Venezolana trabaja para combatir el coronavirus en albergue para refugiados en Brasil

Ismenia enseña cómo lavarse las manos adecuadamente, da consejos sobre hábitos de limpieza y sobre la importancia de mantener el distanciamiento social.

La venezolana Ismenia trabaja diariamente para garantizar la protección de la población que vive en el albergue Rondon 1, en Boa Vista.
© ACNUR / Tainanda Soares

La venezolana Ismenia tiene 46 años y vive en Rondón 1, un albergue en Boa Vista apoyado por la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Ismenia tuvo cáncer de tiroides y abandonó Venezuela porque no pudo encontrar el tratamiento médico adecuado. Sin otra opción, también dejó atrás a su esposo, hijos y su carrera como enfermera.


Para Ismenia, no tener a sus hijos cerca para ayudarlos en sus dificultades y participar en sus logros es el mayor desafío de estar lejos de la familia. Según ella, ser madre es el mejor regalo que cualquiera puede recibir en la vida.

Actualmente, Ismenia forma parte del comité de salud del albergue Rondon 1. Con la llegada del nuevo coronavirus, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reclutó a la lideresa comunitaria para una noble misión: garantizar que otros residentes del albergue Rondon 1 sigan correctamente las recomendaciones de higiene para proteger a todos del nuevo coronavirus. Ella habló con el personal del ACNUR sobre cómo el virus ha cambiado la rutina de más de 800 refugiados y migrantes que viven en el albergue:

“Rondon 1 es un albergue muy grande. Comparto mi tienda con otras dos mujeres y nos llevamos muy bien. No estoy saliendo de mi albergue en este momento. Me quedo en la entrada la mayor parte del tiempo para asegurarme de que todos los que entren estén bien informados y se laven las manos. Con este proyecto, logro ganar algo de dinero mientras hago algo que amo, que es cuidar la salud de las personas, no solo física, sino también psicosocial y emocional.

Tenemos que estar aislados por el bien de todos, para que podamos hacer nuestra parte para evitar que esta pandemia continúe. Es difícil, pero no imposible. Tenemos que encontrar estrategias para mantener nuestras mentes ocupadas.

Todos los días me quedo en la entrada del albergue y vigilo a cada persona que entra y sale. Enseño cómo lavarse bien las manos, la cara, hablamos sobre hábitos de limpieza y, sobre todo, sobre cómo mantener el distanciamiento social.

Además de mi actividad habitual en el proyecto, ahora llevo a alrededor de 10 personas mayores a pasear por el albergue, respetando el distanciamiento social. Durante nuestra caminata podemos hablar, expresan sus sentimientos y necesidades, y nos apoyamos mutuamente. La mayoría de ellos solo salían a comer, porque estaban muy tristes de estar lejos de casa. Ahora, nos levantamos temprano mientras todos duermen y, a las 5 am, caminamos. Es una forma de mantenerse saludable y también hacer algo por las personas mayores, que son de las más vulnerables. Muchos de ellos tienen problemas crónicos y dicen que se sienten mucho mejor.

Vine a Brasil para recibir tratamiento. Tuve cáncer de tiroides y me sometí a tratamiento en Manaos. Sin esa ayuda, probablemente ya no estaría aquí. Aquí me siento más segura y, de hecho, nunca se me ocurrió que me gustaría tanto Brasil. Hablo con mi esposo acerca de quedarme aquí, pero él también es extranjero en Venezuela. Comenzó desde cero una vez. No es fácil convencerlo de que vuelva a hacerlo.

Como dije, no le temo al coronavirus. Pero mi mayor temor es no poder regresar a mi país, a mi esposo y mis hijos. Estaba ahorrando dinero y planeaba volver a verlos. Iba a pasar el Día de la Madre con mis hijos físicamente, no a distancia. Entonces ocurrió la pandemia. Estoy aquí, pero una parte de mí no lo está.