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Un sacerdote marfileño ofrece un refugio a los desplazados

Historias

Un sacerdote marfileño ofrece un refugio a los desplazados

Father Cyprien Ahouré talks about a Catholic mission in western Côte d'Ivoire which became a haven for people fleeing the recent violence. [for translation]
18 Mayo 2011 Disponible también en:
El Padre Cyprien Ahouré, megáfono en mano, en pleno trabajo en la Misión Católica.

DUÉKOUÉ, Costa de Marfil, 18 de mayo (ACNUR) – En noviembre del año pasado, comenzó una crisis en Costa de Marfil a raíz de los controvertidos resultados de las elecciones presidenciales. Naciones Unidas reconoció a Alassane Ouattara como nuevo Presidente, pero Laurent Gbagbo, el presidente saliente, se negó a dimitir.

Meses de conflicto entre tropas y partidarios de ambos candidatos empujaron a cientos de miles de civiles en todo el país a huir. Uno de los puntos neurálgicos ha sido Duékoué, en el oeste de Costa de Marfil, donde tuvo lugar una masacre a finales de marzo. Muchas familias huyeron de sus hogares y buscaron refugio en el recinto de la misión católica en la ciudad, que llegó a albergar hasta a 50.000 personas en el punto álgido de la crisis. El padre Cyprien Ahouré, un sacerdote de 40 años que dirige la misión, también se vio atrapado en la tempestad. Fatoumata Kaba-Lejeune, oficial de comunicación en la sede en Ginebra, habló recientemente con él por teléfono. Extractos de la entrevista:

¿Cuándo empezó a recibir a los primeros desplazados la misión católica?

Después de la segunda vuelta de las elecciones, a mediados de diciembre, se produjeron una serie de sucesos en Bangolo y más tarde en la carretera que lleva de Monbeko a Gbagbo, que generaron un flujo de personas desplazadas. Teníamos unos 1.750 desplazados en la Misión Católica. Y se produjeron los sucesos del 3, 4 y 5 de enero, un fuerte conflicto interétnico entre los gueré y los mandinga y esto dio lugar a una nueva oleada de desplazamientos. En ese momento habíamos alcanzado un máximo de 15.000 personas desplazadas en la primera semana. El 28 de marzo estalló la guerra y ahora estamos en 27.000 personas, porque en realidad estamos haciendo el rescate de aquellos que no fueron identificados.

Cada vez que hay un conflicto, cerca de Duékoué, la gente de la ciudad busca refugio. En 2002 experimentamos un fuerte desplazamiento de personas de Burkina Faso hacia la misión católica y en el período 2004-2005 también hubo desplazamientos de personas de la etnia guéré.

¿La Misión Católica se convirtió en blanco de ataques durante la violencia?

Ésta era nuestra gran preocupación. Teniendo en cuenta la magnitud de la crisis post-electoral y que, durante el mes de febrero, sentimos una ausencia total de los organismos humanitarios – por razones de seguridad ya no llegaban a Duekoue, estaban todos en la ciudad de Man. Así que durante las primeras semanas me puse en contacto con las fuerza de la ONU allí, es decir, con el contingente marroquí. Pensamos que en caso de que se produjera cualquier eventualidad en Duékoué, es decir, si estallaba un fuerte conflicto, cómo podríamos proteger la Misión Católica. Pero eso no impidió que tuviéramos dos muertos en la Misión Católica, dos heridos de bala que sucumbieron a sus heridas y otros tres que resultaron heridos. Todas eran balas perdidas.

¿Cómo vivió usted la toma de la ciudad de Duékoué por parte de las fuerzas leales a Alassane Ouattara a finales de marzo?

Tuvimos mucho miedo porque en los combates se utilizó armamento pesado. 48 horas de combate sin descanso, con tantas personas desplazadas en el patio de la iglesia, fue muy duro. En un momento dado, tuvimos que escondernos, tuvimos que levantar una barricada para que no nos alcanzaran las balas perdidas. También teníamos que pensar en los desplazados que teníamos en la Misión: bebés, mujeres, personas mayores, todos ellos personas vulnerables. Les puedo asegurar que ha sido muy duro para nosotros.

¿Le pilló por sorpresa cuando le hablaron de la masacre en Duékoué?

