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Angélique Namaika: Gestos y acciones que curan las heridas abiertas por la violencia en la RDC

Historias

Angélique Namaika: Gestos y acciones que curan las heridas abiertas por la violencia en la RDC

A sus 46 años, la monja congoleña Angélique Namaika no permite que la dura realidad de la ciudad de Dungu, la República Democrática del Congo, apague su esperanza en el futuro.
1 Octubre 2013
La hermana Angélique escucha a una joven desplazada. Muchas de las mujeres que se encuentran bajo su cuidado son sobrevivientes de violaciones quienes, estigmatizadas, fueron alejadas por sus familias y comunidades.

BRASÍLIA, 27 de septiembre de 2013 (ACNUR) – La sonrisa abierta y franca en su rostro es una de sus marcas registradas. A sus 46 años, la monja congoleña Angélique Namaika no permite que la dura realidad de la ciudad de Dungu, ubicada en la Provincia Oriental de la República Democrática del Congo (RDC), apague su esperanza en el futuro. A bordo de su bicicleta, ella recorre diariamente las polvorientas calles del pueblo donde vive, una región devastada por 30 años de guerra civil, para dar apoyo a las mujeres víctimas de la violencia relacionada con el conflicto interno del Congo.

El trabajo de esta religiosa católica, que por medio de su Centro para la Reintegración y Desarrollo ya ha ayudado a más de dos mil mujeres congoleñas, acaba de ser reconocido por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR), que le otorgó el prestigioso Premio Nansen para Refugiados. El premio será entregado el próximo lunes, 30 de septiembre, en Ginebra.

Monja desde el año 2000, Angélique optó por dedicar su vida a las mujeres congoleñas obligadas a dejar sus casas para escapar de la violencia de grupos rebeldes armados, como el Ejército de Resistencia del Señor (LRA, por sus siglas en inglés), originario de Uganda. El conflicto en la República Democrática del Congo ha desplazado a cerca de 2,6 millones de personas, y aproximadamente 320 mil siguen en esta situación en la Provincia de Oriental.

Entre las jóvenes que la Hermana Angélique ha ayudado se encuentran muchas exprisioneras del LRA, víctimas de la violencia de género, como la violencia sexual, por ejemplo. Cuando estas mujeres logran escapar del cautiverio, deben enfrentar el trauma y la discriminación por parte de la propia comunidad para intentar reintegrarse a la sociedad.

Actualmente, 150 mujeres son atendidas por el Centro para la Reintegración y Desarrollo, asociación de la cual la Hermana Angélique es cofundadora. Desde que el centro fue creado, en 2008, más de 2 mil mujeres han sido atendidas. Ellas reciben clases de alfabetización y aprenden un oficio, como costura o culinaria. Juntas, encuentran la fuerza necesaria para recuperar la autoestima y reconstruir sus propias historias.

Lea a continuación los principales extractos de una entrevista concedida por la hermana Angélique Namaika a periodistas brasileiros, que también contó con la participación de ACNUR.

Usted pasó por una situación similar a la de las mujeres ayudadas por el Centro para la Reintegración y Desarrollo. ¿Cómo fue esa experiencia?

Angélique Namaika: Fui forzada a dejar mi comunidad en 2009, durante cuatro meses, después de un ataque del LRA. Fui a Zungi e hui casi 100 kilómetros, monte adentro. El primer día estaba muy asustada, porque no sabíamos para donde íbamos. Huimos a un lugar con muchos árboles, pero no había nada para comer. Teníamos que salir en busca de comida, siempre con el temor de ser capturados por el LRA. Cuando llovía teníamos una preocupación adicional, porque todo quedaba mojado a nuestro alrededor. Yo estaba muy angustiada y cantaba música para mí misma, rezando y pidiéndole ayuda a Dios. Solo después de cuatro meses logramos volver a Dungu.

¿Cuáles son los principales abusos reportados por las mujeres víctimas del conflicto en la república Democrática del Congo?

