desplazadas y cerca de 20.000 refugiadas han vuelto al país en los últimos dieciocho meses, incluso a áreas prioritarias para los retornos y la reintegración. Al mismo tiempo, las mujeres y las niñas siguen sin gozar de derechos ni perspectivas para el futuro debido a las terribles restricciones impuestas por las autoridades de facto. Como parte de los esfuerzos que está haciendo la Organización de las Naciones Unidas, ACNUR aboga por la eliminación de estas políticas restrictivas. Mientras tanto, no obstante, es importante que las agencias humanitarias continúen brindando a la población afgana – sobre todo a mujeres y niñas – el apoyo que tanto necesitan y que, de hecho, merecen. Esto les ayudará a salir a flote, como han logrado hacerlo en los últimos dos años; también les recordará que, aun transcurridos veinte años de promesas, la población afgana no está sola. Las necesidades son inmensas. Por tanto, me permito recalcar que las operaciones humanitarias necesitan contar con más y mejores recursos; la flexibilidad operativa que nos permitirá continuar con nuestra labor depende de los donantes. En el mismo sentido, es imperativo que los países que más han dado acogida a las personas refugiadas afganas – es decir, Irán y Pakistán – también reciban el apoyo que requieren. Durante décadas, estos países han brindado protección a millones de refugiados afganos; y ACNUR confía en que continuarán haciéndolo. Resultan preocupantes los informes recibidos desde Pakistán con respecto a la posible deportación de personas afganas sin documentación; por tanto, ACNUR seguirá dialogando con las autoridades en Islamabad para encontrar soluciones que permitan superar los desafíos que supone brindar protección a las personas refugiadas.

Las soluciones dependen de una combinación de distintos factores, que incluyen confiar en que el retorno se dará en condiciones seguras, así como contar con recursos para garantizar la sostenibilidad de los retornos. Esto ocurre en Siria, por ejemplo, donde es necesario que todas las partes hagan mucho más para lograr avances significativos. Las conversaciones sostenidas recientemente con el Gobierno de Siria son importantes, así que insto a las partes a seguir abordando cuestiones de protección y a construir la confianza que hace falta. Asimismo, insto a que se brinde mucho más apoyo a la recuperación temprana, que permitirá que quienes opten por volver al país puedan llevar vidas dignas.

La situación en Myanmar también es desafiante, pues exige que hagamos mucho más para que la comunidad rohingya, una minoría musulmana que sigue siendo la más discriminada del mundo, pueda optar por volver al país en condiciones dignas y seguras, y con acceso a derechos. Se lo debemos a los países que han dado acogida a las personas rohingyas refugiadas, en especial, a Bangladesh.

Además, no debemos olvidar que hay lugares en los que las soluciones al desplazamiento interno son asequibles. ACNUR ha estado trabajando estrechamente con otras agencias para avanzar en el Plan de Acción sobre Desplazamiento Interno del Secretario General, que se encuentra en etapa de prueba en Asia, Medio Oriente, África y las Américas.

En otros sitios, son muchas las personas que desean volver, pero los recursos son un obstáculo. Por ejemplo, además de los más de 225.000 refugiados burundeses que han optado por volver con el paso del tiempo, alrededor de 24.000 personas más han expresado que desean volver a Burundi – de Kenia, Rwanda, Tanzania y Uganda – y reintegrarse a la sociedad. No obstante, el programa de repatriación de ACNUR tiene un déficit de USD 13 millones, que facilitarían la transportación y permitirían que estas personas puedan reconstruir sus vidas. Esta es una consecuencia innegable de la falta de financiación; asimismo, hace ver por qué seguiré haciendo hincapié en que se necesita mucho más apoyo financiero, sobre todo en casos en que las personas refugiadas necesitan que las ayudemos a ir a donde más ansias tienen de ir, es decir, a su hogar.