A mí, personalmente, no me sorprendió. Era previsible porque no hay cohesión social. En Duékoué había dos grupos étnicos que viven totalmente separados. Por un lado estaban los malinké, que vivían en el barrio Kokoman, y por otro lado los guéré, que se concentraban en el barrio de Carrefour. Me dije que si las cosas se ponían feas para los guéré, le pasaría lo mismo a los malinké. Por lo tanto, personalmente no me sorprendió (oír hablar de la masacre). Habíamos hablado del tema con las agencias humanitarias; más bien nos lo temíamos.

¿Cuál es la situación actual en Duékoué?

Desde el 29 de marzo a mediodía la ciudad ha recuperado la calma, pero hay que decir que la población sigue en estado de shock. La gente todavía tiene miedo. Las nuevas autoridades nos aseguran que harán todo lo posible para garantizar la seguridad de los unos y los otros. Ellos nos dan esperanza. El contingente marroquí de Naciones Unidas proporciona seguridad para las personas desplazadas en la Misión Católica. Nos han dicho que hagamos guardias por la noche: hay enfrentamientos, la gente tiene miedo de que se produzcan violaciones. Ni siquiera puedo dormir. Las condiciones de vida en la Misión no son aptas para los seres humanos; el complejo no es lo suficientemente grande como para albergar a casi 27.000 personas. La gente vive en condiciones realmente deplorables, estamos hacinados, la gente no tiene ni siquiera un lugar para dormir. Ahora es la temporada de lluvias y por las noches la gente vive con angustia la lluvia. Todos estamos de acuerdo en que hay que descongestionar la Misión, buscar un nuevo emplazamiento y ayudar a los desplazados a regresar sus casas, a ir a sus pueblos, y si es posible, ayudarles a reinstalarse y a continuación, acompañarlos en las aldeas. La fuente de agua que surte a la Misión Católica está contaminada con heces, orina y otros elementos. Con la temporada de lluvias existe el riesgo de un brote epidémico.

¿Cómo vivió usted la ausencia de los organismos humanitarios cuando tuvieron que retirarse de Duékoué a causa de los combates?

Para nosotros fue duro psicológicamente darnos cuenta de que estábamos abandonados. Usted sabe que yo soy un sacerdote, no tengo experiencia humanitaria. Yo estaba allí, miraba y veía a la gente. No había asistencia. Los jóvenes voluntarios estaban desmoralizados, desmovilizados. Se quedaron sin fuerzas, estaban preocupados por sí mismos y se decían: "Si los trabajadores humanitarios se han ido por su propia seguridad, entonces nosotros, ¿qué estamos haciendo aquí". Pero bueno, ya ha terminado todo. Creo que hoy ya están allí, van a desempeñar su papel humanitario.

¿Cuál fue el momento más difícil para usted?

El momento más difícil, creo, fue durante los combates. No puedo olvidarlo porque los niños estaban gritando, las mujeres lloraban, y en un momento dado, el centro de la misión donde se encontraba la mayor parte de los desplazados se quedó vacío porque la gente tuvo que huir. La batalla se desarrollaba de manera encarnizada en los alrededores, y la gente saltó los muros, se fue al monte; los niños saltaban y gritaban; las familias perdieron sus hijos en la estampida. Para mí, éste fue el momento más difícil.

Muchos de los desplazados todavía se encuentran dentro de la misión. ¿Qué pasa por sus cabezas?

A los desplazados les cuesta hacerse a la idea de que tienen que irse, pero deben hacerlo. Temen por su seguridad. La gente tiene la impresión de que en la Misión Católica están a salvo. Es cierto que estamos ahí, es un sitio tranquilo, nos ocupamos de ellos, pero también creo que necesitan que se les garantice que, si regresan a casa, todo estará bien.

Pero le digo que en Duékoué tenemos mucho trabajo de calado por hacer. Se debe trabajar en la cohesión social, porque Duékoué no pertenece sólo al pueblo guéré. También hay poblaciones foráneas, y personas que emigraron de otras regiones del país, hay personas que viven ahí, hay gente de Burkina Faso, baulés, yacoubas. Como sacerdotes misioneros, vamos a los pueblos y vemos que nuestros fieles no son mayoritariamente guérés. Hay localidades donde la población mayoritaria es de Burkina Faso, yakoubas, wobès, baoulés.

Si trabajamos todos juntos, podemos construir la paz. Y si logramos que la paz se consolide en Duékoué, creo que podríamos hacer que la paz se consolidara en Costa de Marfil, es como un pequeño laboratorio. Duékoué puede servir de modelo para todo Costa de Marfil.