Angélique Namaika: En primer lugar, abuso sexual. Cuando ellas son capturadas, las jóvenes son entregadas a los rebeldes como esposas. También sufren violencia física, como violación. Una de ellas tiene sus labios mutilados. Mujeres y niñas también son sometidas a trabajos forzados. Algunos niños regresan con las manos amputadas.

¿Cómo lograr que el mundo conozca esa situación?

Angélique Namaika: Parte de mi trabajo está dedicado a divulgar esta situación. Ya he tenido encuentros con políticos y responsables de políticas en los países vecinos al Congo, y participé recientemente, en Ginebra, en los Diálogos sobre Fé y Protección promovidos por ACNUR. Tuve también la oportunidad de hablar en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre el problema, mostrando que las mujeres congoleñas necesitan ayuda.

¿Por qué optó por seguir en la República Democrática del Congo en vez de pedir asilo en otro país?

Angélique Namaika: Amo mi país. Nosotras, las monjas de mi congregación, tratamos de permanecer en nuestros propios países. Escogí ser monja porque fue una decisión de Dios; Cuando tenía nueve años, vi una monja ayudando a las personas y decidí que también me volvería monja. Dios escuchó eso.

¿De qué forma su historia personal contribuye a su trabajo con estas mujeres?

Angélique Namaika: Mi situación como desplazada interna me inspiró a entenderlas y a querer ayudar. Cuando veo a estas mujeres, recuerdo que yo no tenía a nadie que me ayudara. Entonces, voy todos los días a los lugares donde están ellas. Una cosa muy importante es que ellas estén acompañadas de otras mujeres. Así, ellas pueden ser escuchadas y compartir sus experiencias. Sus historias son horribles y ellas son muy vulnerables.

¿Podría contar una de las historias de las mujeres ayudadas por el Centro para la Reintegración y Desarrollo?

Angélique Namaika: Una chica fue secuestrada a los 14 años y pasó un año y medio en cautiverio, viviendo en la selva. Cuando salió estaba embarazada y no encontró apoyo, y vivía en el mercado local de Dungu pidiendo ayuda. Los habitantes de la ciudad me buscaron y encontré a la chica. Inicialmente, la ayudé con comida y atención médica. Vi también que ella necesitaba volverse independiente para reconstruir su vida. Le enseñamos a hacer pan y a coser. Otro problema es que ella fue rechazada por la madre, que la culpaba de haber sido raptada por el LRA. Traté de reconciliarla con su familia, pero la joven estaba tan desorientada que dejó el bebé conmigo y volvió a la selva. Un mes después, cuando ella volvió a Dungu, fue aceptada nuevamente por su familia. Ella y su madre se reconciliaron y hoy se encuentra bien. La buena noticia es que la joven se casó y tiene un segundo hijo. Trabaja haciendo pan y gana recursos suficientes. Ella está feliz.

¿Cómo recibió la noticia de haber sido la ganadora del Premio Nansen para los Refugiados?

Angélique Namaika: Fue una sorpresa para mí. ¡Y me hizo muy feliz! Estoy muy agradecida. Una vez, lloré porque estaba haciendo mi trabajo sola. Cuando gané el premio, pensé: '¡Entonces el mundo sabe sobre ese pequeño trabajo que yo hago!'. En ese momento me di cuenta de que ese trabajo no es solo mío, también es de Dios, que me da coraje para seguir ayudando a esas mujeres. Ese premio también es de ellas, y va a ayudar en el trabajo que ellas están haciendo. Le pido a Dios que no me permita ser orgullosa, que pueda seguir actuando de forma sencilla y ayudando a esas mujeres. Agradezco mucho a los equipos de ACNUR y veo que no estoy sola. Si puedo ayudar tan solo a una mujer, ya será un éxito. Le pido a Dios que me permita seguir siendo una persona sencilla y que pueda continuar ayudando a esas mujeres.

Por Júlia Tavares, de Brasilia.

Gracias a la Voluntaria En Línea Lucía Guarín Valencia por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.