Estimada presidenta,

Los movimientos mixtos – en que personas refugiadas y migrantes recorren las rutas repletas de riesgos, como la trata de personas – suponen uno de los desafíos más marcados. No cabe duda de que es complicado gestionar movimientos de este tipo, tanto en los países de destino como en los países de origen y de tránsito; esto se observa en las Américas, en toda África, en Europa y en otros lugares. El Darién, el Mediterráneo y el Golfo de Bengala son sinónimo de pérdida de vidas, explotación de personas en situación de vulnerabilidad y desafíos crecientes para los Estados. Por tanto, es imperativo que analicemos qué se ha hecho en cada una de esas largas rutas. He hecho mención de un enfoque de “la ruta entera”, un concepto que está ganando terreno, trae consigo buenas noticias y resalta importantes instrumentos, como la Declaración de Los Ángeles sobre Migración y Protección o el Pacto sobre Migración y Asilo, que, esperemos, sea adoptado por la Unión Europea.

La semana pasada estuve en una reunión muy enriquecedora con Amy Pope, la directora general de la Organización Internacional para las Migraciones. Entre las cuestiones que se abordaron, Amy y yo acordamos ampliar el alcance de la incidencia de nuestras organizaciones con los Estados, pues, tratándose de movimientos mixtos, es necesario adoptar un enfoque “panorámico”; y nuestro trabajo con el Gobierno de Estados Unidos con respecto a los desafíos que enfrenta ha sido excelente, considerando que la migración y los controles fronterizos son necesarios y hacen parte del derecho a la soberanía de un país.

Sin embargo, enfocarse únicamente en estas medidas, como suele ser el caso, es impráctico y limitado. Un enfoque de “la ruta entera” debe garantizar que las personas solicitantes de asilo tengan acceso al territorio; asimismo, debe garantizar que se cuente con la capacidad necesaria para que los sistemas sean justos y veloces, de manera que se pueda determinar rápidamente quién es una persona refugiada y quién no lo es; así, quienes no tienen necesidades de protección internacional podrán volver a su lugar de origen en condiciones dignas y respetuosas de sus derechos.

Además, se requieren opciones de reasentamiento y vías complementarias para las personas refugiadas. Asimismo, este enfoque – y en este rubro la directora de la OIM es quien puede orientarnos mejor – implica garantizar que las vías migratorias disponibles sean regulares y seguras. Estas circunstancias son benéficas para quienes deciden migrar, para los países y las economías que necesitan de las personas migrantes con urgencia e, incluso, para los canales de asilo, que suelen ser la única opción disponible y, en consecuencia, se saturan.

Un enfoque de “la ruta entera” exige que los países de destino colaboren con los países de tránsito para contar con los recursos que permitirán fortalecer los sistemas de gestión migratoria y de refugiados, así como ofrecer oportunidades a las personas en situación de movilidad humana. Derrumbemos el mito de que todas las personas refugiadas y migrantes se dirigen a los países ricos, pues muchas de ellas – quizás, la mayoría – buscará oportunidades que sean viables y seguras siempre que sea posible. Recordemos, por ejemplo, que el 69% de las personas refugiadas se encuentra en países vecinos y que casi el 90% de las personas desplazadas por la fuerza permanecen en países de renta media y baja. Es cierto, no obstante, que, como hemos visto en la respuesta a la situación en Sudán, si la ayuda disminuye, muchas personas emprenderán peligrosas travesías o caerán en manos de tratantes.

Sin duda, un enfoque de “la ruta entera” exige que se haga mucho – muchísimo – más en los países de origen para solucionar la violaciones a derechos humanos y la falta de buena gobernanza y estado de derecho, acabar con los conflictos y hacer frente a la emergencia climática y al déficit en el desarrollo, así como crear más oportunidades económicas (sobre todo para las juventudes).

Me permito recalcar que, sin importar el desafío, ACNUR estará presente para apoyar a los Estados. Por tanto, trabajará con ustedes para encontrar soluciones prácticas (ya lo ha hecho en muchos lugares), que respeten el derecho a solicitar asilo, que se apeguen al derecho internacional y que cumplan con las obligaciones de los Estados, sin dejar de lado la necesidad de adaptarse a desafíos específicos. De cualquier manera, seré muy claro: ACNUR siempre dice que debe garantizarse el acceso al territorio para que las personas puedan solicitar asilo. Esta es la piedra angular del derecho internacional de refugiados, pues materializa el principio de no devolución, que está consagrado en el derecho convencional internacional. No podemos ni aceptaremos la externalización o tercerización de las obligaciones que se tienen en materia de asilo.

