"Aquí se llora de tristeza y de alegría en el mismo día"

Aline Maccari es asistente de información pública de ACNUR en Boa Vista (Roraima). Ha compartido con nosotros momentos clave de su experiencia.

Aline Maccari, asistente de información pública de ACNUR en Boa Vista (Roraima).
© ACNUR / Santiago Escobar-Jaramillo

Aline Maccari, de 42 años, se desempeña como asistente de información pública para la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) en Boa Vista (Roraima). Conozca los principales desafíos y alegrías del día a día en una situación de emergencia.

¿Por qué se hizo trabajadora humanitaria?

Siempre pensé que, hiciera lo que hiciera con mi vida, tendría que ser algo con resultados que fueran más allá de mí misma, a favor del colectivo. Después de trabajar como periodista en televisión, hice una serie viajando por diez países de África en la que cubrí diversos temas, incluida la Primavera Árabe. Allí pude ver de cerca una realidad dramática que me afectó profundamente. En ese momento deseé que mi trabajo tuviera más alcance. Hoy ayudo a grupos de medios de comunicación de todo el mundo a contar la realidad que enfrentan las personas refugiadas en su búsqueda de una vida en seguridad. Para mí, las vidas de las personas refugiadas representan algunas de las historias más hermosas que he contado, porque implican superación y búsqueda de un nuevo sentido de la propia existencia. Como periodista y trabajadora humanitaria, creo que contar historias es una forma de traer conciencia al mundo. Y cuando el público siente empatía mediante las historias, percibimos que todos somos iguales.

¿En qué está trabajando hoy?

Hoy trabajo en Roraima, en el Estado más remoto de Brasil, puerta de entrada de personas procedentes de Venezuela. Ofrezco información y apoyo logístico a grupos de medios de comunicación locales, nacionales e internacionales que desean informar sobre el drama de las personas refugiadas procedentes de Venezuela en Brasil.

¿Cuál es la parte más gratificante de su trabajo? ¿Y el mayor desafío?

El mayor desafío es sin duda el gran volumen de trabajo. En una operación de emergencia tenemos que estar preparados para ofrecer respuestas 24 horas al día, 7 días a la semana. A veces no hay descanso y las responsabilidades se acumulan ante un escenario extremadamente desafiante.

Todos los días me emociono en los albergues.

Aprendo mucho con los refugiados, son personas muy fuertes, resistentes y llenas de sabiduría. Sin duda la parte más gratificante es percibir que una parte de mi trabajo ha ayudado a alguien a mejorar su vida, a minimizar su sufrimiento o a crear empatía entre el público. Además, el mundo necesita conocer la respuesta ejemplar que estamos ofreciendo a las personas refugiadas en Brasil.

¿Puede contarnos un poco qué impacto tiene la crisis de Venezuela en la vida de millones de personas, y cómo es algo que usted presencia a diario?

La población venezolana es hoy la segunda que más abandona su propio país, más de 4,3 millones de personas se han visto ya forzadas a dejar sus casas.

Todos los días veo familias, mujeres, hombres, jóvenes, niños y niñas, adultos mayores… que llegan a Brasil en situación de vulnerabilidad a través de la frontera en Pacaraima. Verlo es muy triste. Cada día llegan entre 500 y 800 personas. Estamos allí para darles ayuda desde el mismo momento en que cruzan la frontera, generalmente hambrientos y desnutridos, y hasta que los dejamos en la puerta del avión y los vemos felices ante la posibilidad de poder empezar sus vidas de nuevo en otra ciudad con mejores condiciones para recibirlos.

La historia del Sr. Bardo fue una de las que más me emocionó. Huyó de Venezuela con 70 años por amenazas de muerte, y tras un viaje de 15 días, cruzó la frontera con Brasil con 17 kg menos. Temblaba de miedo, estaba muy delgado y nos contó lo duro que era haber trabajado toda la vida para llegar a la vejez en un país extranjero con solo dos pares de pantalones.

¿Qué apoyo fundamental ofrece ACNUR en esta emergencia?

En Roraima hay hoy cerca de 6.700 personas acogidas en 12 albergues. En los albergues pueden comer, dormir, bañarse y recuperar la dignidad. Nuestro trabajo empieza desde el acompañamiento al flujo de refugiados que cruza la frontera, pasando por el registro, la documentación, la protección en especial de los casos más vulnerables y la acogida, con oferta de colchones y kits de higiene. ACNUR, con casi 70 años de experiencia a sus espaldas, sugiere, orienta y coordina buena parte de esta respuesta humanitaria.

¿Cuál fue su mejor día de trabajo?

Mi mejor día de trabajo fue el día que el Sr. Bardo me contó su historia delante de un equipo de grabación extranjero. Dijo que solo tuvo el valor de contarlo todo porque confiaba en mí. Me hizo llorar y reír, y le di la bienvenida a Brasil, le dije que aquí estaba a salvo. Fue muy emocionante saber que pude trasladar el miedo de un hombre de 70 años, y también amenizarlo. Al final me tomó de la mano y me dijo que era su amiga. Le respondí que sí, por supuesto, y que podría contar conmigo para lo que necesitara; le dije que la vida continuaba y que todavía le iban a pasar muchas cosas bonitas.

¿Cuál fue su peor día?

No es fácil trabajar con un calor de casi 40 grados, ayudar a miles de personas que llegan desesperadas y vulnerables. Nos damos mucho apoyo los unos a los otros. Hay que ser muy fuerte y consciente de su misión si se quiere seguir adelante. A veces me siento como una hormiguita delante de una situación monumental y compleja. Aquí se llora de tristeza y de alegría en el mismo día.