La comida del iftar acerca el espíritu del Ramadán a los refugiados en una situación difícil

En el Líbano y Jordania, la distribución diaria de comida ayuda a los refugiados que ayunan durante el mes sagrado del Ramadán a recobrar el sentimiento de comunidad.

Voluntarios llenan de arroz los recipientes en la Cocina de Ramadán en el Valle de Bekaa, en el Líbano.
© ACNUR/Houssam Hariri

Con la puesta de sol, la actividad en la 'Cocina del Ramadán', situada en el fértil valle de Bekaa, se vuelve frenética entre el incesante sonido de cacerolas y sartenes golpeándose, comida guardada en recipientes de plástico, así como las risas y conversaciones de cientos de cocineros y voluntarios.


En un asentamiento cercano vive Mona, de 52 años, una madre de siete hijos que hace tres años huyó de los combates en la ciudad siria de Homs. Junto a su familia, espera delante de su refugio de contrachapado la llegada de la furgoneta de la 'Cocina del Ramadán' que les entregará la comida del iftar para la noche, que marca la ruptura de su ayuno diario.

Según la tradición, el mes sagrado del Ramadán que terminará el domingo con la fiesta del Eid al-Fitr, es un periodo de reflexión y de unión entre las familias y las comunidades en el mundo musulmán, así como un momento para la solidaridad y generosidad. En el Líbano, que actualmente acoge a 1,01 millones de refugiados sirios registrados teniendo una población total de 5,9 millones de habitantes, la ONG local SAWA for Development and Aid creó en 2014 la 'Cocina del Ramadán', que diariamente proporciona comida de iftar a miles de refugiados y habitantes locales con falta de recursos durante el mes sagrado.

La 'Cocina del Ramadán' se financia principalmente gracias a las donaciones de particulares durante el Ramadán y moviliza diariamente a más de 100 cocineros y voluntarios, entre los que se cuentan gente de los alrededores y los propios refugiados sirios.

"Me encanta ayudar a la gente. No me gusta ver a la gente con falta de recursos, sea cual sea su nacionalidad", explica Doaa Rhim, una libanesa de 24 años que trabaja en la Cocina desde hace dos años. Ella también trabaja como profesora voluntaria en una escuela improvisada para niños sirios refugiados.

"Cada día, tras las clases, cojo el autobús escolar que lleva a los niños a casa, y vengo a la Cocina para echar una mano con lo que haga falta, ya sea lavar la verdura, cocinar o empaquetar la comida", añade Doaa.

"Me encanta ayudar a la gente. No me gusta ver a la gente con falta de recursos, sea cual sea su nacionalidad"

La furgoneta se detiene a la puerta del refugio de Mona y le entrega la comida del día, que incluye dátiles, pastel de carne y ensaladas, así como un plato principal de arroz con pollo y nueces.

En el Líbano, donde el 71% de los refugiados sirios viven bajo el umbral de la pobreza y más de un tercio sufren inseguridad alimentaria moderada o severa, Mona explica hasta qué punto las comidas que reciben ayudan a su familia a recuperar normalidad durante el mes del Ramadán.

"Es muy importante para nosotros recibir esta comida que viene ya preparada y que nos entregan en nuestro refugio, especialmente porque no tenemos dinero para poder cocinar".

Si bien los países vecinos a Siria en la actualidad acogen a más de cinco millones de refugiados que han huido de un conflicto que dura ya seis años, la región recibe también a refugiados de otras partes del mundo musulmán.

A principios de esta semana, en Amán, la capital de Jordania, refugiados y solicitantes de asilo de Yemen, Sudán, Somalia y Eritrea se juntaron una tarde para compartir el iftar, compuesto de platos tradicionales de sus países preparados por ellos mismos. La cena tuvo lugar en el centro comunitario de la localidad gestionado por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, y la ONG local SAWA for Development and Aid.

Elham llegó a Jordania hace cuatro meses con su hija Raghad, de 10 años, tras huir de los combates en Sanaa, la capital de Yemen. Sentada, charlando y comiendo con otras mujeres en el cálido patio, Elham describe a lo que ella y su hija tuvieron que enfrentarse el año anterior.

"El año pasado, durante el Ramadán, no teníamos electricidad, ni mucha comida, y los misiles pasaban por encima de nuestras cabezas"

"El año pasado, durante el Ramadán, no teníamos electricidad, ni mucha comida, y los misiles pasaban por encima de nuestras cabezas. A veces, cuando estábamos a punto de romper el ayuno, oía un misil y teníamos que correr para ponernos a cubierto, temiendo por la vida de mi hija", explicó.

Mientras pasa por delante de los dulces rellenos de queso que ella misma ha preparado, Elham explica hasta qué punto el hecho de reunirse con otras personas para el iftar le ha ayudado a traer de nuevo a su mente los recuerdos de los Ramadán más felices del pasado.

"Esta noche es algo más especial de lo normal, y me ha encantado probar platos de diferentes países", cuenta. "Para el próximo Ramadán, estemos donde estemos, espero que mi hija vaya a la escuela de nuevo, y quizás yo pueda retomar mis estudios universitarios".

Por Lisa Abou Khaled y Rima Cherri