Estimada presidenta,

Sigo teniendo el compromiso de lograr que ACNUR sea una organización cada vez más diversa, equitativa e inclusiva. De hecho, se tiene previsto lanzar, más tarde este año, el Marco estratégico de diversidad, equidad e inclusión, que nos ayudará a identificar y alcanzar objetivos en este rubro. Por otra parte, me llenan de orgullo las acciones que se han emprendido en los últimos años para prevenir la explotación, los abusos, el acoso y el hostigamiento sexuales; al respecto, me permito reconocer el liderazgo de Kelly Clements, Alta Comisionada Adjunta, en esta área (no solo en ACNUR, sino en todo el sistema de las Naciones Unidas). Si bien nos complacen los avances alcanzados, sabemos que, tratándose de estas y otras cuestiones de integridad, siempre habrá trabajo por hacer. Para el equipo ejecutivo sénior y para mí, las acciones continuas y la vigilancia constante siguen siendo prioritarias.

Por cierto, estimada presidenta,

ACNUR fue construido por los Estados miembro. A la agencia le encomendaron el mandato de supervisar la aplicación de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 y de proteger a las personas que han perdido la protección de su gobierno. Además, reiteradamente le han solicitado a la organización – una y otra vez, resolución tras resolución – que cumpla con su mandato y, por tanto, proteja a las personas que huyen de guerras y persecuciones.

En este contexto, antes de concluir, me gustaría poner sobre la mesa un tema que ha provocado debates entre quienes integran este Comité. Al respecto, quisiera reafirmar que las personas que han sido perseguidas por su orientación sexual o identidad de género son de interés para ACNUR y deben ser protegidas si solicitan asilo en otro país. Les aseguro que, en esta y otras cuestiones, ACNUR seguirá entablando diálogos respetuosos e inclusivos con los Estados, cumpliendo con las responsabilidades que les corresponden, en todo sentido, según versa en el derecho internacional y sus instrumentos.

Estimada presidenta,

En tan solo nueve semanas nos volveremos a encontrar en el segundo Foro Mundial sobre los Refugiados. Doy las gracias a Suiza por ser coanfitrión nuevamente; también agradezco a los co-convocantes, antiguos y actuales, por sus sabios consejos y su apoyo inquebrantable. Asimismo, le doy las gracias a Gillian Triggs, Alta Comisionada Auxiliar para la Protección, por liderar los preparativos para el Foro. Esta es la última sesión del Comité Ejecutivo a la que Gillian asistirá, así que muchas gracias, Gillian, por tu liderazgo – tan congruente, franco, claro y elocuente – en materia de protección en los últimos años, por tu espíritu positivo, por tu enfoque práctico y apegado a los principios, y por tu invaluable amistad.

En el Foro Mundial sobre los Refugiados evaluaremos los avances alcanzados con respecto a la aplicación del Pacto Mundial y de los compromisos asumidos en el evento de 2019; asimismo, renovaremos el compromiso por medio de las promesas que involucran a toda la sociedad que hagan los Estados, las ciudades, el sector privado, las organizaciones no gubernamentales, la comunidad académica, los actores confesionales, los equipos de país de la ONU, las organizaciones deportivas y otras partes interesadas.

Este año habrá una gran cantidad de representantes de comunidades refugiadas. Por eso, les pido que asistan con energía, pasión y, sobre todo, un sentido de unidad para apoyar a las personas refugiadas, que son quienes se encuentran en mayor situación de vulnerabilidad en el mundo, junto con las comunidades que les han dado acogida. Las personas refugiadas han visto la devastación que provoca la división y, al estar lejos de su hogar, de sus familias y de sus amistades, necesitan y merecen que colaboremos y trabajemos en conjunto, en torno a la protección, la ayuda humanitaria, el desarrollo, las oportunidades, la inclusión y las acciones para compartir de mejor forma las responsabilidades.

Busquemos soluciones, de manera colectiva, a este desafío global.

Muchas gracias.